Me
sobresalté. Coños voladores me rodeaban. Me apetecía comérmelos
todos, no dejar ninguno sin lamer. Los había de todos los tipos
imaginables, bien rasurados y apetecibles; cerraditos y rosados;
gruesos como para albergar una ciudad entera; abiertos, tan abiertos
que podía verse el agujero del culo tras él; con mucho pelo y
malolientes, aun así me apetecía comérmelo; arrugados; suaves;
negros; vírgenes...
Estaban
cerca de mí, pero a imposible alcance, pues no dejaban de revolotear
de un lado hacia otro y de nuevo al lugar de inicio, con esas alas
sin plumas. Hablaban entre ellos, en un lenguaje extraño, muy fino,
con un exquisito timbre de voz. Creo que querían decirme algo, pero
no entendía tales mensajes. Cierto es, que tampoco me esmeraba mucho
por comprenderlo.
Estaba
demasiado excitado. Mi pene daba saltos de júbilo, intentando
introducirse en alguna de aquellas madrigueras y poder sentir su
calor, un inigualable, y placentero, calor. Esa desmedida excitación
me impedía razonar, escuchar, casi muero de lo dura que la tenía,
no llegaba sangre a otro lugar de mi cuerpo, incluso se me olvidó
respirar...¡vaya coños!
Me
sentía en el paraíso, y los coños eran la fruta prohibida, ¡joder
yo quiero esas manzanas!, degustar esas vaginas del pecado.
Tras
un tiempo, cuando me habitué a estar rodeado de coños, empecé a
comprender lo que me querían decir esas almas voladoras. Primero sus
voces aparecían en un tono muy liviano, poco a poco fue aumentando
el volumen y, al final, aquellos mensajes resonaban en mi mente. No
dejaba de dolerme la cabeza, empecé a sangrar por los ojos, les
aparecieron dientes a aquellos coños y querían morderme la polla,
¡estaba cagado de miedo!. Repetían una y otra vez “no nos
prestas atención”, “no te importamos”, “no nos escuchas”,
“sólo nos utilizas”...
grité “¡Basta” y
me desperté, sudando. Miré a mi derecha, una japonesa me miraba.
Parecía enfadada, como si me hubiese estado hablando de algo
importante y me hubiese quedado dormido.
Me
levanté y me dirigí al servicio. Me mojé la cara, me miré en el
espejo, sí estaba bien peinado, y me bajé los pantalones a ver si
mi pene seguía allí. Regresé a la cama, creo que la japonesa
estaba más molesta que antes, cogió fuerzas para hablarme, quizás
gritarme, antes de que dijese nada le tapé la boca con la mano y le
comí el coño...
Por discípulo de Maestro Sho-Hai...
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