lunes, 21 de mayo de 2012

El miedo nunca puede ser amor

Murphy se quedaba mirando a su mujer, sangrando por la nariz y con marcadas heridas de cinturón en la espalda. Él se sentía mal por lo que había hecho, pero Betty debía aprender, era por su bien, si quería que el amor que había entre ambos durase para siempre, debía aprender. El castigo, la humillación mediante insultos, desprecio, inmaculada obediencia…esa era la única forma de aprender, Betty aun no conocía esta forma de asimilar las cosas, este tipo de educación era desconocida para ella, Murphy sería su profesor particular.
Betty debía levantarse todos los días antes que Murphy, éste debía tener el desayuno preparado cuando se despertase, Betty sabía las consecuencias que tenía no llevar acabo este asunto. No bastaba con hacerlo, ni incluso parecer que quería hacerlo, había que querer hacerlo. Murphy sabía distinguir perfectamente cuándo Betty quería hacerlo y cuándo fingía una falsa ilusión, en esos casos debía reeducarla
Betty era una mujer muy bella de 32 años, algo demacrada por las cicatrices que quedaban tatuadas en su cara, de la dura educación a la que estaba sometida…de cuerpo estaba en muy buena forma, aunque tenía una leve cojera en la pierna izquierda, causada por una clase de reeducación de Murphy, consistente en una compilación de patadas y rodillazos en la cadera, que acabaron causando la cojera crónica y dolorosa de Betty.
Murphy tenía 37 años, trabajaba como electricista desde hacía 20 años, odiaba su oficio, amaba con toda su alma a Betty, siempre pensaba en ella, a todas horas. Sus pensamientos obsesivos creaban millones de películas con todo tipo de detalles, en esas películas el final siempre era el mismo, acababa perdiendo a Betty y eso no lo podía consentir de ningún modo, era su vida.
Murphy llegó de trabajar, subía por las escaleras, vio hablar a Betty con el vecino, Murphy se escondió para evitar ser visto por ambos, era valiente con Betty pero un auténtico cobarde con el resto de personas, al acabar la conversación Betty volvió a casa y cerró, seguidamente entró Murphy lleno de ira en casa. Betty dijo “hola cariño”, Murphy sin titubeo alguno cogió de la cabeza a Betty y se la llevó al retrete, hundió su cara en él y tiró de la cadena mientras gritaba “límpiate la boca hija de puta, como te vuelva a ver hablando con ese mamón te juro que te mato”, Betty intentaba respirar cuando Murphy la sacaba del retrete, les costaba mucho trabajo, sentía mucha angustia y miedo. Al cabo de 5 minutos todo acabó, Murphy soltó la cabeza de Betty, ella se puso a llorar, él le decía con una voz dulce “cariño ya está, ya pasó, lo irás comprendiendo poco a poco, te quiero, eres mi vida” mientras le besaba su mojada cara.
Esa misma noche, Betty se mostraba feliz haciendo la cena, verdaderamente feliz no fingía para nada. Mientras Betty hacía la cena, Murphy empezó a sentirse cachondo, tenía ganas de descargar, se dirigió a la cocina y sin preguntar le puso la mano en el coño a Betty, ella dijo “estoy haciendo la cena, después mejor ¿vale cariño?”, Murphy le contestó “tengo ganas de follar ahora, no después, así que venga”, la cogió en peso y se la llevó al dormitorio, no hubo preámbulos, se bajó los calzones, le bajó las bragas y se la metió duramente. No duró más de cuatro minutos, él se corrió, Betty no, eso no le importaba a Murphy.
Betty se limpió el chorreante semen que goteaba de su coño y se fue a mirar la cena, se había quemado. Le sirvió el plato apenas quemado a Murphy, el más negruzco se lo comió ella misma, el sabor era bastante parecido al carbón. Murphy probó un poco de la cena y dijo “¡esto sabe a rayos!, ¿qué puta basura es esto?, para una cosa que tienes que hacer y lo haces mal, no sabes hacer nada. Ahora no te vas a levantar hasta que no te comas los dos platos”, seguidamente escupió sobre ambos platos. Betty tomó una cucharada y le dio una arcada, debido al asco que le producía el escupitajo de Murphy. En cuanto vio esa reacción, tiró a Betty al suelo de una bofetada, “vas a aprender a hacerme caso por mis cojones”, dijo Murphy enfurecido pero con gran confianza en lo que decía, le parecía que era normal todo lo que estaba haciendo. Betty estaba en el suelo dolorida interiormente, pero por fuera parecía impasible. Murphy la levantó bruscamente y como si fuera su padre se quedó vigilando que se comiera los dos platos sin ningún gesto de repugnancia o similar.
Betty apenas podía hablar con sus amigas, Murphy le había enseñado que no era bueno hacer caso “a esas sucias rameras”, que sólo querían que se terminase la relación entre ambos, que únicamente podían confiar uno en el otro. Tampoco hablaba con su familia, pues Murphy decía que no entendían su amor, que le odiaban y le hacían sentir incómodo. No trabajaba porque Murphy no le dejaba. Betty hacía su vida en casa, salía para hacer la compra, Murphy debía supervisar la ropa que se ponía, si no le parecía bien le obligaba a cambiarse. Éstas eran algunas de las lecciones que debía aprender Betty, si quería que el amor entre ambos fuera permanente.
Betty verdaderamente quería estar con Murphy, le amaba por encima de todo, lo había dejado absolutamente todo de lado, incluso a ella misma, por estar con él, obedecía lo que le ordenaba, sus derechos humanos los había perdido, pero no le importaba porque amaba a ese hombre, pensaba “¿qué pesa más la dignidad y el orgullo propio o el amor?”, su respuesta era siempre la misma, estaba convencida de que ese amor era verdadero, sabía que Murphy la amaba a ella igual o más que ella a él.
Murphy llegó a casa, un mal día en el trabajo, una bronca del jefe explicaba ese enfado. Betty intentaba calmarle, le decía que no se preocupase, que todo iría bien, “¿tú qué sabrás? No tienes ni puta idea, ese hijo de perra me tiene manía”, contestaba Murphy, Betty seguía intentando calmarle “no es para tanto, no le des más vueltas”, Murphy la miró fijamente “estás de su parte desagradecida”, le cogió el brazo y empezó a retorcérselo “¡bésame los pies y pídeme perdón zorra!, ¡ahoraaaa!”, entre gemidos de sufrimiento Betty le hizo caso. Unas horas después, cuando estaban en la cama, Murphy se disculpaba por hacerle daño, pero no podía permitir que su mujer no estuviera de su parte al cien por cien, provocándole ese dolor recordaría esa imagen y no se volvería a repetir.
Betty iba cargada de bolsas de la compra, una amiga suya y su marido la vieron pasar y se ofrecieron a llevarla a casa para no tener que llevar todo ese peso. Murphy estaba asomado al balcón y vio que Betty salía del coche del marido de su amiga sonriendo mucho. Betty abrió la puerta, al cerrarla y sin esperarlo, un puñetazo sobre su cara hizo caer violentamente las bolsas al suelo y Betty quedó empotrada contra la pared, sangraba por la ceja “te dije que no te juntases con esa chusma, ¡no aprendes!” replicó Murphy, puso su mano contra su cara, pegándola con más fuerza contra la pared, “¿quieres ser un puta como tus amigas? ¿Es lo que quieres?” continuó replicando, Betty no contestó, “ahora no te ríes como antes ¿eh?, yo te haré reír” dijo Murphy, la arrastró de los pelos y empezó a darle puntapiés en la parte posterior de los muslos, Betty gritaba de dolor, sentía calambres en las piernas, apenas podía moverlas, “si escucho un grito más te corto la lengua”, volvió a añadir Murphy con ojos inyectados en sangre. Betty no paraba de gritar y llorar, Murphy cogió un calcetín, que estaba en un cubo con ropa limpia, y se lo metió en la boca a Betty para que se callase, las lágrimas caían por la cara de Betty como una cascada. Murphy empujó a Betty y se dio contra una mesa pequeña en la espinilla, los gemidos de Betty se escuchaban a pesar del calcetín que llevaba en la boca, su cuerpo se contraía, sufría espasmos del dolor, seguramente al chocar contra la mesa se había roto algún hueso. La enseñanza del profesor/marido Murphy continuó durante un largo rato, pero a Betty ya nada le importaba, el dolor ya no iba a aumentar, pues su mayor dolor no era físico…
Al día siguiente, Murphy llegó a casa a la hora de comer, como siempre, pero algo raro pasaba, siempre que iba a abrir la puerta ya sabía qué había de comer, el olor a comida a las 14:30 se hacía notar, esta vez no era así. Al entrar, Murphy saludó “Hola cariño”, no recibió respuesta, Murphy, rápidamente, se dio cuenta que Betty no estaba. Murphy empezó a enfurecerse, no estaba su comida hecha, él se mataba a trabajar para que después nadie le diese la bienvenida, ya estaba tramando que haría con Betty cuando llegase, quizá debía ser más severo con ella... Un par de horas más tarde, esa ira que sentía Murphy se había transformado en confusión, en preocupación, ¿y si Betty se había marchado y le había abandonado?, empezó a sentirse muy arrepentido por lo que había pasado la noche anterior. Caminaba de un lado de la casa a otro, meditando, mordiéndose las uñas, el nerviosismo que sentía le hacía temblar, volvieron las películas a su mente, quizás le había denunciado a la policía, pero pensaba que Betty le quería demasiado como para hacerle eso, quizá se había marchado con otro hombre, empezó a golpear la pared mientras lloraba de rabia, probablemente se rompió una mano.
Sobre las 21:00 sonó el teléfono. Murphy lo cogió, una voz femenina tremendamente triste y con mucho odio dijo gritando entre llantos “Eres un desgraciado…ojala te mueras…mi hermana se ha suicidado por tu culpa…” la voz femenina colgó, era la hermana de Betty. Murphy, incrédulo, se quedó mirando el teléfono, no podía procesar esa corta pero rotunda información. Después de una hora mirando fijamente el suelo, comenzó a llorar, la imagen de Betty estaba en su mente, tanto con los ojos cerrados como abiertos, únicamente la veía a ella, creía que él era el culpable, pero a la vez pensaba que lo había hecho bien, sólo quería estar junto a Betty para siempre, y ese método de enseñanza era el único que permitía mantener el amor entre ambos infranqueable. Sin ella ya no tenía sentido la vida, no tenía amigos, el trabajo no le agradaba, su familia le despreciaba, no tenía hobbies, vivía por y para Betty. Sacó una pistola que tenía en la mesita de noche, la cargó, sin miramientos se puso la pistola en la sien y, tras recordar un beso entre él y Betty, apretó el gatillo.
Tres semanas después, Murphy abrió a duras penas los ojos, estaba muy cansado y dolorido, vio muy borrosa una imagen que le resultaba familiar, no podía ser cierto, pero sí, era Betty, Murphy pensó “estoy muerto”, pero no lo estaba. Betty estaba muy viva, algo en su mirada había cambiado, ya no tenía miedo, miró a Murphy y le dijo “pensaba que el amor era más importante que la dignidad o el orgullo y estaba en lo cierto, así es, pero el realmente importante es el amor por uno mismo, contigo no me amaba a mí misma, gracias por hacer que me diese cuenta”, sin dejar que Murphy hablase y se diese cuenta de si aquello era real o si estaba muerto, Betty apagó el respirador que proporcionaba oxígeno a Murphy. Sus ojos se fueron cerrando, no podía respirar por sí mismo, sentía agonía, se fue amoratando, se estaba quedando sin aire, hasta que sus ojos se cerraron…

Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

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