sábado, 7 de noviembre de 2015

Ojos que se cierran de madrugada.

Ahora que se me cierran los ojos, en ese breve momento entre la luz y la oscuridad, aparece el brillo de tu sonrisa. Es un simple destello, que quema mis retinas durante un instante que ojalá fuese eterno, porque sería nuestro.

He caminado intentando dejar atrás las huellas de un pasado donde tú apareces, y miro hacia delante, consciente de que al final serán borradas. Pero a veces por miedo a un camino nuevo, desando lo andado, vuelvo a pisar las hojas caídas, y arranco flores que aún no deberían ser soltadas. 

No se puede saber que se siente, si nunca te has despertado desnudo a su lado, acariciando su cuerpo a los pies de la Alhambra, o de tu casa, o en la falda de una montaña, o apoyado en tu falda. El contexto da igual, estás ahí y sabes que es un momento pluscuamperfecto. No hay momentos para la fotografía, los únicos negativos quedarán guardados dentro y no se irán, no se pueden quemar.

He caminado por senderos empapados en lágrimas, los bolsillos se habían desbordado, eran bolsillos de cientos, todos seguían avanzando y dejando ese lastre atrás. Estoy remando a contracorriente, despacio, pero sin pausa. Aunque aún no logro ver el mar, no tengo prisa.

Ahora que se me cierran los ojos,  tal vez sea como el oso, y decida hibernar durante un tiempo. No yo como tal, pero ya me entiendes. Llevo meses de letargo, agazapado, esperando. Ya no esperándote. Porque no vas a volver. Pero espero algo. Algo nuevo tal vez.


Buenas noches; como siempre, princesa.


Carlos Pelerowski

lunes, 2 de noviembre de 2015

A Óscar

Años hace, muchos. Fue mi profesor de filosofía, y también de Ética. Recuerdo que sus enseñanzas eran totalmente diferentes a las de cualquier profesor que haya tenido. En su día, todo aquello me extrañaba, Óscar me parecía un inepto, un profesor nefasto. Él nos retaba con actividades en las que todos participábamos. En el centro del aula siempre debía haber la figura de un juez, un moderador, un notario y alguien que escribiese el acta. Aquellas figuras no eran fijas, en cada clase se cambiaban los miembros que los componían. En las clases trabajábamos con la Constitución y los derechos humanos. Me parecía absurdo, no entendía por qué en filosofía debíamos hacer aquello. Nunca iba preparado a clase y mi nombre siempre estaba marcado con una cruz. Otros días dábamos a Aristóteles, Platón, etc. los típicos filósofos que se estudian en el colegio. Sin embargo, él lo hacía todo distinto, no se limitaba a darnos el sermón, sino que todo era participativo, la clase debía estar viva, no las palabras del profesor, sino nosotros. Por aquel entonces prefería escuchar y estar sentado, viendo como el reloj no avanzaba, memorizar y vomitar era mi dogma, la enseñanza interactiva no era asumirle para mí. Me resultaba demasiado extraño respecto al resto de asignaturas. Luego, estaba la asignatura de Ética y Moral, esa optativa en la cual todo el mundo aprueba con sobresalientes y que yo suspendí con un dos. Una asignatura que no servía académicamente, que aparecía en el boletín de notas, escrito a lápiz en una esquina diminuta que nadie lee. En aquellas clases nos ponía a prueba. Intentaba con constancia inagotable sacar nuestra creatividad, nuestro elixir único y exclusivo, que escudriñásemos no sólo en nuestras mentes, sino en nuestras jóvenes almas. Mi alma en aquellos días conocía únicamente la felicidad y la tristeza, el blanco y el negro. Desconocía lo que era la nostalgia, el estrés, la ira, la soledad, el odio, la angustia, en resumen, jamás había sentido el arco iris de sensaciones.
Recuerdo que debíamos interpretar pequeños teatros sobre situaciones dadas al momento, sin más preparación que la magia de la improvisación; o crear vídeos que describiesen ciertas emociones. Jamás disfruté aquellas clases. Estaba enojado con el profesor, hablando en mi interior sobre su
incompetencia, preguntándome por qué debía hacer todo aquello tan absurdo sin pies ni cabeza. Me
limitaba a repetirme que me tenía manía , y no mentía, pues para mí así era y era mi verdadera realidad, aunque sólo la mía, la cual estaba totalmente equivocada. Acabé suspendiendo sus dos asignaturas. Muchos suspendimos filosofía, muy pocos Ética. Todos los padres fueron a quejarse al colegio, porque no era posible que tantos alumnos suspendiesen y, además, esos alumnos eran de los mejores de la clase. Yo no sé lo dije a mi madre, no fue a quejarse. Recuerdo que todos aquellos que estaban suspendidos con más de un tres, tras aquella avalancha de quejas, fueron aprobados. Yo permanecí con mi dos y mi suspenso.
Tuve que presentarme en septiembre, pero antes hablé con él para saber qué debía hacer para aprobar su asignatura de Ética, pues realmente no había un temario ni examen establecido. En resumidas cuentas me dijo que no hacía falta que hiciese nada, en septiembre estaría aprobado. Sin embargo, añadió, que si quería podía, por mi cuenta, realizar un diario durante el verano, anotando todo aquello que me llamase la atención, sin ser necesariamente sobre las clases o un tema específico. Tras aquella
explicación, me quedó bien claro que no haría absolutamente nada y estaría aprobado por la cara.
Resultó no estar tan claro como pensaba, pues algo fue apropiándose de mi cuerpo. Era una sensación
muy extraña, por aquel entonces, para mí. No sabría decir si por vergüenza o por la autoridad, y lo mucho que me imponía aquel profesor, terminé realizando aquel diario, un diario que en septiembre
se convirtió en dos cuadernos repletos de mí.
Llegó septiembre, primero vino el examen de filosofía, el cual aprobé con un nueve. En aquel examen no estaba Óscar, lo realizó una profesora a la que no conocía de nada. Más tarde, fui a entregar mis dos cuadernos a Óscar. Llegué con ilusión, con la falsa humildad del que sabe que ha escrito muchísimo, más de lo que jamás hubiese imaginado el profesor, pero con la cara del que lo ha realizado con esfuerzo mínimo. Estaba con ganas de entregárselo y hacerme la roca, como si aquello lo hubiese hecho el día anterior a la entrega, mas por dentro esperaba ansioso una mirada cómplice,
una sonrisa de sorpresa e incredulidad. Fui a la sala de profesores a entregárselo, pero ya no estaba, es más, nunca volvió a estar. Aquel escándalo por tantos suspensos le costó demasiado caro, pues no era reincidente. Lo acabaron trasladando de colegio. Cuando fui a recoger mi nota, vi que había
sacado un siete, pero no recuperé mis cuadernos, ni una sola corrección o apunte sobre ellos. Alguien,
que sé que no fue Óscar, los debió tirar sin leer en una de esas grandiosas basuras de colegio. Había sacado un siete, pero me sentía notablemente suspendido.
Después de años, he intentado buscar a Óscar, localizarlo para hablar con él. Seguramente no le haya buscado lo suficientemente bien como para encontrarle, tal vez, siga siendo por vergüenza, por miedo a no encontrar el gesto que esperaba cuando le iba a entregar los cuadernos. He de decir que es el único profesor que me ha marcado, en su tiempo fue al que más odié, pero a la larga es del único que guardo un recuerdo de gratitud. Muchas veces he intentado localizarle, simplemente por pedirle perdón y darle mil gracias. Perdón por desperdiciar sus clases, aquellas clases que más allá de dotar al alumno con los conocimientos que debe aprender sobre una asignatura específica, le aporta al alumno la posibilidad de abrir su mente, de actuar y ser protagonista en una clase, en lugar de carne inmóvil
en un pupitre. Alimentaba nuestra creatividad sin limitarla, cualquier tema era válido, sólo debías adentrarte en ti y no tener miedo a expresarlo. Nos dio a entender que la figura del profesor es
prescindible como autoridad, su función  es la de guía y moderador de opiniones opuestas, conectar
pensamientos unos con otros y ser un alumno más, capaz de aprender de mentes por explotar.
Desconozco dónde estará dando clase, o si seguirá siendo profesor. Igual se ha cansado de que los padres sólo quieran que sus hijos aprueben aunque no hayan aprendido nada o se alteren por enseñar de una forma distinta y sobre temas que igual no son considerados importantes, como las libertades de un ser humano, sus diferencias, sus emociones. Pienso que yo no soy ese alumno del cual un profesor se acuerda, así que imagino que no se acordará de mí, pero estés donde estés yo sí te recuerdo.
A las personas que hacen bien las cosas, hay que recordarles que las hacen bien, porque se olvida si no existe refuerzo, se acaban haciendo no tan bien. Así que si tu cajero te atiende con amabilidad, con gracia, incluso con cariño, házselo saber; si tú madre después de un día de perros te sigue mirando con ese amor materno indescriptible, házselo saber; si tienes un profesor que sientes que te hace
sentir diferente, preguntarte cosas que ni siquiera te habías planteado, házselo saber; si tu amigo está presente aunque esté a mil km, házselo saber, porque con esos pequeños refuerzos se curan las
heridos que todos llevamos dentro, y nos empujan a seguir siendo como somos y no una fotocopia cansada de lo que éramos.



Gracias Óscar.





Por Edgar Kerouac.









sábado, 31 de octubre de 2015

Esto es Halloween

El licántropo busca su compañera nocturna, aúlla perdido entre calles llenas de odio y desesperanza, sin su fiel compañera, la Luna. Así que ataca a esa niña, la muerde, la destroza con sus colmillos mientras ella llora. Es un lobo que a veces es hombre, es una bestia escondida debajo de un traje y una corbata, es el empresario sin escrúpulos que golpea a su esposa, porque es demasiado vieja. Él solo quiere a su caperucita.

El muerto que resurge de su tumba, sin corazón ni cerebro. Sólo busca alimentarse, tener más y más, acumularlo todo. Más ropa, más coches, una casa mejor que su vecino. Él cree que está vivo, sin saber que nació muerto. A veces se mira en el espejo y es tu reflejo el que está al otro lado.

También aparece la mujer creada por el doctor, también llamado Sociedad. Hecha a retales, patriarcado, machismo, desigualdad. En conjunto es todo lo que queremos, aunque no sabemos que algún día se enfrentará a su creador, y ese día todos temblaremos.

El vampiro ya no se alimenta de sangre. Como el de Benedetti, ha convencido a todos para beber agua. Ha perdido su naturaleza y con ella su razón de ser. Ahora no succiona sangre, ahora solo se alimenta de un planeta que poco a poco va secando y dejando estéril.

La Santa Compaña ya no deambula por los caminos, porque ya no quedan. Iban por la autovía y una serie de coches los atropelló a todos. Y con ella, se fue nuestra fe.

Hoy es el día de los muertos, aunque como le pasó a Orwell con los hombres y los cerdos, sea casi imposible discernir quien tiene un corazón que late, y quien no.


Feliz Halloween.



Carlos Pelerowski

miércoles, 28 de octubre de 2015

A veces escribo simplemente,

Hay una lágrima que no tiene dueño escondida en el pantalón de un niño que ya es anciano.

Hay un corazón roto en el fondo de un armario, porque ella no se atrevió a salir nunca.

Hay una armónica que ya no suena porque hubo unos labios que le prometieron amor eterno, y ahora son de otra.
Hay un colchón que no rechina.



Es de noche, y unos ojos buscan la estrella polar, inocentes.

Es de noche y suena una melodía que trae el viento, pero que nadie oye.

Es de noche y el frío se pega a una mano solitaria, que agarra un cartón de vino barato.

Es de noche en Madrid.



La bailarina sigue buscando alguien que la arranque de esa caja de música, para así dejar de dar vueltas.

El torero se ha convertido en bestia, y el toro en humano.

El soldado aprieta el gatillo contra el cráneo de su propio hijo.

El poeta escribe lo que sus lágrimas le cuentan, muriendo en sus labios.




Escrito para que alguien lea esto al otro lado, escrito porque dentro me hace daño,  escrito porque no. Porque no.



Carlos Pelerowski

jueves, 22 de octubre de 2015

La trayectoria de la poesía

Mi poesía se inicia primeramente en la piel. Emerge como una pequeña picadura de mosquito. Algo me pica, en un principio no le doy mayor importancia, pero -a cada movimiento de la aguja del segundero- el picor va a más. Llega un momento en el cual me olvido de respirar y únicamente pienso en rascarme. Sin embargo, dicho acto es inútil, la poesía viaja hacia dentro sin haber comprado billete de embarque. Siempre lo hace. Cree que pedir permiso destrozaría toda su identidad. Se siente segura siendo inmigrante ilegal.
Una vez está dentro, va directa hacia la entrañas. Las revuelve, las folla, defeca sobre ellas, esputa blasfemias en gaélico y rocía una especie de mejunje hecho de alas de jilguero, azafrán, comino y gardenias sobre mis pobres entrañas. Noto como me cambian cada una de sus acciones. En una ocasión, llegué a abrir mi vientre con un alfiler desafilado. No podía aguantar más lo que sentía, necesitaba sacarla de allí, pero la poesía, una vez entra, sólo sale cuando lo cree oportuno.
Después de vejar mis entrañas, sigue devorando camino y sube hacia el cerebro. La poesía muestra un espejo al cerebro y éste se mira a sí mismo, intentando averiguar quién es ese reflejo. Intenta comprenderse, sin saber que es él mismo, se estudia y mimetiza como un camaleón. Cuando te miras a ti mismo pero no sabes que eres tú -porque nunca antes te habías visto-, cambias y jamás vuelves a ser el mismo. Entonces mi cerebro entra en ebullición mientras da pasos hacia delante y hacia detrás sin comprensión, parece que en cualquier momento la tapa de mis sesos vaya a salir disparada hacia el infierno. Sujétome el cráneo como puedo, con mucho miedo pero -paradójicamente- con más curiosidad si cabe.
Repito, la poesía no se detiene. Se enquista sin operación extirpable posible, ella es la única dueña de su salida. Tras reconvertir el cerebro, baja al corazón. Lo fisura con diminutos cortes, y se introduce dentro de él para suturarlo posteriormente. Desde allí se hace dueña de todo el cuerpo, utilizando las venas y arterias como vehículo público, para reproducirse infinitagesimalmente. La magia fluye, se hace otoño en mí, pero las flores florecen, y todo es bonito en un paisaje cambiante, como si alguien estuviese retrocediendo al pasado y modificando cosas esenciales. Mi corazón bombea, como si nunca antes hubiera estado vivo. Como si todo lo anterior fuese mentira y es ahora cuando la verdad se abre ante mis ojos, aunque mis ojos no están donde creía, sino en todas partes, incluso en partes que no existen.

Llega un momento en el cual el cuerpo -al completo- flota como si estuviera en el espacio. Todo parece un cuento con final feliz, las dudas desaparecen, las heridas cicatrizan y la esperanza parece real. Ocurre que mis defensas bajan y mi atención se esfuma. Es entonces cuando la poesía comienza a enviar descargas eléctricas a todas las neuronas, pues ya está preparada para salir. Las palabras se escapan, llevándose mi ADN, miserias y mi único principio. La blanca hoja queda manchada...y yo vacío, esperando a que la musa me vuelva a coger desprevenido.



Por Edgar Kerouac.