domingo, 6 de septiembre de 2015

El amor aparece entre los andenes de la incertidumbre.

Ayer vi a dos niños. Él, tendría unos ocho años y un claro acento gallego. Ella era madrileña, la edad era parecida. No soy muy bueno calculando edades, ni echando piropos, pero creo que esta vez no me equivocaba. Era la primera vez que se veían, no se conocían de nada. El lugar, un tren. Pontevedra-Madrid. Siete horas. Un mundo para un niño.

Entre sueño y sueño vi que jugaban, reían, corrían. Incluso un viaje se vuelve divertido si aún puedes ir a Nunca Jamás.  Yo en aquel momento no lo sabía, pero estaba siendo testigo de algo que no imaginaba. Todo comenzó, como casi siempre, en el adiós. Es curioso que cuando lo bueno empieza, el tiempo se agota. Allí de pronto, me fijé en ellos. Él la miraba, con una sonrisa traviesa. Ella esperaba algo, aún sin saber que era. De pronto el se acercó y la abrazó. De frente. Sin tapujos. Con un leve deje de vergüenza. Un abrazo puro, de esos que ya casi no quedan. Sin querer significar nada más que una simple muestra de cariño. En ese momento lo vi claro. Se habían enamorado. Un amor inocente, infantil. Un primer amor. Tal vez ni siquiera ellos supiesen lo que había pasado. Y entonces cada uno se fue por un lado.

Pude escuchar al niño diciendo a su madre: “Mamá Julia me encanta”.  Mientras ella decía: “Ha sido el mejor viaje de todos, mami.” Un amor puro, no mancillado por besos ni sexo. Un amor que no espera nada a cambio, un amor que como vino ya no se irá. Tal vez no se vuelvan a ver.

Fui espectador de como surge un amor platónico. Ella no lo sabía, pero se había convertido en musa. Él, estaba perdido. Se había quedado maldito. Era uno de los nuestros ya. Había nacido un poeta, y ya no podría escapar nunca. Tal vez aún no, pero pasará el tiempo,  y las chicas se convertirán en mujeres, pero él nunca podrá olvidarla. Tal vez sus primeras líneas no sean para ella, aunque en el fondo sí. El primer trago, la primera vez que llore abrazado a una botella estará Julia en el fondo, sin saberlo él siquiera. Ya no hay vuelta atrás. Morirá siendo poeta, y buscará su sonrisa en todas las mujeres que pasen por su vida, y nunca podrá encontrar una parecida, salvo cuando busque en oniria y durante la brevedad del despertarse del sueño al olvidarlo, saboree ese abrazo de nuevo esperando un mañana que nunca llega.


Ese niño poeta soy yo, aunque en otra piel, y ya no sé si hablo de Julia o de ella, de mi primer amor que como el suyo, se perdió en un tren y no volví a verla más. Si ella leyese mis líneas sabría que son para ella, recordando un abrazo bajo las estrellas una fría noche de Agosto en Galicia. Yo también la convertí en musa sin saberlo, yo también sentí el frío de una despedida, agarrar una mano sabiendo que nunca volvería a sostenerla como en aquel momento. Alejarme despacio, con la mirada marchita y la sombra apagada. No sé si en aquel momento me convertí en poeta, o si fue la primera vez que subía la cuesta y su sonrisa me esperaba sin nada que decir, porque no hacía falta.Pero al final, como este pobre chico, me vi dentro de un mundo que ni siqueira yo sé como es. Pero la noche se acerca, y quien sabe, con un poco de suerte, volveré a verte.

En cuanto cierre mis ojos.


Carlos Pelerowski.

jueves, 9 de julio de 2015

Bebiendo por ella los vientos

“Con diferentes intentos
Que a beber viene imagino
Por él en sus pensamientos
Por el vaso bebe vino
Pero por ella los vientos.”


Francisco Gregorio de Salas




Vuelven esos ojos que me hacían temblar, esa mirada que quema más que el Sol que hace estos días. Él, como yo, bebía vino. Y por ella, como yo también, bebía los vientos.

Me asomo al precipicio que son tus labios, buscando sostenerme entre ellos y el vacío, esa décima de segundo donde quedo suspendido y solo siento tus vientos, tu aliento como lanza que aparece en mi boca.

Acaricio el vaso de vino, buscándote en los posos que deja. Yo no bebo en copa, y no follo con delicadeza. Cuando cierro los ojos mientras la bebida cae por mi garganta, siento tus caricias que desgarraban mi piel, tus uñas que se clavaban en mi espalda dejando marcas que parece que se han ido y sin embargo no.

Acerco mis pies desnudos al mar, siento la brisa que acaricia mis orejas y el salitre que impregna mis mejillas. Bebo los vientos que me traen aromas a un antes y a un mañana que parece que no llega. Aunque nunca un olor como el de tu sexo, o el de tu sudor empapando mis sábanas. Esencia que se perdía con la mañana, pero que volvía en la noche oscura, doliendo la ausencia de no tenerte.

Por ella bebía los vientos, los vinos y lo que hiciera falta. Yo siempre bebía por ella, y sin embargo no me daba cuenta de aquello que era lo más simple. Nadie bebía por mí, solo por mis compañeros. Toda la vida intentando salvarla, para acabar destrozado por el huracán que fueron sus besos. Entendí porque siempre tienen nombre de mujer. Y también que ya estaba bien, que lo que trajo el viento y el mar, también se lo lleva. Que es una deuda que al final hay que pagar, y no se puede pagar con versos. Aunque cada noche lo intente y acabe sangrando, no tengo cura.


Solo la galerna que tal vez algún día alguien beba por mí, y ese aliento salvará mi alma, mi cuerpo y mi pecho. Hasta entonces seguiré llenando mis vasos de vino, no vaya a ser que se cuele dentro un poco de viento.


 Carlos Pelerowski

martes, 30 de junio de 2015

Oda a J.L.B.


El tiempo mató a Borges, y el tiempo lo mantiene vivo, pues el tic-tac es un sueño, el suyo, el mío, el vuestro...El soñador jamás soñado, que escribió lo nunca escrito.
Tú que viste -con tus ciegos ojos- a todos los hombres menos a ti, y que viste en ti a todos los hombres. Tú que hablabas -y hablas desde el tiempo inexistente- los idiomas de mil espadas, enterradas en el fondo de los mares de lágrimas, de los dioses mortales. Tú que fuiste anciano desde niño, y ahora -de cuerpo yaciente- eres niño.
El capitán de los barcos de papel. El jinete de los caballos de cartón. El guardián de las palabras como flores. La nada en todas partes...y el todo en ninguna.
Supiste que el pasado, el futuro y el presente son la misma cosa, y que la memoria es arena de playa y desierto, donde residen olvido y recuerdo. Siempre perdido en los bosques de acacias, eucaliptos y sándalos, caminando por ellos con tus piernas de péndulos nostálgicos. De   los parques y jardines nunca tuviste una palabra, y de ese modo los nombraste cada día. 
Tu ceguera progresiva, hizo que los colores ya no fueran lo que fueron algún día. Las realidades de  tu vista emborronada, se tornaban ilusiones, y sólo en las ilusiones, aparecía nitidez. El sabio del pensamiento circular, el capicúa de la reflexión dalinesca.
Buenos Aires está aquí, y tú eres todas sus calles, sus voces, sus mujeres y monotonías. Tú nunca naciste ni moriste y, por ello, no existes, igual que Buenos Aires y el viento que nos desviste. Eres etéreo y pluscuamperfecto. Escribiste historias e historia eres tú. Era poesía o música -me pregunto- aquello que engendrabas. Mas debe ser delito separarlas, como intentar dividir el alma. El gran poeta Ángel González dijo que “para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho”, a lo que tú asentirías y añadirías “para vivir una vida completa, es necesario no haber vivido ninguna”.
De ese Borges que dibujó el mundo, quedan infinitos Borges. En las plantas, en los pozos, en las ruinas y las nubes de marfil. Resides en cada folio, pues el blanco papel -sin ti- no sabe convivir. Acaso el silencio que te cubre en tu ocaso no es lo que siempre quisiste escribir. La sencillez más compleja, escribir indescifrables veces la misma página, con el sonido más eterno, el de los vivos y los muertos, el silencio que hoy eres...es el sonido más intenso.


Ahora, con ojos cansados, falto de claridad pero con la memoria bien clara, tengo la certeza de que tú escribes esta oda hacia ti mismo y que yo te conocí hace tiempo y que fui tú, igual que tú eres yo en este momento.     





Por Edgar Kerouac.

Loco Quintáns

Jamás serás confundido con cualquiera, demasiado especial, excesivamente raro y en peligro de extinción. Un animal que sólo puede ser extinguido por sí mismo.
Eres el hombre de boca grande y sonrisa de hiena, de estatura menuda y alma omnipresente. El hombre que intentó plancharse la mano para sentir lo que sentía la ropa.
Un tipo que busca sensaciones verdaderas -porque son las únicas que duelen y las únicas reales- porque las irrealidades que les sirven al resto de mortales, no son asumibles para ti. Siempre en búsqueda de experiencias que te hagan sentirte en el precipicio, entre el punto límite del regreso y el no regreso. Eso es lo que quieres, sentir lo que se siente justo antes de lanzarte al vacío, ese segundo en que las imágenes discurren aceleradas en el corazón, la adrenalina no cabe en el pecho y las lágrimas -que guardas en el bolsillo- se han derramado y te han mojado los pies.
Una persona inquietantemente inquieta, devoradora de curiosidad, lees todo lo que ves, todo lo que tocas, todo lo que hablas, lees las imágenes y las interpretas en tu majestuoso cerebro. Un genio de mente rápida y palabra acelerada, el bugatti veyron del habla. No existen las siestas ni las pausas para ti, no puedes desperdiciar un segundo, te es imposible dejar de experimentar y sentir, no importa el qué, sólo hacerlo.
Para la gente puedes ser un loco más, un tipo que te hace reír y pasar un buen rato. Que le jodan a esa gente que se queda con esa superficial visión del loco Quintáns. Es cierto que eres un loco, pero un loco por intentar sentirte vivo, por exprimir relojes de arena con ideas impensables, por vencer las vergüenzas que vienen impregnadas en nuestros cromosomas sociales. Eres un loco por escribir sobre tu dolor para intentar entenderlo -entenderte-, un loco profundamente sensible. Si te doy una oportunidad para expresarte, me regalarás tus miedos, tus pecados, tu adicción al onanismo, tus sentimientos ocultos, no tengo que rascar mucho la corteza, eres un árbol con las raíces a flor de piel y unas flores preciosas.
El poeta que me descubrió como poeta. No sabía que lo era hasta que te conocí, me quitaste el velo y me hiciste saber lo que era. Eternamente agradecido a tus enseñanzas indirectas. Marcado por tu espíritu libre. Un pájaro tan libre que te haces prisionero de ti mismo para sentirte normal, no hay más jaula que la que crean tus ojos. Nadie puede pararte, ni siquiera los que te quieren como yo.
Viajas y viajarás por el mundo, con tu casa a cuestas, viviendo intentando eso mismo, vivir. Erramundo de nacimiento, pues tu vida es errar y aprender, luchar por seguir errando, sentirte en paz contigo, sentirte perteneciente de algo o de todo, buscar un error más que te haga sentirte vivo, porque -puede parecer mentira- sentirse vivo es muy complicado.
No intentes detenerle, ni apoderarte de él, no enjaules un águila. Camina y comparte cicatrices con él, pero debes saber que su naturaleza es volar y que a veces sólo puedes mirar desde lejos pero tener presente -con total certeza- que siempre está contigo.


A mí amigo -y descubridor- el loco Quintáns, el Cassady de mi vida. 



Por Edgar Kerouac. 





Autoescrito



Una polilla dibujó en el aire invisible -con sus alas polvorientas- una palabra, o sólo fue mi mente quien la imaginó. La palabra en cuestión era 'autorretrato', definida por la RAE como “retrato de una persona hecho por ella misma”. Luego, medité cómo debería nombrarse al escrito de una persona realizado por ella misma y sobre sí misma. Concluí que 'autoescrito' era el nombre apropiado para tal caso, mas seguí indagando en mis galimatías cerebrales y profundicé en este nuevo término. Sería correcto decir que algo que está escrito por mí mismo es un 'autoescrito', pudiendo suprimir 'auto' y decir solamente “ha sido escrito por mí”, aunque, no por ello, deja de ser válido decir “autoescrito”. Por otra parte, y como decía anteriormente, 'autoescrito' sería sinónimo de 'autorretrato' pero en distinto ámbito, en este caso la escritura. Pondré un ejemplo para salvaros de este laberinto minotauresco sin minotauro, mas intentando aportar una nueva palabra al paraíso de las palabras. Puedo escribir sobre cualquier cosa, supongamos que lo hago sobre el pueblo kurdo, y realizo un ensayo de mi puño y letra sobre ellos. Esto sería un 'autoescrito', pues está realizado por mí mismo, y -siento repetirme- podría eludirse 'auto' -en el caso que así se quiera hacer-, y decir únicamente  “He escrito un ensayo sobre el pueblo kurdo”. Quizá, en la palabra 'escrito', queda implícito que ha sido llevado a cabo por uno mismo, mas no por ello 'autoescrito' es incorrecto. Ocurre exactamente lo mismo con 'autobús', debido a que su uso habitual es 'bus', sin embargo, 'autobús' no deja de ser correctamente correcto, aunque en 'bus' ya de por sí queda subyugado que es un automóvil, es decir, que puede moverse por sí mismo. Volvamos de nuevo a la palabra que es culpable de este relato, después de ejemplificar la primera acepción, es hora de hacerlo con la segunda. Supongamos, en este caso, que escribo sobre mí mismo, un poema o un relato cualquiera, pero siempre y cuando sea sobre mí. En este caso, estaría realizando un (auto)escrito autoescrito, valga la redundancia que en este preciso caso no lo es, pues contemplan términos distintos, como si dijera al lado del banco hay un banco, hay una redundancia fonética pero no semántica, y esta primera no es considerada en su definición como redundancia, un tema el cual habría que tratar en algún otro momento.
Para concluir este rocambolesco disparate, es necesario saber que un autoescrito (escrito de una persona sobre sí misma y por ella misma), obligatoriamente debe ser autoescrito (escrito por ella misma), sino pierde su razón de ser y la razón de este pensamiento circular, que me ha exigido remar y remar para llegar a un puerto desconocido o conocido, pero cuyo recuerdo se halla a la izquierda del inconsciente, donde habita el olvido.



Por Edgar Kerouac.