jueves, 7 de noviembre de 2013

Ventana entreabierta que da a tu patio de luces


Cuántos pasos se necesita dar para comprender la vida…cuántas lágrimas deben lanzarse desde el tejado al vacío…cuántas hojas en otoño, circularán por mar y montaña sin ser recordadas…cuántos balcones verán, mientras la Luna está llena, la desesperación del desamor, en los ojos de un miembro de la pareja, mientras el otro aún sigue acunado en los brazos de cupido.

¿Es acaso el enamorado que todo lo ha perdido, un alma errante que no tiene consuelo?

Cuántos litros de vino se necesitan para olvidar una cara…cuántas noches sin poder conciliar el sueño, deben pasar para que ella no te atormente en tus mejores sueños…en aquellos en los que no quieres despertar, porque la vigilia guillotina tu corazón. Cuántos puentes han sido testigos de esos amantes, que sin poder superar aquellas miradas vacías, llenas de nada, se han lanzado hacia el infinito, sabiendo que aquél sería su último gran salto.

Y, si aun olvidando el recuerdo que martillea tu futuro, ya estás herido de muerte…y si las piedras que antes podías saltar a la pata coja, ahora necesitas cuerda, mosquetones, casco y unas energías que ya no tienes… y si al mirar al espejo te das cuenta que ya no hay espejo, que nunca tuviste reflejo, que ni siquiera eres nadie, sólo huesos presos en carne flácida, que vagabundean sentados de copilotos en el vehículo del viento, tal vez sea el momento de que agarres esa pistola. Esa que tu abuelo guardaba bajo llave, porque siempre se arrepintió de las balas que salieron del cañón, y que él lanzó apretando el gatillo hacia otros corazones. Tal vez sea el momento de que la palpes, sientas su peso bajo tus manos, te des cuenta del poder que tienes, para después averiguar que no quedan balas ni siquiera en la recámara. Porque no puedes huir de tu corazón, no puedes silenciar aquello que anhelas más que nada, la única salida es que no hay salida y ahora por fin te das cuenta…

Y te das cuenta… y disfrutas siendo consciente de ello, porque al igual que tu abuelo, nunca disparaste a ningún corazón que no fuese el tuyo. Siempre intentaste devolver el daño que te hicieron, ser ese espejo que ya no cuelga de la pared, pero nunca lo hiciste, no pudiste y ahora sabes que, verdaderamente, nunca lo necesitaste. Porque al fin te diste cuenta de que la única persona que puede dañarte eres tú mismo. Ni ella, ni nadie más. Y al igual que sólo tú puedes golpear tu alma herida como si de un saco de boxeo se tratase, también eres tú quien puede rellenar de nuevo ese saco, dispuesto a recibir más golpes. Pero en el fondo, dentro de ti, sabes que en toda esa arena que has rellenado en el saco de tu alma, siempre hay espacio para un grano de esperanza, porque la vida sigue y tú te levantarás como has hecho una y otra vez, porque nadie puede tumbarte para siempre, nadie excepto TÚ mismo. Recuérdalo, cabrón.


Estás palabras fueron engendradas entre los silencios de las notas de Ludovico, mientras una ventana entreabierta era el puente de otras ventanas encendidas y apagadas. Ráfagas de suave aire pasaban las páginas de un libro sin nombre de Pessoa y un Haiku cualquiera, cuya esencia era tan pura y tan verdadera como los aplausos del público emocionado de Einaudi. 







Codo con codo, por Quintans y Casado.

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