martes, 21 de febrero de 2012

Inframundo

Hoy todo es oscuro, no obstante, no pierdo la esperanza de que mañana más lo sea, querer y no poder cambiarlo, impotencia cerebral y física, cansado de ver las mismas caras con la misma frustración, hoy no me apetece soñar algo mejor, hoy no quiero escuchar, no quiero el Sol, quiero una lluvia torrencial y revolcarme en pocilgas cual grueso gorrino. Hoy tú no me importas, ni tú, ni tú y, por supuesto, yo tampoco. Más muerto que vivo, es lo que me causa seguir viviendo, fantasmas de carne y hueso me animan a continuar esta dolorosa senda que es la vida. “Tres tristes tigres comieron trigo en un trigal” se cruzaron con una familia de ganaderos y se los comieron, “al trigo que le den por culo” dijeron, maté a aquellos tigres, los abrí, saqué de sus estómagos a aquella familia, me dijeron “gracias”, entonces me los comí. Hoy defecaría sobre esas caras de falsa felicidad, a ver si de este modo ven la cruda realidad, no puedo y no debo sentirme mal ¿por qué?, ¿es que acaso una mueca falsa me hará elevarme por los cielos?, ¿me hará limpiar toda la basura mental que desde dentro me produce arcadas?, ¿hará que esta incertidumbre, capaz de enloquecer al ser más apacible de la faz de la Tierra, se disipé cual corrida por el sumidero?, ¿me proporcionará las respuestas a  preguntas que me martirizan día tras día, noche tras noche, cagada tras cagada?, ¿me sustentará de alimento cuando famélico tenga que hacer cosas contrarias a mis principios, autoviolando mi propio orgullo?, ¿aliviará el dolor que me quema como ácido sulfúrico?, ¿podré mirar al espejo sin remordimientos? Francamente, creo que no, de este modo, me resulta más cómodo quitarme la careta de la hipocresía y mirar al mundo como verdaderamente es…un infierno con muertos vivientes que piensan que siguen estando vivos, intentando actuar como los demás piensan que se debe actuar, dando la apariencia que se debe dar, sintiendo no lo que sienten si no lo que se espera que sientan, ahí me encuentro yo, con unos pocos marginados sin caretas, demostrando mis más sincera y repugnante cara, mis más íntimos y ridículos sentimientos…aunque no siempre consigo quitarme la careta, intentar ser uno mismo es muy doloroso, es muy placentero unirte a la mayoría y sentirte falsamente amado, aunque sea falso proporciona satisfacción y deleite interior, evitar dar tu opinión y amoldarte o directamente incluirte en la opinión general es genial, todo es rosa, pero ese rosa se va evaporando, entrando por tus fosas nasales, pulmones y, una vez dentro, se va acumulando, acumulando, acumulando, hasta que ese precioso rosa va tomando un aspecto nauseabundo, monstruoso, despreciable y entonces explotas, y vuelves a ser el repudiado, el extraño, el incrédulo. Quiero llorar, no siempre las lágrimas salen a la superficie, he estado muchas veces a punto de morir ahogado por mis propias lágrimas, me inundaba interiormente, me asfixiaba, esa sensación de no poder respirar es realmente insoportable.
Mas cuando un rayo de luz hace hermosa una asquerosa, vulgar y pestilente mierda, pienso…mañana puede, y sólo puede, que sea un buen día.

Por discípulo del maestro Sho-Hai.

lunes, 20 de febrero de 2012

J.Brooklyn

J. Brooklyn era un joven de 25 años nacido en Miami, cuyo padre era un ex convicto puertorriqueño, había sido encarcelado por ser un camello de poca monta, su madre era una neoyorquina increíblemente bella, las revistas y los diseñadores más prestigiosos se peleaban por ella, pero tenía las ideas muy claras, y ese mundo no le atraía para nada, así que se dedicó a lo que realmente le gustaba, el dibujo, era realmente extraordinaria.
Una noche de Noviembre, J. Brooklyn tenía 13 años, dos matones tiraron la puerta de su casa con suma violencia, no se anduvieron con “chiquitas”, cogieron al padre de J. Brooklyn por la pechera y le dijeron “quiero mi dinero”, “no lo tengo” dijo el padre, los matones sin miramiento alguno apuntaron con una escopeta hacia la madre y le volaron la cabeza, aquella bonita melena negra azabache…ya no quedaba nada de ella, la sangre y restos cerebrales habían pasado al primer plano, una vez ya fallecida seguía desprendiendo aroma a elegancia y dulzura…los matones ni se inmutaron, continuaron “¡dónde coño está mi puto dinero!”, apuntaron a J. Brooklyn, él era el siguiente, lloraba desconsolado mirando atónito hacia el cuerpo de su madre, no se percataba que estaba siendo apuntado, estaba bloqueado, los matones repetían “puto puertorriqueño de mierda dame mi pasta o le reviento la cabeza a tu hijo”, el padre giro la cabeza mirando hacia su hijo, parecía que buscaba su complicidad y su despedida, miró de nuevo al matón que le tenía cogido por la pechera, también miró al otro matón que estaba al lado suyo, y en un movimiento rápido le dio una patada con todas sus fuerzas en los cojones al matón que le tenía agarrado, y antes de que el otro reaccionase le dijo a su hijo “¡corre Brooklyn, corre!”, J. Brooklyn corrió todo lo que pudo, mientras bajaba por las escaleras que le llevaban a la salida escuchó dos fuertes disparos, el silencio se había apoderado de aquella noche de Noviembre. Desde ese momento J. Brooklyn comenzó una andadura de juego, drogas, alcohol, mujeres u hombres, no buscaba amor, no le importaba otra cosa que obtener algo de placer para obviar algo de ese dolor que le corroía como el agua al hierro. 
La apatía solía invadirle desde la cima de su afro cabello hasta la punta de sus nueve uñas de los pies, había perdido un dedo al apostárselo jugando al póker contra Vincenzo (un mafioso italiano), al que también le faltaba un dedo del pie. Frecuentaba esa sensación de desesperanza, de no saber qué hacer, nada le motivaba, no tenía aficiones, no tenía amigos, desde la muerte de sus padres no había sentido ninguna muestra de amor, tampoco la había buscado ni requerido, es más, al menor indicio soltaba un brusco y grosero “no me toques ni te acerques a mí, ¿es que te doy pena? pues mándale dinero a los niñitos de África”. Pasaba las horas bebiendo cuando había ganado al blackjack  o al póker, si perdía buscaba meterse en alguna pelea, al menos aquellos puñetazos, en su mulata cara, al día siguiente le proporcionarían ese dolor de cabeza similar a la resaca, así que el final siempre era el mismo…ganase o perdiese.
Aquellos días que la apatía se tomaba libres, pocos eran,  J. Brooklyn aprovechaba para desfogar sus instintos más básicos, era un chico atractivo así que aseándose y arreglándose medianamente bien, había heredado el buen gusto vistiendo de su madre, obtenía lo que iba buscando…descargar, no le importaba si eran chicas bellas, horribles, universitarias, gordas, tísicas, viejas, inmigrantes o si eran hombres peludos, fornidos, cultos, pervertidos, etcétera, como los que mataron a sus padres, no se andaba con miramientos, quería satisfacción, correrse y nada más, no habían besos, no había cariño, no había preámbulos, no había el “cigarrito de después”, él terminaba lo que quería y sin preguntar nombre o teléfono se marchaba sin decir nada. Solía robar alguna botella de alcohol que encontrase por las casas donde mantenía las relaciones sexuales, de camino a la jaula de sentimientos que era su casa empinaba el codo a más no poder.
Otros días se levantaba con ganas de terminar con todo, quería suicidarse, finalizar una vida de dolor, pensaba en hacer honor a su triste vida suicidándose de las formas más atormentantes o angustiosas posibles. Pensaba tirarse al mar atado de pies y manos y anudado a sus tobillos un bloque de hormigón, pensó en pagar a uno de los hombres con los que había mantenido relaciones sexuales, y que trabajaba en una funeraria, para que le enterrase vivo, y muchas otras alternativas que tenía pensado.
El 11 de mayo, J. Booklyn tenía 28 años, era un día más, “queda un día menos” pensaba. Iba de camino a una taberna, el día anterior había ganado al blakjack, quería fundirse todo lo que había conseguido, empezó con un par de cervezas, se las bebió como agua, pasó a los gin tonic, se calentó bastante, pero él quería más, decidió beberse 5 chupitos de Jack Daniel’s, iba bastante torcido, en cualquier momento podía caerse al suelo, la silla en la que estaba sentado se tambaleaba considerablemente, y, como era de esperar, acabó cayendo al suelo, “¡vaya caída!” pensaba la gente de alrededor, se escuchaban carcajadas, allí estaba J. Brooklyn, en el suelo con una brecha en la barbilla, él no sentía dolor, estaba demasiado borracho, el camarero no paraba de decirle “¡inútil! vete de aquí que me espantas a la cliente, levanta ya ¡hostia!”…de repente una chica de unos 23 años, se acercó a él e intentó ayudarle, J. Brooklyn, en su tónica general, le dijo lo que siempre decía “no me toques ni te acerques a mí, ¿es que te doy pena?...”, no había acabado la frase cuando la joven chica, de preciosa cara, con rasgos orientales en los ojos, pero que claramente no era oriental oriental, le contestó mirando a J. Brooklyn a los ojos intensamente “sí, me das mucha pena” y se fue…J. Brooklyn se levantó a los 5 minutos de irse la chica, salió a la calle miró a ambos lados, algo había cambiado para él…
Desde ese día el mundo para J. Brooklyn había dado un vuelco de 360 grados, aquellos ojos, aquella mirada penetrante no se le podía quitar de la mente, aquella voz contundente y dulce a la vez, aquella preciosa cara…aquella misma noche no pudo dormir, la imagen de la chica era inmensamente mejor que sus asquerosos sueños…la respuesta de la chica hacía eco en su cabeza, nadie le había contestado hasta entonces, nadie había sido tan directo con él. Volvió a la taberna donde había ocurrido aquello pero no la conocían.
J. Brooklyn decidió plasmar los ojos que fotográficamente habían sido grabados en su cerebro sobre lienzos, nunca había dibujado y nunca le había gustado, pero sí le gustaban los cuadros de su madre y sí la había visto a ella hacerlos, parecía tener un don especial, parece ser que no solo heredó el saber vestir de su madre.
Hizo que se suicidarán las ideas de suicidio, despidió a la apatía, las ganas y la motivación empezaron a surgir, notaba sentimientos que hacía muchos años que no sentía, era extraño para él, no dejaba de dibujar, horas tras horas, no necesitaba el juego, no necesitaba la coca, no necesitaba su alcohol, solo un lienzo y un pincel. Tras poco tiempo no sólo dibujaba sobre aquella chica que le había cambiado y, posiblemente, salvado la vida, todas sus terribles y nauseabundas experiencias fueron expresadas en forma de arte, pero la imagen de la chica no abandonaba su cabeza, varios días visitó la taberna donde la conoció para ver si se encontraba con ella, pero nada.
J. Brooklyn tenía 30 años y estaba consiguiendo ganarse poco a poco el prestigio de algunos entendidos en arte, había expuesto alguno de sus cuadros en algunas galerías de no mucha relevancia. Aquél día estaba en una de esas galerías, le iba infinitamente mejor de cómo estaba antes, ¿estaba feliz? sí, pero no dejaba de reconcomerle la imagen de la chica. Sobre la mesa, donde se servía el ponche, vio un folleto de poesía, la cara de la portada era la misma que la que no se borraba de su mente, era ella…Giselle Hao Sullivan, así se llamaba aquella chica que tanto tiempo había estado sin nombre para J. Brooklyn, era una conocida escritora de novelas y poesía, había nacido en los Ángeles, su padre era filipino y su madre californiana. J. Brooklyn intentó informarse de la dirección donde vivía, apenas le costó obtener esa información, una vez se hizo con ella se marchó a su pequeño estudio y allí se encerró durante tres meses.
En ese tiempo dibujó una y otra vez, nada le convencía, el estudio se llenó de bocetos tirados por el suelo, pintura despilfarrada, pinceles desgastados, no conseguía plasmar su idea, sus sentimientos, pero al final consiguió crear una obra magistral, era una especie de cuadro cubista con tonos negros y grises, muy poco vivos, que mostraban un tremendo dolor, pero totalmente en contraste a éstos, unos colores vivos que configuran una hermosa cara, con sutiles rasgos orientales…el cuadro era un regalo para Giselle Hao Sullivan, en el dorso había una dedicación:
                       
Estaba herido,
no me importaba morir,
es más, quería morir,
tenía pensado cómo acabar con esta vida de dolor.

Desesperanza y apatía,
eran amigas mías,
alcohol, drogas, juego, mujeres y hombres,
eran mis quitapesares.

Cada día eran años para mí,
ya no sabía como proseguir,
grosero y borde con el mundo era,
sufrí innumerables puñaladas traperas.

11 de mayo,
tenía 28 años,
“Julien Tabern” nuestro lugar de encuentro,
aquél día…mi renacimiento. 

            Gracias por salvar mi vida, Jeremih Brooklyn Newell.  


Por discípulo del maestro Sho-Hai

viernes, 17 de febrero de 2012

Las manos de Sarah


El primer recuerdo de Sarah son unas manos. Unas manos frías y sudorosas acariciándole todo el cuerpo. Ella no sabe qué pasa, pero cuando esas manos tocan algunas partes de su cuerpo Sarah se estremece, y no sabe por qué, pero siente una mezcla de vergüenza y culpabilidad. Ese recuerdo se repite durante muchos años. A veces esas manos no le tocan, si no que le dan regalos. Un día un peluche, otro una muñeca. Cuando esto ocurre ella se siente todavía más culpable. No sabe lo que le pasa, y le da mucha vergüenza hablarlo con los demás. En la escuela no logra atender, ni es capaz de hacer amigos como el resto de sus compañeros. Poco a poco Sarah va creciendo, y esas manos continuan acariciándola. Más adelante una lengua pasa a formar parte también del juego de todas las noches. Ella no logra entender porque odia tanto ese momento del día. Pero despúes de eso, siempre llora hasta quedarse dormida.
Hasta que un día esas manos aparecen entrecruzadas. Están limpias, pero frías como un témpano. Esas manos no volverán a tocarla nunca más.

Ahora Sarah está en un bar. Se ha convertido en una mujer guapa, alta y esbelta. Tiene 27 años y fuma contínuamente. Trabaja en algo sin importancia, que le da para vivir. Y ya no recuerda esas manos con claridad. Pero, sin saber porqué, Sarah tiene miedo a dormir sola. Los monstruos de su infancia afloran cuando ella está a punto de dormirse. Es por eso que su subconsciente busca siempre un acompañante para las largas noches de soledad. Cuando tiene toda la cama para ella, es cerrar los ojos y llorar. Tiene miedo al silencio, a recordar lo que a fuerza de repetírse a sí misma nunca sucedió.

Sarah se da cuenta de que un hombre no deja de mirarla. Se la come con los ojos. A ella eso le gusta, le hace sentirse protegida. Ella le guiña un ojo y él se levanta y se acerca:
-¿Puedo invitarte a una copa?
-Claro- dice Sarah mientras sonríe.

Esta noche será otra buena noche. Durante unas horas habrá esquivado a los montruos que quieren hacerla daño. Aunque a la mañana siguiente, como todas esas mañanas, sienta vergüenza de sí misma, sabe que eso es mucho mejor que la soledad nocturna.

Han pasado miles de manos por su cuerpo, y asi seguirá hasta que no soporte más la culpa de haber sido una mala hija y decida acabar para siempre con su vida.

Pero ahora está viva, es de noche y se encuentra en su cama. Siente otras manos por su cuerpo, pero aunque no le gustan, tampoco las teme.   



Por Bukowski...transformándose en Henry Borowsky. Adquiriendo una nueva personalidad, un nuevo yo.

1 de Enero

Noche vieja, estaba de fiesta, aun no había bebido, empecé, ¿pues a qué habíamos ido si no? Allí estábamos todos los amigos, bebiendo y pasando frío juntos, eran prácticamente las 2 de la madrugada y allí seguíamos bebiendo…más tarde ella llegó, estaba bebida, reía sin ton ni son, yo estaba bebido y…cachondo, parece ser que ella lo estaba más que yo, era difícil, no imposible. Nos besábamos tímidamente, raro de ver en borrachos, llegando a ser contradictorio inclusive, pero allí seguíamos delante de todos, ellos seguían bebiendo, yo seguía bebiendo, ella seguía bebiendo y fumando, “no me gusta que fumes” le dije, no era nadie para prohibírselo, así que continuó fumando.
Yo seguía cachondo, allí en medio de todos, hacía frío pero la tenia tiesa, no sé si alguien se dio cuenta, si así fue no me importa. Llevamos aperitivos para que entrase mejor la bebida, yo únicamente bebía, no tenía ganas de comer aperitivos expresamente, seguía cachondo, nos besábamos de vez en cuando, los calzoncillos me pedían clemencia, no daban más de sí, verdaderamente me dolían los genitales, seguía bebiendo…
Acabé por decidir utilizar el poco raciocinio que me quedaba…pude formular una estrategia en mi mente, la bebida me impedía ejecutar esa idea mental, conseguí hacerlo “voy a mear” dije en voz alta mirando hacia ella, ella, supongo que también utilizaría todas sus estrategias que le quedaban en ese momento, captó el mensaje.
Me cogió de la mano, nos fuimos hacia un lugar poco transitado (ya sabemos con son las noches viejas, ¿existe este plural? si existe no debería “noches viejas” suena realmente mal) eran las 3:17 de la madrugada, con una mano me agarraba el pene, con otra mano cogía el vaso, mientras orinaba le daba tragos a mi ron con cola (esto habla bastante bien de mí, conservaba unas buenas facultades motrices para lo que había bebido), ella estaba al lado mío, embobada mirándome la polla, cosa que me ponía más cachondo…
Seguimos hacia delante, no había nadie, nos refugiamos en un pequeño socavón, maleza y plantas de gran tamaño nos cubrían bastante, me senté en un pequeño bordillo, ella encima mío, la besé, me besó, le mordí el labio, sangró, se encendió, yo también, chupé su sangre, pasé al cuello, la mordí, me cogió fuerte, subí hacia la oreja, la resoplé y seguidamente suavemente la mordí (¿soy un perro o una persona? creo que no estoy tan capacitado como para llegar a ser perro), me cogió de las pelotas, se me puso más dura que el mármol, ella llevaba vestido, lógicamente o no tan lógicamente yo no, decidí demostrarle la fluidez de mi mano derecha, además la tenía congelada, así que mataba dos pájaros de un tiro, rápidamente se me calentó la mano, noté la humedad de su coño, era gloria bendita, ella también quería demostrarme sus artes manuales, así que se centró en mi falo, el morbo nos invadía a ambos, debido a que ese lugar que parecía algo desierto comenzaba a estar bastante concurrido, nos daba igual, seguramente por el alcohol o quizás no.
Ella quería demostrarme todo su potencial y vaya si lo hizo, bajó directamente en dirección a mi miembro “¡qué placer!” pensé, ese contraste de temperaturas era exquisito, el frío de la madrugada en noche vieja entremezclado con el calor que desprendían esos labios, esa lengua, era el placer máximo, aquél socavón en aquél momento era un hotel 5 estrellas para mí… estaba en el séptimo cielo, sin darme cuenta, ella se levantó, cogió mi polla con una mano y se la introdujo en su majestuosa flor “LA FLOR”, el ascensor del séptimo cielo subió al décimo (es el último piso…creo), mis ojos se abrieron como platos al ver su cara de placer, “¡sensualidad aquí estoy!” parecía decir, se mordía el labio, no puedo aguantar que se muerdan el labio es algo superior a mí…
La gente no dejaba de pasar a nuestro lado, parecía que no habían echado o visto un polvo nunca, no paraban de gritar, sus caras de incredulidad me empezaban a fastidiar el coito, en fin tuvimos que parar, un poco es morboso, demasiada compañía era inaguantable.
Yo no quería volver a mi casa con unos huevos que no me entraban en el pantalón, ella muy servicial, y antes de que yo se lo pidiera, se ofreció a que yo culminara decentemente, me dijo “saca la polla”, le hice caso a pies juntillas, dejé mi miembro sobre su mano, como cuando dejo el mando de la tele sobre la mesa, empezó a masturbarme, yo gozaba de placer, al cabo de un rato eyaculé sobre el suelo y las malezas, ya no sentía ningún frío, estaba tranquilo, tranquilo, tranquilo, desganado también, no tenía donde limpiarme, ella, haciendo nuevamente gala de su cortesía, me proporcionó la parte interna de su vestido para limpiarme, eso hice…
Eran las 6:24 de la madrugada (o del día), ¿tanto tiempo habíamos pasado allí? para mí habían parecido 30 minutos, increíble los efectos del alcohol…Enero se había arrodillado ante mí, me había besado la mano y me dio su bienvenida… ¡y qué bienvenida!     

Por discípulo del maestro Sho-Hai

jueves, 16 de febrero de 2012

"El loco Johnny"


  Hace tiempo que Johnny encuentra la soledad como algo bueno. Cuando era un niño, temía quedarse solo en cualquier sitio. Odiaba no tener a nadie con quien hablar, con quien jugar. Su meta en la vida era ser un gran jugador de fútbol, un hijo modélico y un gran estudiante. Le obsesionaba ser el líder del grupo. Siempre tenía que ser el centro de atención, el más gracioso, el más rápido, el más inteligente. Su ego no conocía límites. Nadie le enseñó que la vida no es como él pensaba.

  Ahora no tiene casa, ni amigos ni familia. Vive entre basuras, siempre acompañado de un cartón de vino barato y de un perro todavía más sucio que él. No tiene nombre, simplemente se llama “Perro”. Es un animal de tamaño medio, con un ojo tuerto y que además cojea, pero es la única compañía que Johnny es capaz de tolerar. Tampoco es su amigo, pues hace ya tiempo que la palabra amistad desapareció de la vida de Johnny. Nuestro amigo vagabundo no sabe como llegó hasta donde se encuentra ahora. Hace no tanto tiempo tenía una casa, una mujer y un hijo maravilloso. El trabajo que realizaba le encantaba y sus amigos le parecían los mejores que un hombre puede tener. Todo era perfecto.

  Nadie sabe ya que Johnny tuvo un nombre y unos apellidos, un carnet de la seguridad social, una póliza de seguros, un utilitario en la puerta de su bonita casa. Ahora los jóvenes se mofan de él, le lanzan piedras y le llaman “el loco Johnny”.

  “El loco Johnny” es un nombre muy poco original. Pero tiene parte de verdad. El día que entró en su casa y vio lo que había sucedido allí dentro le cambió para siempre. Simplemente su cabeza hizo click allí donde todo tenía sentido y decidió alejarse de este cochino mundo.

  Su mente camina por libre, sin pararse en los aspectos de la vida. No le importa no lavarse, no afeitarse, no comer. El vino malo es lo único que le mantiene alerta, pero nada le ata a este mundo. Hace tiempo que su mirada está perdida, y nadie será capaz nunca de encontrarla. El día en el que Johnny descubrió la maldad del ser humano, Ernest Miller murió para siempre. Desde aquel momento se transformó en “el loco Johnny” y si quieres encontrarlo no tienes más que bajar de tu casa e ir a un cajero por la noche. Allí estará dormido, quizás se agite entre unas mantas viejas. Puede que una lágrima resbale por su sucia barba. Pero no le despiertes, pues es el único momento que tiene de poder ser feliz durante algún instante de su miserable existencia.


 
Por Bukowski...