miércoles, 24 de junio de 2015

El amor y las margaritas.

“El amor es una niebla que se quema con el primer sol de la realidad.”- Charles Bukowski.



Estoy empezando a odiar a todas esas personas que escriben o cantan sobre el amor. Así que estoy empezando a odiarme a mí mismo. Odio a los poetas que tienen el corazón roto, casi tanto como a los que vuelan con sus musas de la mano. Odio a Disney, y a todas esas princesas que se enamoran, aunque más les odio a ellos, por encontrarlas. Odio las comedias románticas y los dramas de novela rosa. Odio incluso a los agapornis. Les odio a todos.

Yo no sé si sé que es el amor, y por eso siento odio. Siento que lo que ya he sentido, no se parece en nada. Entonces qué?  A lo mejor nunca me he podido enamorar, o hace ya tanto que empiezo a olvidar. Mis mariposas han muerto hace mucho en el estómago, no sé si las he ahogado entre tragos o si simplemente han involucionado transformándose en capullos para después ser gusanos que han ido poco a poco, devorándome.

Nunca he subido a un ascensor y ha estado ella, ni en mi primer día de clase estaba sentada en la segunda fila a la izquierda. Estaba en la cuarta, y a su lado se sentó Marcos. No hubo destino ni dioses, por no haber no hubo ni un buenos días.

Dicen que el amor no se busca, que aparece y ya está. Dicen tantas cosas. Si buscas la palabra amor en Google aparecen 406 millones de entradas. En estos momentos hay más de 406 millones de corazones latiendo al unísono, pecho contra pecho. Yo debo de tener arritmias. 

Odio no saber dónde lo guardé, en mis bolsillos solo hay lágrimas que escondo y en el cajón donde algunos guardan su corazón, yo tenía su mes de abril robado. ¿Por qué él sí y yo no? No me pareció justo.

Deshojé a Margarita la primera vez y me salió un no me quiere. Me alegró, porque desafortunado en el juego…ya saben. Otra vulgar mentira. Jugué una segunda vez e hice trampas, -me quiere, -me quiere, -me quiere. Al final resultó que yo a ella no. Me equivoqué, no era a Margarita a quien buscaba, sino a Rosa, y ella nunca me domesticó.

Y al final, cuando la encontré, Chinaski , como casi siempre, tenía razón. Se quemó con el primer sol de la realidad, y se marchó para siempre. Y ya la olvido, y eso es como si nunca hubiese amado. Y por eso odio. Odio. Odio. Te odio. Te olvido. Te quiero. Te olvido. Te quiero. Te olvido. Te quiero.


Por Carlos Pelerowski..

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