Eran las cuatro de la tarde de un
día lluvioso. Mark y Marta bebían cervezas en un bar céntrico de la ciudad.
-Si hay algo que odio son esos
silencios incomodos –apuntó Marta-. Esos en los que la tensión se puede cortar
con un cuchillo.
-Yo creo que aclaran muchas
cosas, no hay que menospreciarlos –aclaró Mark sin hacer demasiado hincapié en
esa conversación. Parecía no interesarle.
-Puede ser. Pero no hay manera de
salir de un silencio incómodo si no es diciendo alguna tontería o fingiendo una
llamada telefónica. En esos momentos desearía que me llamasen los de las
compañías de teléfonos para ofrecerme tarifas. ¿Dónde están cuando realmente
los necesitas? –Marta se reía mientras jugueteaba con las aceitunas rellenas.
-Esos cabrones solo llaman a la
hora de la siesta.
-Sí, y también te mandan el
típico mensaje diciendo que has llegado a tu tope de consumo a las cinco de la
madrugada.
-¿Esas son las llamadas o
mensajes que recibes tú a las cinco de la mañana? –por fin hubo algo que
consiguió despertar el interés de Mark en la conversación.
-Bueno sí. Esas y las de algún
amigo que necesita algo.
-¿Y te llaman a esas horas si
necesitan algo? –Mark apuntó incrédulo.
-Hombre, si les he dicho que si
tenían un problema podían contar conmigo. Si estaban deprimidos o algo les
robaba el sueño, antes de actuar precipitadamente que contasen con mi ayuda si
la precisaban; no veo nada mal en que llamen… -Marta se colgó una medalla de
buena samaritana, aunque no consiguió convencer a Mark.
-A esa hora únicamente se llama
por tres motivos a parte de por una emergencia real y todo ese tipo de cosas
–Mark iba a formular su gran teoría, para lo que se preparó dando un buen trago
de su cerveza-. La primera es, que estas arrepentido por algo y no puedes
esperar más a pedir perdón o comunicárselo a la otra persona, la otra es porque
a esas horas se tiene el valor de decir cosas que por la mañana y la tarde no
se tienen, el alcohol ayuda en esto; y la última es sexo. –Al finalizar su
explicación Mark apuró toda la jarra con aire victorioso y orgulloso.
-Pues no estoy de acuerdo Mark.
–No tardó nada Marta en quitarle mérito a su teoría.
-Eso es porque nunca has recibido la llamada de las cinco de la mañana…
-Pues no Mark. Nunca he recibido
una llamada así a las cinco de la mañana –replico Marta con tono burlón.
-Pues cuando la recibas, quizá
comprenderás lo que intento decir.
Además, tienes que hablar con propiedad: no es una llamada a las cinco de la mañana, es la llamada de las cinco de
la mañana –volvió a crecerse Mark aunque ya no le quedaba cerveza para celebrar
sus palabras.
-Lo que tú digas Mark. Pero que
sepas que discrepo contigo en eso –añadió Marta haciendo un movimiento de ojos
lateral y juntando los labios.
Los dos amigos pagaron la cuenta
del bar y se dirigieron cada uno a sus respectivas casas. Mark entró en su
pequeño apartamento con un pensamiento rumiante en la cabeza. No sabía si
hacerle caso o deshacerse de él. Pensó que lo mejor era servirse una copa de
vino y ver alguna película, hacer algo que distrajera su mente. En la televisión
sólo se veía a tertulianos casi analfabetos haciendo ostentación de sus
carencias culturales y mostrando su lado más ruin y necio. Decidió entonces
salir al balcón a echar un vistazo a la ciudad cubierta por un leve manto de
agua. Hacía frio y finalmente decidió entrar. La lluvia limpió su mente e hizo
que sin más preámbulos fuese directo al ordenador a comprar un billete de avión
para la Ciudad Condal que despegaba la semana próxima.
-¿Sí? ¿Quién es? –preguntó Julia
con voz de dormida.
-Hola Julia. Soy yo, Mark.
¿Estabas dormida? Pensaba que habrías salido a dar una vuelta… -se excusó Mark
al que se le oía con un tremendo jaleo de fondo.
-No. No he salido. ¿Pero qué hora
es por el amor de Dios? ¿Y por qué me llamas a estas horas? – dijo Julia con
cierto enfado.
-Son las cinco de la mañana y
pensaba que estarías de fiesta y bueno, yo estoy en la ciudad.
-¡Ah, estas aquí! –dijo Julia con
una mezcla entre sorpresa e incredulidad.
-Sí, bueno. Y… no es sólo eso… -añadió
Mark atropelladamente.
-¿Ah, no? ¿Y qué más hay?
–preguntó Julia con mucha intriga.
-Pues… que te echo de menos.
Por Stankowski.
Por Stankowski.
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