El viento
sopla sin la intención de tumbar al árbol, éste no lo siente como una ofensa,
baila a su ritmo, aunque puede que de dolor se retuerza. Caen sus hojas y el
viento se las lleva, a otra parcela, donde quedan huérfanas de unas ramas que
son como estrellas. El vals sigue su curso, no existe pausa o espera. El viento
hace volar todo tipo de elementos, les proporciona alas, y sólo los humanos se
quejan de este drama, tal vez envidiosos por no volar careciendo de alas. Danza
una bolsa de plástico cualquiera, ejecutando cabriolas imposibles y que nadie
se detiene a observar, excepto yo. La miro hipnotizado e intentando imitar,
demasiado limitado, o me limito yo con dicho pensar. Este pensamiento algún día
me va a matar, pues pensar que es posible la cara y la cruz, y sea cual fuere
la elegida, ambas y ninguna es errar, me atormenta, esa es la verdad.
Entreactos, eso es mi pensamiento,
un cierre de telón que permanece siempre abierto, mientras transcurre mi vida
en este pequeño mundo, que nos parece tan inmenso. Tras la pausa de un
autodebate existencial, el viento continúa fungiendo su armoniosa función.
Palomas en el suelo, multitud de ellas acaban de aterrizar, demasiada brisa
para trescientos gramos de ave que jamás soñó con ser rapaz, pues ama lo que
es, sin envidiar a las demás. Tiendo al abrazo hacia la nada o a mí mismo, me
pregunto al tiempo que esta ventisca me hace tambalear. El viento obligándome a
quererme, como si no lo hiciese bien, debe ser porque a mí puedo engañarme,
pero no a él. “Llorador” empedernido, mas jamás me habréis visto, soy
todo un profesional, inside of me es como me enseñé a lagrimar. Sin embargo, el
viento me sirve de excusa, para liberar las lágrimas que angustia -en este
maltrecho corazón- fecundan. Continuar el ciclo de la vida, que no sólo es Hakuna
matata sino, también, muere y deja morir. Eso llevo acabo dejando fluir las
saladas gotas de miel, que el viento aleja de mi faz. Intento seguir su
trayecto, que pienso jamás volverá a ser el mío, y van a parar a una niña que
fantasea con su caballo de cartón, a su libre albedrío. Mis lágrimas en su
mejilla. Brillan sus ojos y quedo preso. Sus padres no lo han visto, yo guardo
ese recuerdo, ¡cuán equivocado estaba! ¡mis lágrimas han vuelto!
Y es que,
en ocasiones, sólo otro puede aliviarte donde te duele.
Por Edgar Kerouac.
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