domingo, 22 de febrero de 2015

La batalla desconocida


Es conocida la batalla de Lepanto,
la de Cartago o la Guerra fría.
Mi madre combatió
en la del SIDA,
en la que hoy día
sigue habiendo muertos todavía.
Ni con filosofía, ni psicología,
mi madre los prejuicios rompía
con lágrimas internas
y un alma desmedida.
Jamás diré que perdió,
aunque en parte no mentiría,
pues ayer falleció,
mas con la linterna de guerra encendida.
No me dejó riqueza,
sí su enfermedad en herencia
y cumplir la promesa de vencer
la batalla del SIDA
con sonrisas y no tristeza.




Por Edgar Kerouac.

Carta a los reyes magos


Queridos Reyes Magos:
Estas Navidades no quiero más juguetes, aunque hoy he visto un video juego que es una pasada, pero no, este año no quiero eso. Tampoco quiero ropa, hay demasiada en mis armarios y este año apenas he crecido, así que aun me sirve el pijama de franela y el jersey de reno -que tanto odio y tantas rozaduras me hace- del año pasado. Sabéis que me porto bien, que intento hacer los deberes y estudiar todo lo que puedo, pero siempre hay gritos en casa y me pongo triste y no me concentro. Además, siempre os pongo bombones en los calcetines de la chimenea y vasos de leche para los tres, porque sé que venís de muy lejos y ya tenéis una edad, y la leche es buena para los huesos. También pongo grandes cuencos de agua, para que beban vuestros camellos -espero que algún día me dejéis acariciarlos-.
Así que este año os pido que mis padres no se peleen más. Mi madre siempre está llorando, y no sé por qué pero si ella llora yo también. Mi padre la paga conmigo, me grita y a veces me pega cuando me acerco a mamá. Es raro, porque algunas vecinas le preguntan a mi madre por qué tiene el ojo morado o por qué cojea o no va algunos días al trabajo. Muy extraño porque ella dice que es torpe, que es porque se cae o choca contra una puerta o la cama, pero no es así, es porque papá le pega.
Por favor, ese es mi único deseo, no quiero más peleas entre mis padres.

P.D. Si no es mucho pedir, tened un poco de cuidado. El año pasado vomitasteis en la alfombra y los regalos. Olía a esa bebida que casi siempre está bebiendo papá, creo que se llama “Ginebra”. Mamá se enfadó mucho con papá, pero yo sé que fuisteis vosotros.

Muchas gracias Melchor, Gaspar y Baltasar, de vuestro amigo Carlitos.





Por Edgar Kerouac.

Museo de la palabra


Sobre una puerta, un cartel, resquebrajado y mohoso, de madera dice:

Ven al museo de la palabra. Tenemos parábolas para volar y palabras en bolas deseando bailar. Regalamos paraguas para las letras parafraseadas que te hicieron llorar. Mostramos páramos paramados al amparo de palabras pobres que brotan paz. Te invitamos a brindar a palabra alzada, para que el mundo sea la galería de las rimas, con minas escritas, caligrafías de esquina a esquina e infantes marginando sus móviles por preferir hablar.
Adelante, estás a una palabra de distancia.

Una puerta pegada a la anterior, muestra en su cartel impoluto:

                                                  ...






Por Edgar Kerouac.

Hoja de reclamación


A veces pienso en el final, ese día que caiga la última hoja del árbol de mi vida. Creo que al llegar al pasillo final -el cual imagino estrecho, frío y oscuro- a mano izquierda habrá un mostrador sin ningún trabajador. Un expositor con hojas impolutas de reclamación por la vida vivida. Al otro lado del pasillo -tal vez más sombrío, más angosto...más triste- a la derecha, un espejo...a esa persona tendré que exponerle mis quejas y reclamaciones.





Por Edgar Kerouac.


10000



El genio le concedió un deseo. Muéstrame las caras de las cien personas más ricas del mundo -pidió el joven-. Entre tanta cara, ningún poeta. El genio le vio alicaído, le preguntó el porqué. El muchacho respondió “concédeme un último deseo y tendrás la respuesta”. La curiosidad del genio, su debilidad. Pidió ver las diez mil personas más ricas del universo. Nuevamente, ningún poeta.
Te responderé -dijo el muchacho-, estoy triste porque el dinero mueve el mundo, y de esos diez mil rostros no he visto en ninguno felicidad.


                               Me queda el consuelo de ser poeta.






Por Edgar Kerouac.