domingo, 1 de marzo de 2015

Tanto Que y tanta polla.

Que llego de noche a mi cama y lo único que quiero es la tuya.


Tantas mujeres guapas que pierdo la vista y sin embargo ninguna como tú.


Que podría tener eso que me daba, esa sensación de acabar en otra persona. 


Pero que no lo es todo.


Que quiero hacer un mapa de nuestra vida con sus pecas, y acabar en el verde que alumbra su mirada.


Que la echo de menos, y creo que la he perdido. 

(Si es que alguna vez la tuve).


Que quiero recuperarla, y si no puedo moriré con su olvido.


Que ahora me doy cuenta que no hay vuelta atrás.


Que lo que una vez se fue, ya no vuelve.


Que me autocompadezco imaginando un futuro que no existe, se fue por la borda el día que le pusiste armadura a tu corazón.


Que ya no te hieren, es cierto, pero tampoco te acarician.


Que Ahora prefieres el frío, o tal vez yo he estado equivocado todo este tiempo, y simplemente es que no me quieres.


Que no quiero escribirte más, y sin embargo no me sale otra cosa.



A la mierda, voy a dormir. Espero no encontrarte esta noche.






Por Carlos Pelerowski..

martes, 24 de febrero de 2015

Literalmente.

Desnudo y trágico sin saber hacia donde mirar, la ventana de tu olvido hace ya tiempo que la abriste, dejando paso a otros pájaros que con sus cantos te han enamorado.

Yazgo solitario en el lecho de mi litera de Ikea, a la que le faltan un par de tornillos porque el sexo en ella es cuanto menos, complicado

Llego ebrio a casa, ebrio de vino y de amor. He conocido a una chica, menudo pivón.

Rubia, buen cuerpo, lozana y encima lo mejor, ni pajolera idea de español.

Así que todas las burradas que suelo decir quedan en el tintero, y mi inglés de la LOGSE consigue, con la ayuda de algún que otro chupito, que esta noche la suba al cielo.

Cuando digo esto no me refiero a que soy el mejor amante, es simplemente que mi cama está algún que otro peldaño por encima de la de los simples mortales, cuatro en concreto. Hoy le van a hacer el amor literalmente, porque mi cama, en efecto, es una litera.

Gris metalizada, finos acabados y una barra anticaída, estos suecos de Ikea piensan en todo, son pura cortesía. Le dije a mi casero que me la anclara, aunque tal vez él, como mi padre, no tenía mucha esperanza en que la usara. Si total, para dormir, no se moverá. No te preocupes majo, os he puesto también un cómodo sofá.

El sofá se lo ha adueñado mi gata, y gracias a Murphy, para una vez que pillo, me toca el lote completo. Guiri, bebida y alérgica. No quiero imaginar como sería una…(slurp slurp) que cada diez segundos hicera Atchús. El que quiere escupir algo soy yo, y sin embargo, por una vez, ella me ha ganado, ha sido la primera.

Así que vamos a mi litera, y cuando sube por las escaleras me doy cuenta, en la discoteca su trasero no parecía tan grande. Bueno, es igual, ya no hay marcha atrás (Excepto la que puede que en un rato me toque practicar).

Ahora es cuando echo de menos los anclajes, esto se mueve más que una montaña rusa, y el flexo del escritorio se acaba de caer estrepitosamente contra el suelo. Pero parece que me da igual, estoy teniendo sexo! Aunque creo que a mi compi del cuarto de al lado le estoy causando un pequeño trastorno de estrés postraumático, suerte que hasta dentro de unos meses no aparece, e igual yo, ya no vivo ahí o coincide con las vacaciones de verano y bendito calor, no tengo que soportar agudos grititos de locura total. Aunque agudos los que hace aquí la Señorita. Entre la cama, la fricción de mis calcetines blancos( los únicos limpios que me quedaban) con la sábana acartonada y sus gemidos, esto parece la Orquesta Municipal.

En fin, luego dormir tampoco es lo mejor, pues las barras, que aportan tanta protección, impide que mis miembros se estiren, y tengo piernas y brazos encogidos, vamos, que parezco un embrión.

Y así llega y se acaba la noche, y ahora me toca echarla de aquí con sutileza, sin ningún tipo de reproche.


Bueno, un polvo más y una mirada menos. Una nueva mancha en las sábanas y otra que se quedará en el tintero. En fin amigos, así pasa otro día y yo ya solo quiero dormir tranquilo, estirado, con mi manta suave y mi edredón acartonado.

los pájaros se han ido, al final, como tantos otros, no han anidado....


Por Carlos Pelerowski

No recuerdo haber escrito esto....

Imposible no darle vueltas. Mi cabeza ahora mismo es como una noria, de esas que bajan al pozo y suben con un cubo lleno de agua, para seguir girando y volviendo a lanzarla al vacío.  ¿Cómo un viernes de resaca puedo acabar encadenado a tu sonrisa y un domingo estar hundido en unas paredes que se me hacen inmensas, silenciosas y culpables? Sé que mientras escribo esto estás con él, que te está enamorando mientras yo me pierdo por el sumidero de tu ausencia.  Prefieres una persona madura, con las cosas claras y los pies en la tierra. Te has dejado acunar por la rutina de la estabilidad, mientras yo solo soy una persona que aparenta estar alocada, pero que en el fondo es un cobarde. Y lo leo aquí porque no me atrevo a decírselo a tus ojos. Al final va a resultar que eres como las demás y que eso que creí especial en ti, no lo era. Al final va a ser verdad que todas buscáis lo mismo, la misma mierda que tienen los tipos aburridos. Y sí, te dejas llevar por el que dirán, o por el que harás, sin darte cuenta de que cuando se está es primavera y el otoño es el futuro, y aunque veas que se caigan las hojas en mi cuarto no dejo de amontonar hojas de papel en un vano intento de que hagas la primavera conmigo, y no con ese tío, que aunque no lo conozco será el típico garrulo, el tengo un coche, un piso y un trabajo estable. No sé qué es reírme si no lo hago enfrente de mis amigotes y de unos billetes por los que me he pelado el culo, pero aquí aparento que amo mi curro, y te llevo de viaje a donde quieras, por supuesto invita la casa, aunque para llevarte a la cama ya me estás saliendo cara.

Yo comparto piso, tengo que pedir dinero a mis padres para llegar a fin de mes y si voy contigo a cenar y vamos a pachas me enamoras. Grito por la calle aún cuando no estoy borracho, y si no consigo hacerte reír no me voy contento a casa. Pero eso se ve que no es suficiente, que soy un niño casi de chupete, así que vete. Me voy, me voy y ya no es contigo, si no con mujeres que no me llenan, aunque yo a ellas sí  literalmente. Y sin embargo siento que son lágrimas y no una corrida, y no me sirve de nada porque contigo lo que más me gustaba era el abrazo de después, y con ellas lo único que quiero es salir huyendo de su casa, o de la mía.


Y sigo dándole vueltas, hasta vomitar todo esto porque de tanto girar, he acabado mareado.  Aunque sé que seguiré girando cada noche hasta que por fin, aparezca algo y lo cambie todo.

Espero que sea pronto.



Por Carlos Pelerowski...acabo de encontrar esto de hace unos meses no recuerdo en qué momento lo escribí, asi que supongo que iba ebrio de vino y soledad.

domingo, 22 de febrero de 2015

Sólo se camina y se camina solo


Sólo se camina y se camina solo.

Fui Quechua, pero estaba dormido. Intenté ser gallo y despertar al universo con un canto tímido e íntimo. El mundo -en su grandiosidad- no sólo se permitió el lujo de callarme, fue más allá y, simplemente, no me escuchó. Tuve todas las posibilidades en las manos y se me escaparon por mirar el reloj. He trabajado por amor. Me he sentido padre sin tener hijos. He volado, pero poco, tengo una cuerda en el cuello que me impide llegar al cielo. He sido vagabundo, yonqui, sabio, amado, guerrero, profeta...en los escritos guardados bajo llave en una sucia carpeta. He vivido mil años y ninguno. He sido el puente de Brooklyn en ruinas y la casa de Bernarda Alba sin Lorca. Sólo soy extrovertido en soledad, agua dulce de río que se vuelve salada al desembocar en mar. Tengo la llave de mi jaula, pero no quiero abrirla o no puedo. Triste en cada derrota contra la verdad, no por perder, sino por conocerla y darme cuenta que no la puedo ni ver. Soy insignificante pero no dejo de pensar en hacer algo grande. Me siento una nota rota de Ludovico en una pesadilla de Dalí. Pasos de galápago viendo como gacelas me sobrepasan y siempre llego tarde, siempre tarde. Cada noche esperando un consejo de la luna, su respuesta es silencio y yo callo. Soy un soñador que espera milagros cada día, con la conciencia de un pesimista que derrumba edificios de papel con martillos hidráulicos. Quiero ser los medios que justifiquen los fines. Quiero escribir la utópica historia de un poeta feliz, que escriba bien. Necesito ser algo más de lo que soy, ¿eso es posible? Los árboles me oxigenan, pero el dinero -que es su hijo- me asfixia, acabar con él sería la solución de muchos de mis males, paradójicamente lo necesito. Demasiados gritos acallados, pienso crear un eco que avive a los marginados. Tengo los bolsillos rotos, el alma herida, la voluntad cansada, la cara erosionada de tanta lágrima sordomuda. Habitualmente -tendido en la cama-, doy vueltas por el laberinto de pensamientos nocivos que me invaden, un laberinto el cual cree desde dentro y al que se me olvidó hacerle una salida. Soy un coche cubierto de polvo, oxidado y olvidado por mí. Guardo una caja con preguntas que quiero hacer, pero me da miedo responder. Soy un pozo sin fondo, con la voracidad de un agujero negro, capaz de pudrirme por dentro mientras brilla hacia fuera. Si cuando muera me dicen que hay otra vida, no sabría si vivirla, sé cómo es esta, y en ella no consigo alzar la vista.

La noche es la casa de la locura donde recupero la cordura, y entonces no vivo preso, ni del futuro ni el regreso, me transformo en niño viejo, desnudo, sin complejos, sin la presión del viento que susurre '¿qué coño estás haciendo?'.




Pero mañana será otro día...otro día igual. 




Por Edgar Kerouac. 

La brevedad de un microrrelato.

Se abre el telón.
- Aparece un muchacho noruego. Observa, tras los cristales de sus gafas, un folio en blanco. Empieza a escribir un microrrelato.
Se cierra el telón.
Vuelve a abrirse.
- Se ve un anciano intentando terminar un microrrelato, maldiciendo tras sus gafas unas escandinavas palabras inaudibles.
Se cierra el telón.
Alguien abre el telón.
- Una familia en un velatorio. Sobre el féretro, unas gafas de gruesos cristales y un folio con un microrrelato sin finalizar. Un niño de seis años coge el papel y lee el título 'La brevedad de un microrrelato'.
Muere el telón.




Por Edgar Kerouac.