miércoles, 10 de octubre de 2012

Vaginas voladoras

Me sobresalté. Coños voladores me rodeaban. Me apetecía comérmelos todos, no dejar ninguno sin lamer. Los había de todos los tipos imaginables, bien rasurados y apetecibles; cerraditos y rosados; gruesos como para albergar una ciudad entera; abiertos, tan abiertos que podía verse el agujero del culo tras él; con mucho pelo y malolientes, aun así me apetecía comérmelo; arrugados; suaves; negros; vírgenes...
Estaban cerca de mí, pero a imposible alcance, pues no dejaban de revolotear de un lado hacia otro y de nuevo al lugar de inicio, con esas alas sin plumas. Hablaban entre ellos, en un lenguaje extraño, muy fino, con un exquisito timbre de voz. Creo que querían decirme algo, pero no entendía tales mensajes. Cierto es, que tampoco me esmeraba mucho por comprenderlo.
Estaba demasiado excitado. Mi pene daba saltos de júbilo, intentando introducirse en alguna de aquellas madrigueras y poder sentir su calor, un inigualable, y placentero, calor. Esa desmedida excitación me impedía razonar, escuchar, casi muero de lo dura que la tenía, no llegaba sangre a otro lugar de mi cuerpo, incluso se me olvidó respirar...¡vaya coños!
Me sentía en el paraíso, y los coños eran la fruta prohibida, ¡joder yo quiero esas manzanas!, degustar esas vaginas del pecado.
Tras un tiempo, cuando me habitué a estar rodeado de coños, empecé a comprender lo que me querían decir esas almas voladoras. Primero sus voces aparecían en un tono muy liviano, poco a poco fue aumentando el volumen y, al final, aquellos mensajes resonaban en mi mente. No dejaba de dolerme la cabeza, empecé a sangrar por los ojos, les aparecieron dientes a aquellos coños y querían morderme la polla, ¡estaba cagado de miedo!. Repetían una y otra vez “no nos prestas atención”, “no te importamos”, “no nos escuchas”, “sólo nos utilizas”... grité “¡Basta” y me desperté, sudando. Miré a mi derecha, una japonesa me miraba. Parecía enfadada, como si me hubiese estado hablando de algo importante y me hubiese quedado dormido.
Me levanté y me dirigí al servicio. Me mojé la cara, me miré en el espejo, sí estaba bien peinado, y me bajé los pantalones a ver si mi pene seguía allí. Regresé a la cama, creo que la japonesa estaba más molesta que antes, cogió fuerzas para hablarme, quizás gritarme, antes de que dijese nada le tapé la boca con la mano y le comí el coño... 

Por discípulo de Maestro Sho-Hai... 

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