viernes, 28 de septiembre de 2012

Cuando la noche llega el silencio te atrapa

Peter quiere cereales, pero sólo hay pan de ayer, duro pan de ayer para hacer tostadas. Peter quiere mermelada para untar en las tostadas, pero no queda, únicamente una pequeña cucharada de mantequilla para los cinco miembros de la familia. Peter quiere tomar zumo de naranjas recién exprimidas, su madre le comenta que sólo queda amargo café. Peter quiere unas Jordan en sus pies, como los niños de su clase, su madre le dice que en Cáritas no hay esa clase de zapatos. Peter no quiere compartir cama con su hermano menor, pero no hay más habitaciones, ni camas libres. Peter quiere ir al colegio en bus con sus compañeros y no tener que caminar un kilómetro y medio todos los días, pero en casa no hay dinero para pagar el transporte escolar, ni para un coche, ni para una vieja y oxidada bicicleta. Peter quiere ir a la peluquería y no tener que raparse la cabeza en casa, su hermana siempre le deja trasquilones. Peter quiere a Mel, una chica de su clase, pero a Mel Peter le repugna, dice que huele mal y viste con ropa andrajosa, le llaman el niño vagabundo. Peter quiere dejar de ser pobre, a esa cuestión su madre no le puede responder nada...
Peter llora cada tarde cuando regresa a casa, su madre siempre le arropa y le canta canciones, canciones de un futuro mejor. Su hermana mayor juega con él para levantarle el ánimo. Su hermano pequeño, le besa una y otra vez, y le llama “héroe”. Su padre le sube en sus hombros y galopa como un caballo, entonces Peter ríe a grandes carcajadas. El sonido de la risa de Peter es maravillosa, resuena en un si bemol perfecto. Los vecinos escuchan todos los días, a la misma hora, esas risas y piensan “¡Oh!¡Qué familia tan feliz!”.
Sin embargo, la noche llega, irremediablemente siempre llega y trae consigo el silencio. Hay que estar preparado para soportar el silencio, innumerables personas han muerto tras volverse lunáticos en las largas y silenciosas noches. El silencio te hace pensar, hurgar en el baúl prohibido, no te deja distraerte. Mientras estás rodeado de la muchedumbre no alcanzas a poner en orden tus ideas, sin embargo, con el silencio, es imposible no hacerlo y revolcarte en tu oscura intimidad.
El hermano pequeño de Peter, Julian, aguanta perfectamente las noches y el silencio, pues aun no es consciente de la realidad. Julian sueña despierto, no necesita dormir para hacerlo. Cuando no comprendes las consecuencias de la pobreza puedes divertirte con ella con suma facilidad, eso es lo que hace Julian día y noche, con atronadores ruidos o en el inmutable silencio, moldea el concepto de pobreza hasta convertirlo en ridículo e inofensivo.
Las noches para Peter son la antesala de las pesadillas, incluso a veces peores que las propias pesadillas. Suele agarrarse fuerte al edredón con una mano y con la otra coge a Julian, que duerme con él, de la mano. Peter tirita de miedo en ese profundo silencio, por lo mal que lo pasa durante el día, sólo le queda la esperanza de rezar para que mañana sea mejor, pero Dios tiene demasiado trabajo...
Sam, la hermana mayor de Peter, duerme en la misma habitación que sus hermanos, pero en otra cama. Los hermanos de Sam están cerca suya, pero la noche los aleja a millares de kilómetros. El silencio oprime a Sam, la encarcela entre cuatro paredes de duro ladrillo, únicamente dejándola una salida, trepar por las paredes, pues no hay techo. Las paredes miden diez metros de altura, por cada metro la esperanza de salir de aquella prisión se hace más pequeña. El haber una salida y la esperanza de poder escapar, pero siendo consciente de su imposibilidad, es una tremenda crueldad, es morir asfixiado lentamente. Los tristes pensamientos de Sam retumban cada día en aquellas gruesas paredes, esperando poder salir de esa cárcel de ladrillo o simplemente esperando que se apague el último rayo de esperanza. Sam odia las noches y sus silencios, pues le hacen revivir el día, obviado por el ruido diurno, que evita la tormentosa consciencia.
Los padres de Peter apenas duermen por las noches. Cuando cierran la puerta de su habitación se quitan la máscara que portan durante el día. Tras esa careta aparecen caras que asustarían a Caín, caras erosionadas por el derrame continuado de las lágrimas nocturnas. Sus ojos apagados, por las penas que sufren pensando en lo desgraciados que son, en su poca fortuna, en el futuro de sus hijos. Ellos se mienten con la idea de que con el amor basta para ser feliz. Los padres de Peter se abrazan fuerte, sin el valor de mirarse a los ojos y verse reflejados a ellos mismos. Duermen muy poco, lo justo para recuperar las fuerzas que menguan a cada minuto, fuerzas necesarias para soportar otro terrible día y la posterior muerte del día...la noche.
El sol aparece con sus rayos invasores y desagradables, atraviesan los cristales y despiertan sin piedad a Peter y su familia. Todos abren los ojos a la vez, excepto Julian que continúa saboreando los dulces sueños de la inopia. El resto de miembros de la familia se quedan tumbados unos minutos, en sus respectivas camas. Apenas respiran, no hablan, se mantienen rígidos, evitando acariciar el aire, intentando alargar el momento de levantarse y disfrutar de un nuevo, aunque siempre el mismo, horrible día.
Bajan a desayunar con sus sonrisas del infierno, menos Julian que sonríe con auténtica felicidad. El esfuerzo de combatir la dureza de sus vidas es una carga pesada en demasía, no obstante, la apariencia de Peter y su familia es de alegría desbordante, forman una bonita postal, cinco risueños católicos en una mañana soleada.
Cuando Julian comprenda la situación de su familia y esa sonrisa permanente comience a cansarse y a formar una desfigurada cara triste, entonces Julian empezará a temer las noches y sus silencios. Pronto llegará este momento, la familia de Peter, y él mismo, no soportarán que otro miembro profundice en las telarañas del apocalipsis mental.
Una familia que sólo puede esperar un milagro, un enorme golpe de suerte que cambie la situación, esa familia está abocada a consumirse lenta y dolorosamente. Mas, siempre queda la opción de vender el alma al diablo, a cambio de una felicidad pasajera. Los padres de Peter los pensaban todas las noches, mientras acariciaban con dulzura sus crucifijos y rezaban para no caer en la tentación.
George, el padre de Peter, tras besar la frente de sus tres hijos y practicar sexo con su mujer, por última vez, fue un coito entre lágrimas y furia, donde las blasfemias apunto estuvieron de romper los ventanales y donde George descargó todo lo que le quedaba, quedó vacío encima de Clare, su mujer.
George se despidió de su catolicismo y pactó con el diablo la felicidad de su familia. Claro está que no habría un beneficio sin un perjuicio. La parte negativa del trato decidió asumirla unilateralmente George, mientras Peter, Julian, Sam y Clare vivieran felices el resto de sus vidas. George tuvo que cargar con la tristeza de toda su familia. Toda esa tristeza, ira, oscuridad se concentró en su cuerpo, bloqueaba mente y cuerpo, impedía obedecer sus deseos. Se convirtió en un muerto viviente, sin lágrimas, sin expresión alguna, se limitaba a sentarse en una silla de cara a la pared, sin hablar, sin comer.
Al cabo de una semana George había envejecido veinte años, vagaba a duras penas por la casa, sin mirarse al espejo, mejor que no lo hiciese, no reconocería ese raquítico cuerpo. A las dos semanas George era un anciano que no controlaba sus esfínteres, al que le costaba recordar a su familia, creía vivir, si a eso se le podía llamar vivir, entre desconocidos. Había olvidado el motivo de su enorme sacrificio, ¿de qué había servido pues todo aquel sufrimiento?. Antes de cumplirse la tercera semana, George murió con los ojos abiertos, en el silencio de la noche, tras aquellos ojos vacíos, sin ningún tipo de expresión, mirando hacia ninguna parte, podía dilucidarse escondido, al fondo de aquellos ojos sin vida, un pequeño George ardiendo en llamas, no dejando de sufrir ni después de muerto...
Tras la muerte de George, la familia de Peter, y él mismo, fueron felices, les tocó la lotería y todos sus problemas se esfumaron hasta que murieron. Rápido fue el funeral de George y más rápido su olvido. Sin embargo, tras el día llegaba la noche con su inseparable silencio. Seguían siendo felices, pero nadie es dueño del silencio, ni siquiera el diablo, y los remordimientos flotan en el silencio como las gaviotas el mar, con preguntas sobre la moralidad ¿se puede ser feliz a costa de la tristeza mortal de un padre/marido?. Estos pensamientos duraban poco tiempo, pues el día precede la noche y el río vuelve a su cauce, sin silencio, sin martirio, sin memoria...


Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

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