Ayer
estabas borracha. Y lejos. Y por culpa del vino, me hablaste. Supongo que hoy
te arrepientes de esa conversación, o tal vez no. Siempre fuiste opaca en estos
temas. Un día me dijiste que tenías miedo de enamorarte y de romperte el
corazón, como si estar conmigo fuese
saltar a un precipicio sin cuerda. Ya sabes que yo de persona cuerda tengo
poco, pero por ti en aquel momento me habría lanzado para que amortiguases ese
golpe en mis labios.
Ayer me
preguntaste si lo nuestro habría funcionado. No supe que contestar. Nunca he
sabido que es eso de “lo nuestro” o “estamos saliendo”. Yo solo quería estar a
tu lado cada noche, acariciando tus pecas en la oscuridad del cuarto. Es
increíble cómo no soy capaz de olvidarme, te aferras a mí como una garrapata a
un perro, y ni con vinagre te alejas. Solo con vino durante unas horas, y en
camas ajenas durante minutos. Curiosamente en ambos casos me siento sucio y
muerto por dentro cuando acabo la botella, o me corro en coños que van pasando
sin recordarlos, porque no merecen la pena. El tuyo tenía una pequeña
asimetría, y puedo paladear todavía aquel sabor que me encendía como ningún
otro. Pero he sido expulsado del paraíso que son tus piernas, condenado a vagar
por el mundo con un recuerdo anhelante y una sonrisa de tristeza, buscando
eternamente algo que no podré volver a encontrar.
Es
increíble como con solo unas palabras vuelves a despertar a las mariposas, que
cuando parece que están entre cenizas aletean una penúltima vez, y yo aquí sin
poder evitarlo. Joder, no aprendo. No hay forma. O no la he encontrado. Qué se
yo.
Carlos Pelerowski..
No hay comentarios:
Publicar un comentario