miércoles, 11 de junio de 2014

El Cut-Up de los 24


La lluvia en el nublado que cae sobre las sábanas, esas sábanas de fluido amoroso celestial. Unos pechos morenos, sensuales a rabiar, que se ocultan de un león que cuida que las puertas no se cierren por corrientes de aire, venideras de ventanas abiertas a modo de prevención de ambientes cargados, llevándose consigo el olor de la pasión matinal. Un alma, en ocasiones, puede habitar dos cuerpos distintos, haciendo que la sangre de ambos hierva al aproximarse, provocando, contracciones musculares involuntarias y caricias que se desconoce cuándo vinieron y cuándo se irán, si es que definitivamente deciden irse. Y esas gotas de agua que agolparon los capós, jamás borradas, engendradas por el dios eunuco de la lluvia, que nació muerto y es eterno. Estas piernas quemadas por el silencio de un portátil que teclea en una carretera que nunca calla, porque las carreteras son esos caminos que no conocen el silencio mudo, como esas ciudades de edificios besa-nubes que nunca duermen, aunque lo parezcan. Una mujer que se distrae en su concentración, con esos ojos que hablan, entre parpadeo y parpadeo, de milagros que son posibles. El espacio que no existe entre las rígidas y personalizadas americanas del armario, igual que el espacio entre persona y persona en los metros de Japón, es el mismo que reside entre molécula y molécula de aire. En el Oeste no hay caballos indios, ni cactus, ni bolas rodantes, ni bares de mala muerte, sólo hay Oeste, el último lugar donde iría de viaje el Este. Mientras las cortinas sigan el bamboleo del canto del viento y los hurones continúen sin aparecer, este valle seguirá siendo el mismo valle que fue un día de un calendario sin comprar.

Porque las alas son más que simples plumas y el vuelo más que alzarse por encima del suelo para tocar el cielo. 
              
                   Porque una sonrisa libera de la jaula a cualquier ser y ese ser puedes ser tú. 



Por Edgar Kerouac. 

jueves, 29 de mayo de 2014

Ahogando mariposas en alcohol.

Otra noche de fiesta,
 y tu sombra no aparece.
Otra borrachera
sin que me cojas de la mano
y me lleves a casa
cuando empiece a pellizcar
culos.
Y tú te rías
porque sabes que en el fondo
solo tengo ojos para ti,
pero me encantan
los traseros ajenos.

Otra noche abrazado a una botella,
a unos labios
que si bien no son los tuyos,
al menos me responden.
El alcohol baja por mi garganta,
ahogando las mariposas de mi estómago.
 Las voy matando poco a poco,
 y,
 a medida que esto pasa,
 tu imagen se va borrando.          
Es entonces cuando me paso
 y busco otros cuerpos,
 y no me importan como.

La soledad del borracho,
la ebria desnudez de un corazón anestesiado,
 o al menos,
en fase KO.

Y al día siguiente
cuando no aguante mi cabeza,
y me lave el sudor y la vergüenza,
volverás a mí.
 Y volverá a doler,
y a golpear,
 y a tratar de hacer que caiga
 rendido ante tus pies.
Que te jure pleitesía y te busque entre todas,
 que te ame y no te folle,
 que te abrace y no te muerda.
Intentarás domesticarme,
 cuando tú en realidad
 no quieres una mascota.

Tú lo que quieres, no lo sé.

Yo lo que quiero,  es que acabes este poema por mí.


Por Carlos Pelerowski...

miércoles, 28 de mayo de 2014

Me asomo a la ventana y no eres la chica de ayer, pero tampoco la de hoy.

Que a veces,
cuando me asomo por la ventana y siento la brisa,
 los pelos se me erizan
como cuando tú me acariciabas.

 Que ya no creo en las hadas,
 ni en ratones que traen dientes,
 ni en princesas que roban corazones.

Que ya solo creo en tus besos,
que no me convierten en rana,
pero que aún tienen magia.

Que si miro por la ventana,
es porque no estás tú en mi cama.
Que si escribo ahora,
 es porque hace ya tiempo,
que no siento tu mirada.

Y sé,
 que tal vez debería dejar de pensar,
Y  dedicarme a follar.
Decir más sexo,
Y menos, te quiero.
Olvidarte en brazos de otra,
porque en los de Morfeo,
cada noche apareces para arrastrarme
 a la soledad de mis sueños.

 Y esa promesa de ser siempre niños,
se las ha llevado Peter Pan,
 ha raptado mi inocencia y con ella,
 tú.

Que este poema no lo leas,
porque los escritores estamos malditos,
 y bastante maldición es saber que estas paredes
 solo acogen una piel
que de nuevo se abraza al olvido,
se busca en la soledad onanista de tus recuerdos,
 se corre en forma de lágrimas,
y se pierde entre estas palabras.

Que el único sitio donde quiero perderme
 es entre tus piernas,
que las únicas calles que quiero pasear
son las que llevan a tu coño,
que las únicas carreras que quiero hacer
son las de tus medias.


Que los únicos besos que quiero, son los que ya me diste…



Por Carlos Pelerowski..

martes, 13 de mayo de 2014

Un lago donde los cisnes de Tchaikovsky hace ya tiempo que salieron huyendo

¿Y qué hago si el hombre enjaulado no es otro que yo mismo? Intentando arañar la pared de mis sentimientos con las garras afiladas que le robé al señor León, que había matado a la oveja porque tenía celos del carnero que había subido a la montaña más alta porque quería ser el rey de los cielos, sin saber que el albatros ya lo había sido antaño, y había sobrevolado el planeta con la elegancia de un cisne que antes fue mujer, y de la que yo me había enamorado y ella se había largado por aquel no tan famoso lago.

Entonces esas garras que yo llamo como mías, lo único que arañan es mi alma, desgarrándola poco a poco y convirtiéndola en pedazos, y así me separo de este mundo para volar ayudado por mi amigo Bacco, que si bien hace tiempo fue un Dios, ahora es más bien una maldición de la que no puedo escapar, a la que vuelvo cada noche en un bucle donde al final acabo vomitando la cena, las palabras y las lágrimas, porque aunque mucha gente diga que cuando vomita no llora, no sabe que cuando llora sí vomita, aunque sean sentimientos que están tan desbordados que solo pueden caerse por el precipicio de tus mejillas, esas que tienen un par de lagos en tus hoyuelos donde a veces vuelve a posarse el cisne, pero que rápido desaparece para dejar paso al odio, la indiferencia y la dicha de no estar a mi lado.


Y nada, así es como el mundo animal se ríe curiosamente de los humanos, que creemos que controlamos todo y ni siquiera podemos percibir el tiempo cuando estamos al lado de la persona a quien amamos, u odiamos, o en una mezcla sempiterna de ambos no queremos desprendernos de su lado y sin embargo, sabemos que eso es lo que nos está matando. Seguid creyendo que somos los animales más aptos, yo me quedo en el suelo escuchándoos. (O al menos fingiendo que eso hago).


Por Carlos Pelerowski..

lunes, 12 de mayo de 2014

Deseando buenas noches, y no sé si también buena suerte.

-Hola pequeña, ¿Qué haces levantada a estas horas?


-No podía dormir, ya sabes que si no le das las buenas noches a esta princesa, es como el cuento del guisante.

Sólo que tus palabras son
las que se me clavan en la espalda,
cuando no salen de tus labios.
Y hace tanto que ya no te oigo
susurrarlas a mi oído,
que no recuerdo el tacto de tus labios
en mi cansada piel,
la sonrisa de tus dedos acariciándome
sin pensar en un:
¡Mañana hay que madrugar, durmamos ya!
O algo por el estilo.
Se me escapan tus recuerdos
como arena entre las manos,
como sueños
en un mal despertar de esos que a veces tengo,
y que luego me es imposible continuar,
allí donde dejé el sueño.
Sé que jamás volverá, y eso es lo que me pasa contigo.
Sé que no vas a volver,
que no estás a mi lado,
que a veces eres capaz de correr más que cien caballos.
Y que con quien compartes cama ahora,
te ata cada noche al cabecero
para que no huyas y me saques de aquí,
de este laberinto en el que yo misma
me he convertido,
de este camino de baldosas desgastadas,
donde ya no hay amarillo
y sí un poco de rojo.
De esas lágrimas,
que aunque no sean de cocodrilo si tienen mucho de reptiliano,
porque ya sabes, que yo o ataco o huyo,
pero jamás puedo estar sentada.

- Mi pequeña Wendy, aunque te prometa Nunca Jamás, sabes que ya no puedo.

Miento cuando hablo,
río cuando debería llorar,
y follo cuando me emborracho.
Y a veces salgo y pienso: Joder, te quiero.
Pero acabo mordiendo el cuello
de alguna golfa, que no te llega ni
al zapato, ni al mocasín
ni siquiera al juanete.
Y sin embargo acabo en su cama,
maniatándome a su cabecero,
intentado no ir hacia ti,
sabiendo que solo llevo daño y un buen par de polvos.
Aunque luego me canse,
y me dé por tocarme en el baño,
mientras tú,
al otro lado,
lloras porque ya no quiero hacértelo como antaño.
Así que huyamos, para siempre.
Cada uno en dirección opuesta,
Y con un poco de suerte,
volveremos a encontrarnos,
esta vez para siempre.




Buenas noches princesa...

Por Carlos Pelerowski..