Me abrazó por la espalda. Sentí su pecho y me
giré. Acurrucó su cabeza en mí, mientras yo disimulaba mis lágrimas en su pelo.
Lloré sin voz, como lloran los que están enamorados, como lloran los poetas.
En silencio.
Un silencio
que quemaba, mientras nuestras respiraciones se tornaban una.
-Que me
llevasen ahora al infierno, con este recuero soportaría cualquier quemadura,
cualquier golpe-.
Excepto el tuyo.
Nos separamos lentamente sabiendo que era la
última vez que nos acariciábamos. Las sombras lo envolvían todo, hasta mi
pecho. Sentí como algo se paraba dentro de mí, sentí un tic pero el tac no
llegaba. Me había quedado parado, y tú ya no estabas para darme cuerda una vez
más. Así que cogí polvo encerrado en el cajón de mis sentimientos, y nadie pudo
abrirlo porque la llave estaba dentro. Nadie sabía que estaba esperando a la
mujer ganzúa, a la que le gustan los retos y ninguna cerradura se le resiste.
Así
que me mantuve ahí dentro, en silencio. Esperando.
Esperándote.
Por Carlos Pelerowski..
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