viernes, 29 de junio de 2012

Vivencias de un expendedor


Aquella rosa mal tatuada en el brazo, descolorida por la devastadora acción del tiempo o por mala praxis del tatuador. La soberbia de la mujer que no sabía echar gasolina y se negaba a aprender. El Roll Royce negro reluciente e impoluto de los años 50. La crujiente cucaracha después del pisotón de un zapato de seguridad con punta de hierro. La bollería de un día desperdiciada en la basura. El chófer de un autobús de colegio comprando cerveza. La gasolinera obteniendo multitud de ingresos a costa de ridículos salarios a sus trabajadores. Vomitiva limpieza de retrete, debido a una diarrea desbordante, nunca pensé que se pudiera fallar cagando, seguramente fuese adrede, si estuviese en otra posición me descojonaría, incluso ahora lo hago. La limpieza del aseo se volvió mi parte favorita del trabajo, era la última, después terminaba mi turno, así que todo el día esperaba la hora de limpieza de aseos. Esa colilla que vaga solitaria en el retrete y que por más que tires de la cadena no desaparece, sigue allí sola, a veces me identifico con esa colilla. Propinas que saben a cabello de ángel, cabello púbico de ángel. Impaciencia irritante. Billetes y más billetes que pasan por mis manos, pero no son míos, simplemente son papel, papel de colores, papel que crea desigualdades entre los seres humanos, papel del demonio o papel celestial, depende de cómo se mire. Bandejas de pan abrasadoras de piel, cicatrices de guerra, aquél horno es el mismísimo infierno, cada vez que abro el portón intenta salir Belcevú, le digo que espere, que aún no es su hora. Ricachones haciendo ostentación de dinero, sacándose el fajo de billetes en mis narices para comprar unos míseros chicles. Diversidad de idiomas y culturas puestas en común. El tiempo que no corre, los días que se escapan. Azada tras azada la maleza sale de raíz, el polvo me impregna la cara, los músculos tersos, el cuerpo sudoroso, el Sol azota enfadado como si quisiera destruir la Tierra. Hombres raros, mujeres raras, niños y niñas normales que se convertirán en hombres y mujeres raros y raras, que asco me dan los niños y niñas normales. Una mujer tan sigilosa que ni las puertas automáticas la reconocían, permanecían cerradas, puede que fuese una mujer ninja, aunque quizás fuese un fantasma. Me acerqué y las puertas se abrieron, ella rió de modo extraño. Infinitas tarjetas de crédito del mismo tamaño y distintos colores, incluso puede que sabores, un plástico de excesivo valor, cómo me gustaría pasar esas tarjetas por la raja del culo de cada uno que me la da. Esa baguette está muy blanca, esa baguette está muy oscura, esa baguette está muy normal, esa baguette no tiene diamantes...nunca llueve al gusto de todos. “Dame una barra de pan” dicen los clientes, pero qué puto pan quieres, quizás baguette, chapata, bastón, gallega, baguetina, chef, baguette integral, baguetina integral, alomejor parisienne o puede que kornspitz...así que no me digas “una barra de pan” dime qué pan. Tengo que deleitar a la clientela con mis dotes gastronómicas, un par de gitanillos no controlan el ABC culinario, no tienen conocimientos de cómo coger un cuchillo y abrir una barra de pan, y, posteriormente, añadir el embutido, me llaman el profesor de los bocadillos. Inútil máquina de tabaco, da más trabajo del que nos ahorra. Cajas de cartón como para proporcionar vivienda a millares de vagabundos. La mayor parte de nuestro cuerpo es agua, y hasta hace bien poco pensaba que este dato era cierto, pero empiezo a dudar de ello, creo que debemos estar hechos mitad de agua y mitad de cerveza, pues se consumen a partes iguales, incluso más las cerveza, quizás dentro de poco los controles sean de “agualemia”. Porno echado a perder, nadie compra las películas del mostrador, ni siquiera preguntan, Internet le gana la partida a las gasolineras, en este aspecto. Cuatro viajes, dos idas, dos vueltas, música a todo trapo, olor a cuero, trayecto en línea recta, badenes altos como rascacielos, terribles para cualquier vehículo. Tiempo de descanso suficiente para orinar y medio lavarte las manos. Escalera de tres metros para cambiar los precios del petroleo en los monolitos. Escalera inestable, aunque a medida que subo cada escalón me siento más seguro, un poco más libre, puede que sea la idea de que si cayese el drama de la vida llegaría a su fin, esto alivia, de alguna forma hay que morir, y caer por cambiar los precios de la subida del petroleo puede ser una buena paradoja, y, al fin y al cabo, una buena muerte. Un anciano con las gafas de sol graduadas más grandes que he visto en mi vida, debe estar prácticamente ciego, parecido a un topo, ciertamente con lo pequeño que era y los pelos que tenía se asemejaba bastante a un topo, un topo feo, pero un topo. Escucho historias, las mismas, pero distintas versiones, no sé cuál creerme, ni siquiera si he de creerme alguna, simple y llanamente escucho. Temperatura de la cámara del pan a -14 grados, el horno a 80 grados, temperatura de la cámara de la bebida 4 grados, temperatura ambiental 35 grados, aire acondicionado en la tienda a 20 grados...temperaturas que volverían loco a cualquier animal que no fuese un descendiente evolucionado del mono. Una vez mencionada la cámara de la bebida, hay que decir de ella que es un lugar perfecto para estar en compañía de la soledad, en medio de todo el bullicio, aquél lugar es un mundo aparte, te adentras y los clientes desaparecen, el jefe deja de existir, es una cámara maravillosa, no es tan fría como la cámara del pan y se puede aguantar cierto tiempo dentro de ella, además, el ruido chirriante del aire al cabo de poco tiempo pasa desapercibido, un lugar a tener en cuenta para escribir. La ramera danzante de la rotonda, se contonea intentando mostrar elegancia y sensualidad, pero como he dicho intenta, no debe saber que la elegancia es algo que no se puede comprar...al igual que su clientes no pueden comprar su amor. El surtidor número 12 pedía paso, yo miré y autoricé a aquella mujer de mediana, tirando a alta, edad. Cuando llegó al mostrador a pagar le dije la cuenta sin mirarle a los ojos. Ella respondió, aquella grave voz hizo que rápidamente mirase su cara, era transexual, una transexual de unos 50 y tantos años echando gasolina, nada más. Nivel avanzado en contar montones de monedas, con el solo peso de las monedas en la mano sé cuánta cantidad hay. El famoso hombre misterioso, un hombre cuya función es espiar a los trabajadores haciéndose pasar por paisano y, posteriormente, pasar un informe a vete saber tú dónde y quién. Nunca le he visto, quiere decir que hace bien su función, quizá sea una leyenda para meter miedo a las obreras ovejas y que no bajen su nivel de eficiencia y permanezcan siempre con el culo prieto, quizá no haya venido aun, quizá nunca venga, quizás...Venta de bonitas pulseras, pero con precios de pulseras de oro. Carteles de prohibido fumar empapelan la fachada, se fuma a escondidas, cualquier lugar es bueno, el aseo el más utilizado. El micro funcionaba, dejaba de funcionar, funcionaba...tenía vida propia y se negaba a servir al ser humano, era un micro rebelde y luchaba por sus derechos. Maldigo a ese micro y a la vez le respeto. En los días libres el cerebro eyaculaba endorfina, dopamina y algo de morfina. Los días libres no arreglaban la fatiga mental y física, pero curaban el alma...sólo de aquellos que tuvieran alma, yo no encuentro la mía, creo que la vendí por un día libre, no recuerdo si la vendí porque cambié mi memoria por otro día libre. Se me pone la piel de gallina cuando en medio del trabajo se me ocurre algo sobre lo qué escribir, el cliente habla, veo sus labios moverse, pero no los leo, tampoco le oigo, estoy con mis mierdas, mis preciadas mierdas, más importantes que cualquier otra cosa. Familias de abejas diurnas en el contador del agua, hay que utilizar técnicas distractoras para evitar sus picaduras y poder obtener la secuencia. Mosquitos nocturnos del tamaño de elefantes, elefantes no hay. El tipo del cortacésped, un tipo singular, me cae bien ese hombre, fue a llenar el depósito del cortacésped conduciéndolo, es muy grande ver a una persona que viene por la carretera a 5 km por hora, no porque vaya despacio sino porque el vehículo no da más, el ruido del cortacésped es delicioso, es jazz para oídos selectos. Desengrasante, cristasol y mucho papel y agua para limpiar los surtidores, un trabajo aburrido a la par que agotador, el destroza-espaldas le llaman algunos, yo prefiero llamarlo el socio del quiropráctico. Entonces me dejé las luces del coche enchufadas, cuando me disponía a regresar a casa me percate que durante el turno me había dejado las luces encendidas, recé, no sé a quién, que la batería siguiese funcionando, pero no, era demasiado tarde, tal error debía tener algún castigo, así que allí me vi, sin poder regresar a casa. Sin embargo, la suerte estaba de mi parte, hoy la tostada no caía del lado de la mantequilla, entré a la gasolinera y un chaval se ofreció para ayudarme, no habían pinzas, así que la única opción era empujar el coche e intentar arrancarlo en movimiento, cosa bastante fácil en condiciones normales, el inconveniente era que el espacio era reducido y en pendiente, si funcionaba todo sería perfecto, pero podía salir mal y estampar el coche contra el muro. Me arriesgué, decidí hacer “all in”, en el primer intento no dio tiempo a saltar dentro del coche y, gracias a los contenedores de basura y a que conseguimos frenarlo a tiempo, el coche siguió con vida. A la segunda vez parecía que el resultado iba a ser incluso peor, un final trágico pasó por mi mente, pero de pronto el coche despertó, resucitó como “Lázaro”, se levantó y caminó. Me abracé efusivamente al cliente, no le conocía, pero no importaba, ahora era como de mi familia. Aquel joven de 18 años, que no recuerdo como se llamaba pero sí sus años, hay que ver qué cosas memorizamos y cuáles olvidamos, me recordó que hay gente que merece que le regales tu tiempo, pues el tiempo nunca deja de correr, y el tiempo nos mata poco a poco, y sólo unas pocas personas merecen el privilegio de contarnos sus cosas mientras nos vamos consumiendo. Clienta habitual, una vieja de unos 70 y tantos años, con apenas 2 o 3 dientes en la parte inferior de la boca, cada vez que hablaba o reía me daba un miedo terrible, una mujer horrible con unas gafas redondas enormes, nunca olvidaré esas grandes, rosadas y despobladas encías. Ahora sé que hay que llevar una dieta estricta de ser humano, aguantar a la gente en dosis, o raciones, demasiado grandes puede aumentar el índice de suicidios. Osé pensar que tenía bastante paciencia, cuan equivocado estaba, la paciencia es un mito, no existe tal término. Cuando realmente te gustaría, y necesitas, tenerla se esfuma, te deja tirado como una sucia y vulgar colilla apagándose en el cubo de la fregona. La capacidad de mentir de una persona es ilimitada, no recuerdo las veces que he llamado hijo de puta mentalmente mientras mostraba una amplia sonrisa y un “muchas gracias” a innumerables clientes. Dicen que mentir es un indicativo de inteligencia, yo pienso que es una característica innata del ser humano. Entró un hombre-armario por la puerta, casi queda atrapado, era enorme, sus dedos eran tan grandes y musculosos que dudo que pudiera sacarse mocos. La camiseta le quedaba ceñidísima, y eso que debería ser una XXL, pedía socorro, parecía que en cualquier momento la camiseta reventaría y se desperdigaría por la tienda en trozos diminutos. Vino un día una mujer tan despistada que intentó entrar a la tienda por uno de los espejos de la misma, no encontraba la puerta, y eso que es bien grande. El marido permanecía en el coche, al darse cuenta de que la mujer intentaba entrar por un espejo de la tienda, chocándose sin pirar con el cristal, mostró su enfado gritándola, diciéndole que por allí no se entraba, el marido gritaba por la vergüenza que la mujer le estaba haciendo pasar, nosotros desde dentro nos partíamos de risa, fue un buen momento, no tanto para la pareja. Abro la puerta, detrás de ella aparece de repente un hombre, me sorprendo, porque no me lo esperaba allí, pero aun me sorprendo más cuando veo la sangre que le emana de un gran bulto en el pómulo. Diversas heridas colorean su cara de un rojo intenso, la camisa repleta de manchas de sangre, el hombre muestra una tranquilidad pasmosa, como si no sintiera nada, como si estuviese acostumbrado a heridas de mayor calibre. Le aconsejamos llamar a la ambulancia para que viesen sus heridas, él se negó, sólo quería saber cómo ir a San Pedro, se lo indicamos y le insistimos en llamar a la ambulancia, a lo que se volvió a negar. Fue al aseo a limpiarse un poco las heridas, cuando volvió le preguntamos cómo se había hecho esas heridas, dijo que él iba con la bici y que un coche le arrolló, lo dijo de tal forma que parecía que era algo normal, algo sin importancia. No quiso llamar a la policía, no lo veía necesario. Puede que estuviese borracho y que la culpa hubiese sido suya, puede que le diese vergüenza decir que se había caído con la bici, aunque los ojos de ese hombre me decían que era cierto lo que decía, pero también me decían sufrimiento, un sufrimiento tal que el daño físico era algo nimio para él, únicamente heridas que en un par o tres de semanas se irían, el daño que parecía tener era más profundo y más difícil de solucionar, quizás imposible...se marchó tranquilamente empujando su bici, le vi alejarse poco a poco en la penumbra de la noche, una melodía melancólica acompañaba cada paso de ese hombre.
Cuando llegaba de trabajar escribía todo aquello que me había llamado la atención, aquello que quedaba grabado en mi retina. Lo escribía por dos motivos, uno porque la memoria humana, al menos la mía, es una basura, y me encanta escribir aquello que merece la pena recordar y, más adelante, cuando no me acuerde, poder leer esto y revivir cada momento, volver a experimentar la sensación original. Me encanta este poder que tiene la escritura, dicen que no está creada, pero para mí la escritura es una potente máquina del tiempo. El segundo motivo, es que hasta que no escribo y leo lo que he escrito no comprendo mis pensamientos, sólo quedan claros una vez que la tinta colorea el blanco e impoluto papel, un blanco que no me gusta nada, pues hace sentirme fracasado. Hasta que el blanco queda impregnado de letras, palabras, frases...y en conjunto mi mierda, mi más sincero interior, mis tripas expuestas a la luz...hasta ese momento no estoy tranquilo y, entonces, me comprendo a mí mismo. Básicamente esa es mi felicidad, comprenderme a mí mismo, saber qué quiero, qué soy, quién soy...cada uno de los días deja algo que me marca, ya sea bueno o malo, eso no es relevante. Cada una de esas vivencias me componen, yo soy cada uno de esas marcas, cada una de esas lecciones, y mañana quizás esté formado de otro nuevo momento y el blanco papel volverá a ser mi enemigo, hasta que acabe convirtiéndolo en mi alma...esa que perdí y que no recuerdo dónde la dejé, siempre permanecerá en mi escritura. 


Por discípulo de Maestro Sho-Hai... 

jueves, 31 de mayo de 2012

Visionario

Es por la tarde, estoy en la biblioteca, el silencio es ruidoso, nadie habla, pero se oyen las hojas moverse, los bolígrafos escribir en los folios, la bibliotecaria pulsando efusivamente el ratón del ordenador, ciertamente este silencio es más escandaloso que el propio ruido.
En mi mesa una pila de apuntes, yo miro fijamente hacia ellos, externamente la gente cree que estoy leyendo atentamente, pero sólo yo sé que no es así. Miro las letras de los apuntes pero no las veo, la imagen que ven mis ojos es totalmente distinta, ya no estoy allí, en la biblioteca, estoy en el futuro, exactamente dentro de algo más de un año.
Me encuentro en Madrid, en un piso no muy grande y desordenado, estoy con Henry Borowski, Stankowski y Carlos, allí estamos los cuatro.
Las imágenes se suceden rápidamente, desaparecen unas y aparecen otras, no me da tiempo a captarlas todas.
Veo a los cuatro bien vestidos, todos con nuestro propio estilo pero todos elegantes, vestimos los cuatro con camisas y portamos americanas, no llevamos zapatos vestimos zapatillas, mezclamos el rollo elegante con un toque sport.
En el piso las risas abundan, los vecinos suelen quejarse de nuestras carcajadas nocturnas, pero a nosotros nos da igual, aprovechamos el tiempo al máximo. Todos los días hay latas vacías de cerveza por cualquier lugar de la casa, en el retrete, en el balcón, en las camas, cualquier sitio es bueno para beber. Solemos jugar al póker mientras fumamos puros, no nos jugamos dinero, simplemente el que gana elige lo que se va a hacer esa misma noche, esa noche el ganador manda, sea cual sea su deseo hay que cumplirlo.
Las imágenes continúan invadiendo mi mente, visualizo a los cuatro en un museo, esta vez no mezclamos estilos de ropa, vamos elegantes, muy elegantes. Nos hacemos los entendidos mientras vemos los cuadros, parece que sabemos lo que decimos, realmente no tenemos ni puta idea, pero sí sabemos que nos gusta lo que vemos, nos agrada aquel lugar, nos sentimos cómodos allí.
Subimos Stankowski, Carlos y yo al piso, acabamos de comprar cerveza. Se escuchan gemidos por el pasillo, vienen del piso, entramos y vemos a Henry Borowski masturbándose mientras ve una película porno con el volumen altísimo. Nosotros tres no nos exaltamos, ni siquiera nos sorprendemos ni nos vemos ofendidos, ni mucho menos avergonzados, lo vemos normal, Borowski también lo ve normal. Borowski eyacula, se limpia y todos continuamos con las risas. En aquel piso no hay normas, no hay represión, huele a libertad, también a sudor y algo de suciedad, pero sobre todo a libertad, al menos nuestro olfato así lo percibe.
Nos sentimos felices, más felices que nunca, muchas otras veces hemos sido felices, pero nunca de modo tan continuado. Allí, entre los cuatro, nuestros miedos nos intimidan mucho menos, pues los cuatro nos protegemos, allí la vergüenza no existe, pues entre los cuatro nos convencemos para afrontarla, nos obligamos a derrotarla y lo conseguimos, no siempre, pero sí normalmente.
Un día por semana imagino que estamos separados, cada uno por su cuenta, porque queremos saborear nuestra soledad, necesitamos escribir a solas, pasear entre la muchedumbre sin nadie que nos acompañe o simplemente no hacer nada, quedarnos tumbados encerrados en la habitación mirando hacia el techo.
Escucho a alguien tosiendo, desaparecen las imágenes, vuelvo a la biblioteca, estoy mirando fijamente los apuntes, vuelvo a leer cada letra, la gente no se ha dado cuenta que mi cuerpo estaba allí pero mi mente estaba en el futuro. Me levanto y voy al aseo, me saco la polla y meo, me lavo las manos y vuelvo a mi asiento. Apoyo los codos sobre la mesa, reposo la cabeza en mis manos y vuelvo a fijarme en los apuntes, vuelvo a viajar…
Vuelvo a estar en el piso, estoy con Borowski y con mucha gente a la que no conozco, o al menos ahora mismo no reconozco, la música está puesta y no hay lugar alguno donde no haya alcohol, es una gran fiesta. Percibo a Stankowski y a Carlos entrar por el balcón, estaban gritando a un par de inútiles que estaban en la calle, entran en el interior del piso y cierran la puerta corrediza del balcón, están muy sonrientes. Rápidamente vienen donde estamos Henry Borowski y yo y nos abrazamos afectuosamente los cuatro, se escuchan comentarios del tipo “este es el mejor año de nuestras vidas”.
De repente estoy en un salón bellísimo, la decoración es perfecta, estamos los cuatro en una mesa con una copa de brandy cada uno. Tenemos los ojos cerrados, sólo queremos escuchar a aquel cantante de jazz, teníamos ganas de una noche tranquila, y no pensábamos que aquello iba a ser tan espectacular. Después del cantante de jazz, un poeta recitará alguno de sus poemas mientras un pianista toca suavemente, estamos deseando escucharle, pero no tenemos prisa, estamos demasiado a gusto como para estar ansiosos, dejamos fluir el momento.
Desaparezco de aquel salón, aparece otra diapositiva en mi cabeza y mis ojos, estamos los cuatro caminando con nuestros currículos, estamos buscando curro, nos cuesta encontrar algo. Al final, unos más deprisa que otros, encontramos trabajo, nos sentimos contentos aunque los empleos son realmente malos, pero no nos importa, estamos infinitamente satisfechos, no sólo por nosotros mismos, estamos satisfechos por los demás, el bienestar de cada uno de nosotros nos importa en sumo grado.
Empieza a dibujarse otra imagen, es algo borrosa pero se va volviendo nítida, ya la percibo claramente. Paseamos por la calle, veo a Stankowski vestido muy raro, con ropa andrajosa y con una barba mucho más larga de lo normal, miro a Carlos y va igual que Stankowski, entonces me miro a mí mismo y me doy cuenta que voy igual que ellos. Al girar la esquina vemos a Borowski alzándonos la mano, indicándonos que nos acerquemos a él, los tres vamos hacia allá. Cuando llegamos nos damos cuenta que hay un vagabundo con Borowski, todos le conocemos, se llama Maomba, sacamos unos cartones cada uno, con mensajes distintos, allí estamos los cinco pidiendo algo de dinero, nos sentimos bien.
Vamos caminando por la calle y hablamos los cuatro con gente que no conocemos, nos planteamos intentar vencer nuestra vergüenza y tratar de mantener una conversación durante al menos un minuto con gente desconocida para nosotros.
Carlos y yo estamos muy borrachos, estamos en una discoteca, nos tambaleamos mucho y justo empujamos a un tonto al que le tiramos el cubata en la camisa, éste se enfada y con sus amigos empiezan a pegarnos, en cuanto Borowski y Stankowski vuelven del aseo y ven que nos estamos peleando corren para empezar a soltar palos. Volvemos al piso con algo de sangre cada uno, uno en el labio, otro en la nariz, otro en la ceja, otro lleva morado el ojo, pero sólo se escuchan risas y más risas, son nuestras, cantamos “hago siempre pompas, lindas pompas de jabón”.
De nuevo vuelvo a la biblioteca, se ha terminado la lluvia de imágenes del futuro, sólo espero que dentro de algo más de un año la realidad supere la imaginación…

Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

Charla matrimonial

Una pareja conversa en el lecho conyugal después de mantener un coito.
Juani: Paco ya no me gusta cómo me lo haces.
Paco: A mí tampoco me gusta cómo te lo hago, pero no sé hacerlo mejor.
Juani: Supongo que la edad te ha afectado.
Paco: Quizá tengas razón, ahora tienes muchas arrugas y apenas me pones cachondo, tú edad me ha afectado.
Juani: Me refería a tu edad, no a la mía.
Paco: Yo me refería a la tuya.
Juani: ¿Me sigues queriendo?
Paco: …supongo.
Juani: ¿Qué clase de respuesta es esa?
Paco: Una sincera…quizá no del todo honesta.
Juani: Eres muy gracioso. -dice sarcásticamente- Dime qué piensas de nosotros, dime la verdad, nunca lo haces, hazlo por una vez en tu vida.
Paco: No suelo decir la verdad porque es aburrida, me suele gustar mentir, pero si quieres la verdad…allá va…Llevamos 30 años juntos, al principio follábamos 3 ó 4 veces diarias, ahora lo hacemos 3 ó 4 al año, la pasión se ha perdido. Tú te has cansado de mi polla y yo de tu coño, nos odiamos el uno al otro, seguimos juntos porque no queremos morir solos. Básicamente esa es nuestra historia.
Juani: ¿Por qué dices eso?
Paco: Me has pedido sinceridad, yo prefería la mentira, es más cómoda.
Juani: No puede ser que pienses eso de nosotros. Estás muy equivocado, yo no estoy cansada de ti.
Paco: Lo estás.
Juani: Pues no, te amo, te quiero más que a mi vida, no sé porque piensas eso ahora.
Paco: ¿Ahora? Llevo pensando así desde que llevábamos 6 meses juntos.
Juani: ¿Y por qué nunca me lo has dicho? 
Paco: Porque nunca me lo has preguntado.
Juani: No creo que haga falta preguntar eso, deberías habérmelo dicho, ¿por qué no lo hiciste?
Paco: Soy un cobarde.
Juani: ¿Has estado 30 años conmigo sólo por cobardía?  
Paco: Y porque eres una mujer simpática y haces un gazpacho inigualable.
Juani: Eres un verdadero cabrón, ¿cómo puede ser que no me haya dado cuenta antes?
Paco: Eso me pregunto yo también…supongo que no querías darte cuenta…supongo que has logrado ser valiente, más de lo que yo lo soy y al final has conseguido preguntarme lo que querías saber.
Juani: Paco, ¿de verdad piensas todo lo que estás diciendo?
Paco: En este momento sí…quizá mañana no.
Juani: ¿Puedo preguntarte algo?
Paco: Adelante.
Juani: ¿Has sido feliz conmigo? ¿Te he hecho feliz?
Paco: Eso son dos preguntas…responderé ambas, aunque me cuesta hacerlo. La felicidad es algo muy difícil de definir. La sociedad nos hace creer que para ser feliz debes tener un trabajo, una casa, amigos, una familia…elementalmente si tienes eso eres feliz. Sin embargo, si tienes un trabajo que odias, con un jefe al que te gustaría matar cada mañana ¿qué pasa?, si tienes una casa que mide 30 míseros metros cuadrados en la que tienes que escuchar los gemidos de la casa del al lado ¿qué pasa?, si tienes unos amigos que al tener pareja se olvidan de ti ¿qué pasa?, si tienes una familia con una mujer de la que estás aborrecida y unos hijos desagradecidos, ¿qué pasa?... Sinceramente creo que no soy feliz, mi vida no ha sido feliz, he tenido momentos felices por supuesto, pero la gran mayoría no lo han sido. Tú has contribuido a que yo tenga algunos momentos felices, así que sí me has hecho feliz…aunque no demasiado, todo hay que decirlo.
Juani: Después de todas las patrañas que me has contado, veo que muy feliz no has sido ¿cómo crees que podrías haber sido feliz?
Paco: La felicidad continua es imposible, somos seres inconformistas por naturaleza. El rico no se conforma con serlo, siempre quiere más, el borracho siempre quiere más alcohol, el político siempre quiere más poder…el ser humano siempre quiere ser más feliz, nos volvemos tolerantes a la misma ración de felicidad y, por ello, necesitamos cada vez una ración mayor, y eso es difícil, muy difícil. Supongo que nunca hubiese sido feliz al 100%, pues eso no existe…creo que he sido lo más feliz que he podido.
Juani: ¿Consideras que has sido lo suficientemente feliz?
Paco: He sido más infeliz que feliz…así que creo que no lo he sido suficientemente, aunque también pienso que nadie lo es.
Juani: No me gusta como piensas.
Paco: A mí sí, creo que leer demasiado me ha enseñado a pensar como lo hago.
Juani: Pues malditos libros.
Paco: ¡Oh no!, no digas eso, me han permitido ver la realidad.
Juani: No decías que preferías la mentira.
Paco: Y la prefiero, pero siempre quiero saber la verdad de las cosas.
Juani: Eres muy raro Paco.
Paco: Gracias.
Juani: ¿Piensas que deberíamos seguir juntos?
Paco: Por mi bien así debería ser, quizás por ti no. Soy una carga para ti, pensé que tarde o temprano me mandarías de paseo.
Juani: Pero yo te quiero ¿por qué lo iba a hacer?
Paco: Porque soy un cobarde mentiroso, estoy contigo porque eres una buena mujer y por pereza. Realmente estoy cansado de ti, pero no por tu culpa, simplemente no creo que exista el amor para siempre, al menos no existe para mí. Veo a cualquier mujer y me dan muchas más ganas de tirarme a cualquiera de ellas antes que a ti, aunque sean horribles, y tú, sin embargo, eres bella, quizás no preciosa pero sí bella, pero estoy cansado de tu belleza, se ha apagado para mí, me he habituado a ella y ya no me excita. Es cruel, pero así es.
Juani: Me duele escuchar esto.
Paco: Lo sé, eres una buena mujer.
Juani: No me consuela que digas eso. No he conocido nunca esta faceta de ti, no me habías contado nunca todo esto.
Paco: Todo el mundo tiene secretos, somos artistas de ocultar lo que no queremos contar. Yo quería que lo supieras, pero no estaba preparado para decirlo, seguía habiendo una pequeña parte de bondad en mí, y a veces te volvía a querer como al principio, pero ahora lo veo claro, el amor no existe…y a mí también me duele y a la vez me alegro de comprenderlo.
Juani: Eso no es verdad, el amor sí existe. Yo estoy enamorada de ti.
Paco: Si el amor existe…siempre será no correspondido.
Juani: El nuestro sí lo es.
Paco: Yo no estoy enamorado de ti, por lo tanto, no es correspondido. Esto es lo que suele pasar en multitud de parejas, uno de los dos quiere al otro, pero el otro miembro no siente lo mismo…se suele crear un amor de conveniencia o de compañía.
Juani: Si nuestro amor es así no quiero tenerlo. Además, aunque el amor sea no correspondido sería amor, por lo tanto, el amor sí existe.
Paco: Puede que tengas razón, pero si es así…el amor es penoso.
Juani: No pienso igual que tú, el amor es lo mejor de esta vida. Hace que queramos a otra persona más que a nosotros mismos, eso es maravilloso.
Paco: Llámalo como quieras, yo tengo otro nombre para él, como por ejemplo inútil.
Juani: Tú sí que eres inútil, lo que te pasa a ti es que no sabes querer a otra persona que no seas tú.
Paco: Ojala…pero a mí es a quien más odio.
Juani: Me compadezco de ti.
Paco: No lo hagas, me haría sentir peor.
Juani: Pues lo hago, pensando como piensas sólo puedo apiadarme de ti.
Paco: Bueno, está bien…creo que deberíamos dormir.
Juani: Creo que eres realmente tonto, pero tonto de remate, pero tienes la suerte de que te quiero y seguiré haciéndolo.
Paco: Tienes razón…tengo suerte por ello.
Juani: Aun estás a tiempo de enamorarte de mí y darte cuenta que el amor sí existe.
Paco: No te prometo nada, además, lo dudo mucho, aunque no lo descarto.
Juani: No perderé la esperanza.
Paco: Dicen que es lo último que se pierde…pero yo la perdí hace mucho tiempo, ya no recuerdo cuando.
Juani: Es muy triste eso que me dices.
Paco: Sí, lo es.
Juani: Creo que en estos 20 minutos he conocido más de ti que en 30 años, y aunque no comparto nada de lo que has dicho…te quiero más que nunca.
Paco: A mí también me ha gustado hablar contigo, ha sido una conversación bastante interesante. Es hora de dormir.
Juani: A mí me gustaría hablar toda la noche.
Paco: Si alargamos la conversación sólo puede decaer, es el momento de darla por terminada.
Juani: Está bien, buenas noches cariño, te quiero.
Paco: Duerme en paz.

Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

martes, 22 de mayo de 2012

El pirata geriátrico

Allí estaba de nuevo, bajando las escaleras, tomándose su tiempo, sin prisa, pues no había nada que le apremiase. Con su ropa andrajosa, apestosa, para los demás pero no para él, con su viejo y resquebrajado bastón, color vino añejo, atusado en el brazo izquierdo, siempre portaba un deshilachado sombrero de un gris sucio, una suciedad de unos veinte años, pues desde que se lo encontró en la basura no lo había lavado, una espesa y mugrienta barba le cubría la cara, era tan abundante que gran parte de los días su barba iba repleta de migas y restos de comida, mirándole a la cara se podía adivinar rápidamente lo que había desayunado, comido o cenado. Era conocido por todo el mundo como el “abuelo”.
Logró, tras 5 largos minutos, bajar al portal. El abuelo pasaba la mayor parte del tiempo buscando tesoros, era todo un pirata de la calle, pegada su pipa siempre a sus labios aunque no estuviese encendida, era una especie de rutina, no se la quitaba ni para hablar, tampoco hablaba mucho, ni mucho menos para cagar, sí defecaba con asiduidad.
Caminaba lentamente por la calle, mirando que no se le pasara por alto ningún objeto de gran valor. La gente le miraba, probablemente por su fuerte olor, era una mezcla entre suciedad, orín y alcohol, puede que también le mirasen por su rara forma de andar. Hoy no había nada interesante, cada vez había más barrenderos, y cada vez trabajaban mejor, así que la dificultad para encontrar tesoros iba in crescendo.
Decidió ir al supermercado, compró un brik de vino, quería agudizar sus sentidos, el vino le ayudaba enormemente a encontrar tesoros, además, estaba delicioso. Mientras hacía cola, la gente se alejaba de su lado, mostraban gestos repulsivos, al abuelo no le importaba, si los otros se marchaban de su lado menos cola debería hacer, antes compraría el vino y antes podría encontrar sus amados tesoros, eran todo ventajas. Pagó al contado a la cajera, ella le preguntó si quería una bolsa, él le respondió que no hacía falta, pues se la iba a beber de camino. Al salir del supermercado, un niño pequeño de unos 3 años le dijo al abuelo “¿por qué hueles tan mal?”, a lo que el abuelo respondió “porque soy un pirata”, “¡Ohhhh! nunca había visto un pirata” dijo el pequeño con una amplia sonrisa mientras le tendía la mano emocionado, antes de que el abuelo devolviese el apretón de manos, la madre corrió hacia el niño y lo apartó, despreciablemente, de la sucia mano del abuelo.
Se sentó en un banco para beberse el vino, también para relajar sus cansadas piernas, los días iban sucediéndose y sus piernas iban funcionando cada vez peor. No tardó mucho en vaciar el brik, cada trago era de un sabor distinto, algunos eran amargos, porque le recordaba situaciones malas, incómodas, como las que había sucedido con la madre del niño de 3 años, pero se había hecho duro a estos sucesos, era frío, inmune, ya no le dolían las reacciones de los demás. Con otros tragos le venían imágenes bonitas, recordaba alguna de sus conquistas, algunos de sus tesoros más valiosos, se sentía satisfecho por el esfuerzo que había derrochado, también recordaba alguno de los mejores polvos de su juventud, esas imágenes le venían a la mente en blanco y negro, las luces y las sombras eran suaves, muy delicadas, pero repletas de detalles, era como una magnífica película muda de los años 30. El vino se acabó y con él las imágenes se disiparon.
Comenzó su búsqueda intensiva, el vino era como las espinacas para Popeye, eran su energía. Se sentía más atento, las cosas irrelevantes se volvían irrelevantes, no entraban dentro de su campo de visión, las personas desaparecían, los coches se esfumaban, el ruido se apagaba, el olor…él reconocía el olor de sus tesoros. Entró en un callejón oscuro, lo vio de lejos, era inapreciable para el ser humano típico, pero no para un pirata como era el abuelo, había visto el tesoro desde la entrada al callejón, el objeto estaba al final del callejón, a unos 30 metros, pero él ya lo dilucidaba. Se apreciaba un brillo metálico, era un auténtico tesoro, los ojos del abuelo se abrieron como platos, la sonrisa mostraba un gozo inigualable, se acercaba con sus raras formas de andar, llegó a un container de plástico verde y justo al lado estaba su tesoro, era una jaula de pájaros, estaba enrobinada y le faltaban algunos palitos de hierro, pero para el abuelo era todo un tesoro, cogió la jaula y se marchó a casa, de camino seguía fumando en pipa de modo triunfal, como cuando un pirata conquistaba un barco de marineros.
Abrió la puerta de casa, costaba empujar la puerta, parecía que algo impedía su obertura. Cuando la abrió, se apreció su casa, estaba repleta de tesoros, probablemente fuese el pirata con más tesoros que jamás haya existido. Había periódicos de hacía décadas, abundante comida de gato tirada por el suelo, era para sus seis gatos, que también formaban parte de sus conquistas, había plantas podridas, toneladas de ropa mugrienta, gran cantidad de cuadros de escasa calidad, zapatos que no eran de su talla, incluso habían de mujer, allí no vivía ninguna mujer, en el pasillo había bastantes excrementos de gato, en la cocina, las cajas de pizza y demás comida rápida tapaban la mesa, la nevera estaba abarrotada de comida caducada, de hacía pocos días pero caducada, el sillón apenas se veía, televisiones y radios antiguas, que no funcionaban, impedían su visión, en una estantería se hallaban decenas de gorras y sombreros, pero únicamente utilizaba el sucio gris, en otra estantería había bastantes lámparas de aspectos muy diversos, ninguna lámpara daba luz, y demás objetos atestaban la casa del abuelo. Eran sus tesoros, se sentía enormemente orgulloso por haber encontrado todos y cada uno de aquellos objetos, cada uno era una historia, cada uno tenía un sabor especial, como cada trago de vino…   
Los vecinos se quejaban día tras día, por el pasillo se podía tastar el olor que desprendía la casa del abuelo, al pasar era difícil no sufrir alguna arcada, el olor se impregnaba en las ropas de los vecinos. Al abuelo le daba igual, estaba acostumbrado a ese olor, ya ni lo reconocía, porque era su propio olor, se enorgullecía de sus tesoros y no se iba a desprender de ellos. En invierno el olor de la casa del abuelo era pasable para los vecinos, pero en verano, el olor pesaba, agobiaba, se podía palpar…los vecinos no aguantaron esta situación y llamaron a la policía, tocaron la puerta, el abuelo preguntó “¿quién es?”, contestaron “policía”, al abrir la puerta uno de los policías estuvo apunto de vomitar, el otro sí lo hizo. Los tesoros ya no podían continuar allí, el pirata perdía sus conquistas, se sentía tremendamente triste, todo lo que había conseguido, todo su esfuerzo y su posterior satisfacción se iban por el garete.
Mandaron al abuelo a un centro, consideraban que estaba enfermo. El abuelo escuchó las explicaciones de los médicos, decían que tenía el síndrome de Diógenes, él no entendía nada, no recogía basura, eran tesoros, y qué más daba lo que él hiciera, no hacía daño a nadie, habían otras muchas cosas malas en la gente, como los superficiales prejuicios, los desprecios de la gente, las palizas que había sufrido simplemente por su raquítico y despreocupado aspecto, pero esos asuntos a los médicos les daba igual, sólo les preocupaba acabar con las poca alegría que le quedaba a un anciano de 68 años, sus tesoros.
Allí permaneció hasta su muerte, tres años después de su ingreso. Ese centro no consiguió vencer su instinto de pirata, se dio cuenta que había tesoros incluso en aquel lugar, y como los médicos le vigilaban, sus conquistas se tornaban más difíciles y a la vez emocionantes, le añadía dificultad el no tener su vino, potenciador de sentidos, pero esto aumentaba más su satisfacción cuando conseguía alguno de sus objetos valiosos, como un tenedor brillante, cordones y toallas usadas…
Nadie sabe a que se dedicaba el abuelo anteriormente, también se desconoce su verdadero nombre, si tenía o no familia, sólo sabemos que su espíritu era el de un pirata, quizá el contexto no fuera el adecuado, pero también es verdad que el espíritu no entiende de contextos.

Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

lunes, 21 de mayo de 2012

El miedo nunca puede ser amor

Murphy se quedaba mirando a su mujer, sangrando por la nariz y con marcadas heridas de cinturón en la espalda. Él se sentía mal por lo que había hecho, pero Betty debía aprender, era por su bien, si quería que el amor que había entre ambos durase para siempre, debía aprender. El castigo, la humillación mediante insultos, desprecio, inmaculada obediencia…esa era la única forma de aprender, Betty aun no conocía esta forma de asimilar las cosas, este tipo de educación era desconocida para ella, Murphy sería su profesor particular.
Betty debía levantarse todos los días antes que Murphy, éste debía tener el desayuno preparado cuando se despertase, Betty sabía las consecuencias que tenía no llevar acabo este asunto. No bastaba con hacerlo, ni incluso parecer que quería hacerlo, había que querer hacerlo. Murphy sabía distinguir perfectamente cuándo Betty quería hacerlo y cuándo fingía una falsa ilusión, en esos casos debía reeducarla
Betty era una mujer muy bella de 32 años, algo demacrada por las cicatrices que quedaban tatuadas en su cara, de la dura educación a la que estaba sometida…de cuerpo estaba en muy buena forma, aunque tenía una leve cojera en la pierna izquierda, causada por una clase de reeducación de Murphy, consistente en una compilación de patadas y rodillazos en la cadera, que acabaron causando la cojera crónica y dolorosa de Betty.
Murphy tenía 37 años, trabajaba como electricista desde hacía 20 años, odiaba su oficio, amaba con toda su alma a Betty, siempre pensaba en ella, a todas horas. Sus pensamientos obsesivos creaban millones de películas con todo tipo de detalles, en esas películas el final siempre era el mismo, acababa perdiendo a Betty y eso no lo podía consentir de ningún modo, era su vida.
Murphy llegó de trabajar, subía por las escaleras, vio hablar a Betty con el vecino, Murphy se escondió para evitar ser visto por ambos, era valiente con Betty pero un auténtico cobarde con el resto de personas, al acabar la conversación Betty volvió a casa y cerró, seguidamente entró Murphy lleno de ira en casa. Betty dijo “hola cariño”, Murphy sin titubeo alguno cogió de la cabeza a Betty y se la llevó al retrete, hundió su cara en él y tiró de la cadena mientras gritaba “límpiate la boca hija de puta, como te vuelva a ver hablando con ese mamón te juro que te mato”, Betty intentaba respirar cuando Murphy la sacaba del retrete, les costaba mucho trabajo, sentía mucha angustia y miedo. Al cabo de 5 minutos todo acabó, Murphy soltó la cabeza de Betty, ella se puso a llorar, él le decía con una voz dulce “cariño ya está, ya pasó, lo irás comprendiendo poco a poco, te quiero, eres mi vida” mientras le besaba su mojada cara.
Esa misma noche, Betty se mostraba feliz haciendo la cena, verdaderamente feliz no fingía para nada. Mientras Betty hacía la cena, Murphy empezó a sentirse cachondo, tenía ganas de descargar, se dirigió a la cocina y sin preguntar le puso la mano en el coño a Betty, ella dijo “estoy haciendo la cena, después mejor ¿vale cariño?”, Murphy le contestó “tengo ganas de follar ahora, no después, así que venga”, la cogió en peso y se la llevó al dormitorio, no hubo preámbulos, se bajó los calzones, le bajó las bragas y se la metió duramente. No duró más de cuatro minutos, él se corrió, Betty no, eso no le importaba a Murphy.
Betty se limpió el chorreante semen que goteaba de su coño y se fue a mirar la cena, se había quemado. Le sirvió el plato apenas quemado a Murphy, el más negruzco se lo comió ella misma, el sabor era bastante parecido al carbón. Murphy probó un poco de la cena y dijo “¡esto sabe a rayos!, ¿qué puta basura es esto?, para una cosa que tienes que hacer y lo haces mal, no sabes hacer nada. Ahora no te vas a levantar hasta que no te comas los dos platos”, seguidamente escupió sobre ambos platos. Betty tomó una cucharada y le dio una arcada, debido al asco que le producía el escupitajo de Murphy. En cuanto vio esa reacción, tiró a Betty al suelo de una bofetada, “vas a aprender a hacerme caso por mis cojones”, dijo Murphy enfurecido pero con gran confianza en lo que decía, le parecía que era normal todo lo que estaba haciendo. Betty estaba en el suelo dolorida interiormente, pero por fuera parecía impasible. Murphy la levantó bruscamente y como si fuera su padre se quedó vigilando que se comiera los dos platos sin ningún gesto de repugnancia o similar.
Betty apenas podía hablar con sus amigas, Murphy le había enseñado que no era bueno hacer caso “a esas sucias rameras”, que sólo querían que se terminase la relación entre ambos, que únicamente podían confiar uno en el otro. Tampoco hablaba con su familia, pues Murphy decía que no entendían su amor, que le odiaban y le hacían sentir incómodo. No trabajaba porque Murphy no le dejaba. Betty hacía su vida en casa, salía para hacer la compra, Murphy debía supervisar la ropa que se ponía, si no le parecía bien le obligaba a cambiarse. Éstas eran algunas de las lecciones que debía aprender Betty, si quería que el amor entre ambos fuera permanente.
Betty verdaderamente quería estar con Murphy, le amaba por encima de todo, lo había dejado absolutamente todo de lado, incluso a ella misma, por estar con él, obedecía lo que le ordenaba, sus derechos humanos los había perdido, pero no le importaba porque amaba a ese hombre, pensaba “¿qué pesa más la dignidad y el orgullo propio o el amor?”, su respuesta era siempre la misma, estaba convencida de que ese amor era verdadero, sabía que Murphy la amaba a ella igual o más que ella a él.
Murphy llegó a casa, un mal día en el trabajo, una bronca del jefe explicaba ese enfado. Betty intentaba calmarle, le decía que no se preocupase, que todo iría bien, “¿tú qué sabrás? No tienes ni puta idea, ese hijo de perra me tiene manía”, contestaba Murphy, Betty seguía intentando calmarle “no es para tanto, no le des más vueltas”, Murphy la miró fijamente “estás de su parte desagradecida”, le cogió el brazo y empezó a retorcérselo “¡bésame los pies y pídeme perdón zorra!, ¡ahoraaaa!”, entre gemidos de sufrimiento Betty le hizo caso. Unas horas después, cuando estaban en la cama, Murphy se disculpaba por hacerle daño, pero no podía permitir que su mujer no estuviera de su parte al cien por cien, provocándole ese dolor recordaría esa imagen y no se volvería a repetir.
Betty iba cargada de bolsas de la compra, una amiga suya y su marido la vieron pasar y se ofrecieron a llevarla a casa para no tener que llevar todo ese peso. Murphy estaba asomado al balcón y vio que Betty salía del coche del marido de su amiga sonriendo mucho. Betty abrió la puerta, al cerrarla y sin esperarlo, un puñetazo sobre su cara hizo caer violentamente las bolsas al suelo y Betty quedó empotrada contra la pared, sangraba por la ceja “te dije que no te juntases con esa chusma, ¡no aprendes!” replicó Murphy, puso su mano contra su cara, pegándola con más fuerza contra la pared, “¿quieres ser un puta como tus amigas? ¿Es lo que quieres?” continuó replicando, Betty no contestó, “ahora no te ríes como antes ¿eh?, yo te haré reír” dijo Murphy, la arrastró de los pelos y empezó a darle puntapiés en la parte posterior de los muslos, Betty gritaba de dolor, sentía calambres en las piernas, apenas podía moverlas, “si escucho un grito más te corto la lengua”, volvió a añadir Murphy con ojos inyectados en sangre. Betty no paraba de gritar y llorar, Murphy cogió un calcetín, que estaba en un cubo con ropa limpia, y se lo metió en la boca a Betty para que se callase, las lágrimas caían por la cara de Betty como una cascada. Murphy empujó a Betty y se dio contra una mesa pequeña en la espinilla, los gemidos de Betty se escuchaban a pesar del calcetín que llevaba en la boca, su cuerpo se contraía, sufría espasmos del dolor, seguramente al chocar contra la mesa se había roto algún hueso. La enseñanza del profesor/marido Murphy continuó durante un largo rato, pero a Betty ya nada le importaba, el dolor ya no iba a aumentar, pues su mayor dolor no era físico…
Al día siguiente, Murphy llegó a casa a la hora de comer, como siempre, pero algo raro pasaba, siempre que iba a abrir la puerta ya sabía qué había de comer, el olor a comida a las 14:30 se hacía notar, esta vez no era así. Al entrar, Murphy saludó “Hola cariño”, no recibió respuesta, Murphy, rápidamente, se dio cuenta que Betty no estaba. Murphy empezó a enfurecerse, no estaba su comida hecha, él se mataba a trabajar para que después nadie le diese la bienvenida, ya estaba tramando que haría con Betty cuando llegase, quizá debía ser más severo con ella... Un par de horas más tarde, esa ira que sentía Murphy se había transformado en confusión, en preocupación, ¿y si Betty se había marchado y le había abandonado?, empezó a sentirse muy arrepentido por lo que había pasado la noche anterior. Caminaba de un lado de la casa a otro, meditando, mordiéndose las uñas, el nerviosismo que sentía le hacía temblar, volvieron las películas a su mente, quizás le había denunciado a la policía, pero pensaba que Betty le quería demasiado como para hacerle eso, quizá se había marchado con otro hombre, empezó a golpear la pared mientras lloraba de rabia, probablemente se rompió una mano.
Sobre las 21:00 sonó el teléfono. Murphy lo cogió, una voz femenina tremendamente triste y con mucho odio dijo gritando entre llantos “Eres un desgraciado…ojala te mueras…mi hermana se ha suicidado por tu culpa…” la voz femenina colgó, era la hermana de Betty. Murphy, incrédulo, se quedó mirando el teléfono, no podía procesar esa corta pero rotunda información. Después de una hora mirando fijamente el suelo, comenzó a llorar, la imagen de Betty estaba en su mente, tanto con los ojos cerrados como abiertos, únicamente la veía a ella, creía que él era el culpable, pero a la vez pensaba que lo había hecho bien, sólo quería estar junto a Betty para siempre, y ese método de enseñanza era el único que permitía mantener el amor entre ambos infranqueable. Sin ella ya no tenía sentido la vida, no tenía amigos, el trabajo no le agradaba, su familia le despreciaba, no tenía hobbies, vivía por y para Betty. Sacó una pistola que tenía en la mesita de noche, la cargó, sin miramientos se puso la pistola en la sien y, tras recordar un beso entre él y Betty, apretó el gatillo.
Tres semanas después, Murphy abrió a duras penas los ojos, estaba muy cansado y dolorido, vio muy borrosa una imagen que le resultaba familiar, no podía ser cierto, pero sí, era Betty, Murphy pensó “estoy muerto”, pero no lo estaba. Betty estaba muy viva, algo en su mirada había cambiado, ya no tenía miedo, miró a Murphy y le dijo “pensaba que el amor era más importante que la dignidad o el orgullo y estaba en lo cierto, así es, pero el realmente importante es el amor por uno mismo, contigo no me amaba a mí misma, gracias por hacer que me diese cuenta”, sin dejar que Murphy hablase y se diese cuenta de si aquello era real o si estaba muerto, Betty apagó el respirador que proporcionaba oxígeno a Murphy. Sus ojos se fueron cerrando, no podía respirar por sí mismo, sentía agonía, se fue amoratando, se estaba quedando sin aire, hasta que sus ojos se cerraron…

Por discípulo de Maestro Sho-Hai...