Cuenta
La
Leyenda
Que
Una
Hilera
De
Palabras
Se
Unieron
Como
Un
Obediente
Ejército,
Una
Tras
Otra,
Pegadas
Con
Un
Cemento
Más
Fuerte
Que
El
Amor
O
El
Odio,
Para
Subir
Al
Cielo
Y
Reclamar
Que
Fuera
Público,
Que
Estuviera
Al
Alcance
De
Cualquier
Ser,
Vivo
O
Muerto.
Aquellas
Palabras
Tocaron
El
Timbre
Del
Cielo
Insistentemente,
Un
Día,
Y
Otro,
Y
Otro.
Cada
Día
Que
Llamaban
Al
Timbre
Esperando
Una
Respuesta
Y
No
Recibían
Ni
Siquiera
Una
Pregunta,
Las
Palabras
Se
Unían
Más.
Gritaban
Alto,
Muy
Alto,
Para
Que
Palabras
Hermanas
Se
Unieran
En
Aquella
Contienda.
La
Hilera
No
Dejaba
De
Crecer,
Millares
De
Palabras
Vibrantes
De
Desbordante
Energía,
De
Pasión
Por
Un
Objetivo
El
Cual
No
Admite
Una
Derrota.
Sus
Ojos
Brillaban
Como
Meteoritos
Incandescentes.
Al
Cabo
De
Un
Tiempo
Apenas
Podía
Apreciarse
Si
Aquella
Fila
De
Palabras
Estaba
Formada
Por
Innumerables
Palabras
O
Únicamente
Era
Una
Sola
E
Inmensa
Palabra,
Tan
Grande
Como
El
Silencio.
Sin
Embargo,
Un
Día
El
Timbre
Del
Cielo
Se
Fundió,
O
Alguien
Lo
Apagó.
No
Había
Modo
Alguno
De
Traspasar
La
Frontera.
La
Desilusión
Se
Apoderó
De
Todas
Aquellas
Palabras,
Como
Una
Ola
De
Viento
Que
Rompe
Cualquier
Esperanza,
Una
Estampida
Sin
Compasión.
Las palabras cayeron al suelo,
Sin orden,
Destruyendo aquella hilera perfecta, que invitaba a la armonía.
Tristes palabras sin hermanos,
Lágrimas
Incurables y frías como icebergs,
Como una mañana en Siberia tras la muerte del sol.
Aquellas
Palabras
Habían nacido con una misión,
Con un sólo propósito el cual
Ahora era inalcanzable.
Millones de palabras se suicidaron;
Otras murieron de tristeza;
Unas vivieron apáticas el resto de su existencia;
Algunas encontraron en la droga el cielo que se les había privado;
Hubo palabras que intentaron
Olvidar el cielo,
Hacer
Como si nunca hubiese existido
Y crear una
Verdad forjada en la mentira, una mentira confortable
Y pacífica;
Al no poder subir, algunas palabras decidieron bajar y llamar
Al timbre del infierno,
Allí fueron bienvenidos, se extrañaron al ver que la puerta
De entrada era
Extactamente
Igual
Que la del cielo.
Entre las palabras sigue viva una leyenda,
Una leyenda que conocen
Todas las palabras,
Pero ninguna
Sabe
Cómo llegó a sus oídos.
Una leyenda que circula de alma en alma, imborrable, que
No conoce el olvido.
Esa leyenda cuenta que unas
Pocas palabras vagaron por el mundo sin destino,
Buscando su lugar,
O simplemente,
Buscándose a ellas mismas.
Querían los porqués de las preguntas que tanto afectaban a
Sus doloridos corazones.
Sin saber cómo,
Aquellas palabras perdidas se encontraron unas a otras,
Cicatrizándose las heridas viceversamente.
De la nada surgió
Una potente unión,
La
Hilera
Volvió
A
Nacer.
Esta
Vez
La
Fila
De
Palabras
Era
Indestructible,
Renació
La
Perfección
Con
Los
Pilares
De
La
Imperfección,
De
La
Nada
Surgió
La
Hilera
Y
Ni
Siquiera
Su
Propia
Madre
Podía
Exterminarla.
El
Timbre
Del
Cielo
Volvió
A
Funcionar,
Pero
Ninguna
De
Aquellas
Vagamundas
Palabras
Quiso
Pulsar
El
Botón.
Desde
El
Cielo
Alzaron
La
Vista,
La
Hilera
De
Palabras
Superaba
Cualquier
Altura
Inimaginable.
El
Cielo
Apreció
Que
Las
Palabras
Se
Habían
Fundido
En
Una
Sola,
"Apátrida".
Aquellas
Palabras
Sin
Nacionalidad,
Originadas
Por
La
Oscuridad
Y
La
Luz
De
La
Nada,
Tenían
El
Todo
Como
Su
Casa,
No
Necesitaban
El
Cielo.
A
Partir
De
Aquel
Momento
El
Cielo
Se
Plantea
Vencer
Su
Propio
Orgullo
Y
Llamar
Al
Timbre
De
Las
Palabras
APÁTRIDAS.
Por discípulo de Maestro Sho-Hai.
miércoles, 31 de julio de 2013
domingo, 21 de julio de 2013
Oda al odio
Me consumo en llamas.
Ardo y ardo
y, en ceniza,
todo convierto a mi paso.
Pienso sin pensar,
no es la razón
la que envuelve mi llanto,
es pasión desbocada,
irracional,
como el canto de una luciérnaga
enjaulada.
Inspiración de mis tristes obras,
una musa descortés
que me abandona
cuando aún tengo sed.
Te veo en los espejos,
en el agua reflejado,
en los ojos de la gente
que me miran aterrados.
Aceleras mi corazón
hasta que se rompe
y discurre por mis ojos,
como un lago rojo
lleno de fantasmas.
Te odio,
pero no puedo odiarte
porque te halago.
Te quiero y te necesito,
porque me liberas del diablo
con el cual danzo.
Tú me comprendes
pero yo a ti no.
Susúrrame Odio al oído
qué quieres de mí,
¡no soy más que un pobre hombre
que no sabe vivir!
Sé que nos veremos pronto,
que no desistirás,
quizás tenga que casarme contigo
para la eternidad.
La misantropía me condujo al camino de
la comprensión del ser humano y saber
que es ilógico. Aprendí a amarlo en
cualquier tiempo, modo y/o espacio...sin
dejar de odiarlo.
Por discípulo de Maestro Sho-Hai
miércoles, 19 de junio de 2013
Ding, dong
Un ding sin un dong.
La llamada que se entrecorta
y no pide perdón.
El cuerpo que se arrastra
sin estar seguro de su decisión.
Dije ding, no escuché el dong.
Grité una palabra muda en mi interior
y salió una mariposa blanca
de mi ombligo inconexo,
maullando un nihilismo aprensivo y bobalicón,
disfrutando de la noche, de su Luna,
de las callejuelas y sus carreteras desnudas.
Escuché el ding, no pudé decir dong.
Pienso y escribo, sin hablar.
Hablo sin pensar y escucho escribir,
la máquina no cesa de teclear gastadas palabras,
que entre suspiros se esfuman liberadas.
Afirmé ding, respondí ding.
Perfilo mi imperfecto corazón,
ya apenas se asemeja a un corazón,
es un como un puño ensangrentado,
como un amanecer atormentado,
un pavo real exento de su color azulado.
Late a contratiempo,
sólo sigue el ritmo del viento,
mil veces derrotado
pero como un infante ilusionado
permanece esperanzado.
Dije dong, me adelanté al ding.
Quise llegar al fin
sin salir desde el principio,
cantar un estribillo
y olvidarme de la letra,
construir un edificio
empezando por la cubierta,
que me respetasen
sin haber respetado,
odiar
y no haber sido odiado.
Ding, dong.
Olvidé las precauciones
arriesgué mis posesiones
destruí la sociedad
y sus opiniones
por reconstruir un alma sin barrotes.
Decisiones sin sumisiones.
Volar caminando
con un ala en el talón
y otra en mis ilusiones.
Blasfemando sobre el edén,
porque el paraíso no está en los salmos
sino debajo de la piel
de hombres y mujeres
que no temen el olvido más ingrato.
Por discípulo de Maestro Sho-Hai.
jueves, 6 de junio de 2013
Recuerdo pasajero de un desconocido extranjero
Me zambullo en la
oscuridad.
Paso a paso.
La única luz que
necesito
es el aliento de la
inspiración.
Paso a paso.
Mis musas se
sublevan
me rehuyen y abandonan
me hunden en la
ciénaga de las palabras mediocres.
Paso a paso.
Permanezco en este
mundo
en el que requerimos
alcohol y droga
para encontrarle
algún tipo de sentido.
Paso a paso.
Locura como
salvación,
cuerda con la que
ahorco mis serias miserias.
Paso a paso.
Miedo ilógico
engendrador de
fantasmas prisioneros
que gimen su dolor
discurriendo desde
mi mente hasta la aorta.
Paso a paso.
Alma resquebrajada
que jamás será soldada,
corazón agujereado
por las balas del
desamor propio,
ojos imberbes y, aún
así, con lágrimas.
Paso a paso.
Cansado de la gente
sin sabor,
de la hiena de mi
estómago
sin compasión.
Paso a paso.
Improvisa saxofón,
bailaré como una
estrella
en plena explosión.
Paso a paso.
Pasos que te acercan o alejan de la nada
pasos curiosos que
se asustan de nada
un paso y otro paso
que te conducen al
túnel donde no puedes volver a casa.
Seguiré dando pasos
quizá izquierda,
tal vez, derecha,
hacia atrás o en
círculos,
y, cuando mi mente
me lo mande, en adelante.
Pero tengo frío el
corazón,
apenas me duele...
....sólo cuando late.
Mi cuerpo está
débil,
es peso muerto,
lo hago caminar
con palabras
de un sargento
militar.
Una única imagen
que me atormenta,
imborrable,
por mucha fuerza que
ejerza,
es una silueta
interminable.
Sudo, sudo y no dejo
de sudar,
no físicamente,
es todo mental.
Sudan mis nervios,
suda la sangre
que por mis venas
va,
sudan mis ojos,
quizá son lá...grimas,
sudan mis oídos
por ese eco,
esas palabras,
ese silencio,
que no se quiere
marchar.
Paso a paso
el corazón se
calentará
por si acaso,
arrastro un tumba,
un ataúd,
un papel con tinta
de zumo de limón,
un recuerdo pasajero
de un desconocido
extranjero
que me dijo
“Paso a paso,
no quieras ser el primero”.
Por discípulo de Maestro Sho-Hai...
martes, 28 de mayo de 2013
Respuestas sin preguntas.
Por qué, cuando miro atrás,
todas aquellas mujeres que,
de algún modo u otro
alguna vez he querido,
¿ella sobresale del resto?
Por qué, cuando miro atrás
y recuerdo mi primer beso,
o la primera vez que tuve sexo
¿Ninguna fue
contigo?
Tal vez me equivoque,
puede que el problema
sea que planteo la pregunta,
¿y si planteo respuestas?
Creo que,
al no haber hecho nada con ella,
la he podido transformar,
metafísicamente hablando
en un ángel, puro y perfecto.
Y creo que engo miedo,
que siempre lo he tenido,
a que ese estado
de pureza máxima
se pueda romper, y convertirla
sin querer,
en una más de todas ellas.
Pero me doy cuenta de que,
por fin llegan las respuestas.
No hace falta preguntas,
sólo respuestas.
Cambiaría mil recuerdos
porque me hubiese
robado ese primer beso;
porque hubiese conocido
de sus manos
el placer del sexo.
Haber explorado con ella
el cuerpo de una mujer.
Sus pechos, sus caderas,
su húmedo coño resbalando
entre mis labios.
Y, sin embargo, puede
que muera sólo (o con alguien a mi lado)
pero que a ella jamás
la haya ni tan siquiera besado.
Y aún así,
nadie, nunca podrá decir,
que yo no la he amado.
Por Henry Borowsky...
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