martes, 8 de mayo de 2012

El rincón del pánico

Habitación oscura, suciedad por doquier,
ruidos inhóspitos que hielan la piel,
mariposas mueren al entrar,
madera podrida apunto de resquebrajar.

Olor a sudor y semen,
 alfombra raída con restos de vómito,
cucarachas correteando en la penumbra,
chirrido ventanal…dejando el aire pasar.

Cuadros antiguos,
en descuidados marcos,
armarios gigantes,
con pomos brillantes.

Fotos repugnantes en el suelo desperdigadas,
marionetas de plástico en las paredes pegadas.
Libros y símbolos satánicos decoran el lugar,
murmullos que se escuchan sin nadie siquiera hablar.

Una vieja radio emite una pavorosa melodía,
la mismísima muerte de miedo se cagaría.
La caja de Pandora ha sido allí vaciada,
no hay lugar para la bondad...sólo lágrimas derramadas.

¿Qué es el amor? se pregunta aquella habitación,
 sábanas manchadas de sangre en el destrozado aparador.
En la mesilla de noche un sándwich de gusanos
y una fundida lámpara de cobre desgastado.

Una lluvia torrencial
hace más infernal aquel lugar,
un charco que se crea
gota a gota, por culpa de una gotera.

Telarañas en el cabecero de la cama,
cristales de botellas de vodka cubren vacías botellas de vodka.
Marcas de uñas rasgan las puertas,
colillas formando una figura no resuelta.

Un gato negro con ojos rojos follándose un perro blanco,
el perro tiembla,
el gato abusa,
una imagen tétrica.  

Una niña agachada e intentando no ser vista,
en el rincón de la habitación,
harapientas ropas cubren su cuerpo,
parece asustada, realmente asustada.

Un zorro y un búho disecados,
encima de una repisa de mármol yacen colgados.
El sonido de un violento violonchelo
crea un ambiente maquiavélico.

Losetas rotas y moho entre sus juntas,
un verde-negruzco moho.
El vaivén del viento mueve las ramas de un árbol,
entrechocando estridentemente contra el ventanal.

Se escuchan pasos acercarse a la entrada,
la niña aterrada llora desconsolada,
intentando en el armario gigante esconderse,
sin poder lograrlo…pues éste se encuentra cerrado.

Las pisadas están próximas,
la niña temblorosa busca de forma apresurada,
una llave dorada bajo la almohada,
abridora de la cómoda cerrada.

Consigue abrir aquél armario,
un espeso olor cubre de repente la habitación,
miembros de niños pequeños en su interior,
la puerta se abre, la cría gira la cabeza, ve su perdición…

Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

lunes, 7 de mayo de 2012

La cajera del supermercado

Lucca hizo que aquella mujer se corriera de placer. La miró allí tumbada, agotada, sin parar de murmurar “el mejor polvo de mi vida, el mejor polvo de mi vida…” sonrío y se marchó.

Lucca caminaba por la calle buscando su siguiente presa, investigando qué mujer sería la afortunada de poder disfrutar de aquella máquina sexual. Vio a una mujer de unos 40 años, muy delgada, con arrugas, apreciables a pesar del maquillaje, se acercó a ella sin decir nada, ella le miró de reojo extrañada. Aquella mujer comenzó a andar cada vez más deprisa, Lucca la seguía sin decir nada, la mujer comenzaba a ponerse nerviosa, no sabía qué hacer, de repente notó algo duro en su trasero, se giró y vio a Lucca pegado a su culo, le dijo “¿la sientes?”, ella había notado algo muy duro y bastante grande, llevaba mucho tiempo sin follar aquella mujer, pero sentía repugnancia y miedo por aquel hombre cercano a la treintena. La mujer siguió hacia delante, Lucca no la siguió, ella cruzó la esquina y al ver que Lucca no la seguía se frenó de golpe, esperando ver si aparecía aquel hombre, al no aparecer ella retrocedió sobre sus pasos y vio a Lucca esperándola en el mismo lugar, sonriendo. La anónima mujer se acercó a Lucca y le dijo “ven a mi casa y haz que sienta esa polla”, se fueron juntos. La mujer sacó las llaves del bolso, abrió la puerta, entraron ambos, cerró la puerta. Ella le preguntó a Lucca si quería beber algo, Lucca se había bajado los pantalones y los calzoncillos, aquel pollón iluminó la mirada de la mujer, se acercó rápidamente y se lo introdujo en su húmeda boca, tenía mucha experiencia comiendo pollas. Lucca la levantó en peso, la puso mirando hacia el sofá y le dijo “muerde el cojín”, seguido se la metió sin piedad. Terminaron, el coño de aquella mujer estaba rebosante de su propio corrido y de corrido ajeno, goteaba en el suelo. Lucca se vistió, la mujer preguntó su nombre, Lucca no contestó, abrió la puerta, salió y suavemente cerró la puerta. Un hombre con su hijo pequeño sacaba las llaves de su casa, con cara de asombro miró a Lucca, le preguntó “¿quién eres tú?¿qué hacías en mi casa?”, Lucca no contestó.


Lucca estaba bebiendo cerveza en un bareto de poca monta, la camarera era una jovencita de 20 años, él le tiraba la caña cada vez que pasaba por su lado, ella no le prestaba atención. La camarera se estaba cansando de aquel tipo. Lucca estaba tremendamente borracho, no dejaba de mirarle las tetas sin ningún tipo de discreción, ella se sentía incómoda. Quedaban tres tipos en el bar, uno de ellos era Lucca, la camarera fue al almacén para reponer bebidas, Lucca la siguió sin que ella se diese cuenta. La agarró fuerte por detrás, ella empezó a forcejear para intentar soltarse, él le dio la vuelta, la miró a los ojos, la besó, ella le escupió, la volvió a besar, ella le mordió, la volvió a besar, ella le besó, se bajó las bragas, Lucca se la metió, ella gritó de dolor, aquello era muy grande, él se la metió más fuerte, volvió a gritar de dolor, una vez más se la introdujo, ella gimió de placer. Ella se corrió una vez, se volvió a correr, llegó un tercer orgasmo. Le dolía el coño, le suplicaba a Lucca que eyaculase, él le hizo caso. Salieron del almacén, la camarera tenía la cara roja, estaba relajada, muy relajada y feliz. Lucca cogió la cerveza sin acabar que se había dejado en la barra y se fue.


Lucca abandonó un departamento, fue a cerrar la puerta, una mujer de 35 años evitó que la cerrará, estaba en batín, debajo no llevaba nada, acababan de follar. Janina le dijo a Lucca “llámame por favor, tienes que volver a hacerme disfrutar como lo has hecho hoy”, Lucca se rascó la entrepierna, la miró, sonrió y dijo “no te llamaré, tu coño me aburre”, bajó las escaleras y se fue.


Lucca estaba en el supermercado comprando vino y algo de comer. Llegó a la caja, pagó lo que le dijo la cajera, ésta le dio las vueltas y le dejó escrito su número de teléfono. Lucca se quedó sorprendido, incluso bloqueado, nunca le había ocurrido aquello. Llegó a su casa, abrió el vino, bebió con el número de teléfono de la cajera en la mano, lo miraba mientras bebía. Dudaba en llamarla o no, mientras lo pensaba seguía bebiendo. Se decidió a llamar. Quedaron en casa de Lucca, llegó la cajera, con una blusa con un gran escote y unos pantalones pitillo. Lucca le preguntó si quería tomar algo, ella le cogió y lo sentó en una butaca, le bajó los pantalones, también se bajó los suyos, se apartó el tanga y se metió el rabo entero. Lucca no se lo imaginaba, aquello no podía estar pasando de ese modo, ella no hizo ningún comentario sobre aquel descomunal aparato, entró como la seda, la quinta vez que la cajera se levantó y volvió a caer de modo brusco en el falo de Lucca, éste se corrió. Nunca le había pasado aquello, había durado menos de dos minutos, ella rió, se colocó el tanga y se marchó de forma burlona. Lucca se quedó en la butaca fastidiado, muy relajado por haberse corrido pero muy enfurecido por cómo había pasado todo, no podía ser que no fuese esa máquina sexual que él siempre era, no podía ser que aquella mujer no hubiese llegado al clímax, se sentía humillado. Rápidamente se puso los pantalones y fue en busca de la cajera, ésta estaba apunto de bajar las escaleras cuando Lucca la alcanzó de la cabellera, la estampó contra la pared y la tiró con inmensa ira por las escaleras, la cajera murió.
Lucca volvió a casa, se sentó, miró su pene y dijo “no vuelvas a fallarme, todo lo que soy eres tú”.


Por discípulo de Maestro Sho-Hai...

domingo, 6 de mayo de 2012

Sonrisas.


La sonrisa, o lo que es lo mismo
el reflejo del alma.

Las hay malévolas,
cuando el asesino sonríe
antes de apretar el gatillo.
Las hay siniestras,
como la de aquel payaso
que resultó llevar un disfraz
y tocar a los niños
en lugares que es mejor callar.
La sonrisa demoníaca
del psicópata que se cuela en la casa,
y después de violar a tu esposa,
te atraviesa con un cuchillo
sin poder dejar de reír.

Pero también hay bellas sonrisas.
Las de aquellos niños,
los del Pabellón de Oncología,
que sonreían sólo por el hecho
de poder hacerlo un día más.
La madre que después de tanto tiempo,
logra ver a su hijo por fin,
sin rastros de picaduras
en sus venas.

Y como olvidar la sonrisa de despúes.
De después de entregarlo todo,
de después de sentirte el rey del mundo.
De después de ayudar a un anciano.
De después de echar un buen polvo.
De después de mirar atrás,
de saber que lo has hecho bien,
de no temer, de poder irte
para siempre,
con la sonrisa más bella
que nadie jamás pueda ver.




Por Henry Borowski...

sábado, 5 de mayo de 2012

La llamada de las cinco de la madrugada


 Eran las cuatro de la tarde de un día lluvioso. Mark y Marta bebían cervezas en un bar céntrico de la ciudad.
-Si hay algo que odio son esos silencios incomodos –apuntó Marta-. Esos en los que la tensión se puede cortar con un cuchillo.
-Yo creo que aclaran muchas cosas, no hay que menospreciarlos –aclaró Mark sin hacer demasiado hincapié en esa conversación. Parecía no interesarle.
-Puede ser. Pero no hay manera de salir de un silencio incómodo si no es diciendo alguna tontería o fingiendo una llamada telefónica. En esos momentos desearía que me llamasen los de las compañías de teléfonos para ofrecerme tarifas. ¿Dónde están cuando realmente los necesitas? –Marta se reía mientras jugueteaba con las aceitunas rellenas.
-Esos cabrones solo llaman a la hora de la siesta.
-Sí, y también te mandan el típico mensaje diciendo que has llegado a tu tope de consumo a las cinco de la madrugada.
-¿Esas son las llamadas o mensajes que recibes tú a las cinco de la mañana? –por fin hubo algo que consiguió despertar el interés de Mark en la conversación.
-Bueno sí. Esas y las de algún amigo que necesita algo.
-¿Y te llaman a esas horas si necesitan algo? –Mark apuntó incrédulo.
-Hombre, si les he dicho que si tenían un problema podían contar conmigo. Si estaban deprimidos o algo les robaba el sueño, antes de actuar precipitadamente que contasen con mi ayuda si la precisaban; no veo nada mal en que llamen… -Marta se colgó una medalla de buena samaritana, aunque no consiguió convencer a Mark.
-A esa hora únicamente se llama por tres motivos a parte de por una emergencia real y todo ese tipo de cosas –Mark iba a formular su gran teoría, para lo que se preparó dando un buen trago de su cerveza-. La primera es, que estas arrepentido por algo y no puedes esperar más a pedir perdón o comunicárselo a la otra persona, la otra es porque a esas horas se tiene el valor de decir cosas que por la mañana y la tarde no se tienen, el alcohol ayuda en esto; y la última es sexo. –Al finalizar su explicación Mark apuró toda la jarra con aire victorioso y orgulloso.
-Pues no estoy de acuerdo Mark. –No tardó nada Marta en quitarle mérito a su teoría.
-Eso es porque nunca has recibido la llamada de las cinco de la mañana…
-Pues no Mark. Nunca he recibido una llamada así a las cinco de la mañana –replico Marta con tono burlón.
-Pues cuando la recibas, quizá comprenderás  lo que intento decir. Además, tienes que hablar con propiedad: no es una llamada a las cinco de la mañana, es la llamada de las cinco de la mañana –volvió a crecerse Mark aunque ya no le quedaba cerveza para celebrar sus palabras.
-Lo que tú digas Mark. Pero que sepas que discrepo contigo en eso –añadió Marta haciendo un movimiento de ojos lateral y juntando los labios.

Los dos amigos pagaron la cuenta del bar y se dirigieron cada uno a sus respectivas casas. Mark entró en su pequeño apartamento con un pensamiento rumiante en la cabeza. No sabía si hacerle caso o deshacerse de él. Pensó que lo mejor era servirse una copa de vino y ver alguna película, hacer algo que distrajera su mente. En la televisión sólo se veía a tertulianos casi analfabetos haciendo ostentación de sus carencias culturales y mostrando su lado más ruin y necio. Decidió entonces salir al balcón a echar un vistazo a la ciudad cubierta por un leve manto de agua. Hacía frio y finalmente decidió entrar. La lluvia limpió su mente e hizo que sin más preámbulos fuese directo al ordenador a comprar un billete de avión para la Ciudad Condal que despegaba la semana próxima.

-¿Sí? ¿Quién es? –preguntó Julia con voz de dormida.
-Hola Julia. Soy yo, Mark. ¿Estabas dormida? Pensaba que habrías salido a dar una vuelta… -se excusó Mark al que se le oía con un tremendo jaleo de fondo.
-No. No he salido. ¿Pero qué hora es por el amor de Dios? ¿Y por qué me llamas a estas horas? – dijo Julia con cierto enfado.
-Son las cinco de la mañana y pensaba que estarías de fiesta y bueno, yo estoy en la ciudad.
-¡Ah, estas aquí! –dijo Julia con una mezcla entre sorpresa e incredulidad.
-Sí, bueno. Y… no es sólo eso… -añadió Mark atropelladamente.
-¿Ah, no? ¿Y qué más hay? –preguntó Julia con mucha intriga.
-Pues… que te echo de menos.

Por Stankowski.

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Quién es el hijo de perra?

Frank tenía 15 años y quería tener con todas sus fuerzas un perro, era su mayor deseo. Después de insistirle mucho a sus padres, al fin consiguió su propósito y en su decimosexto aniversario sus padres le regalaron el perro que tanto ansiaba. Era un pequeño chucho de la perrera, una pequeña bola de pelo, apenas tenía un mes de vida. Frank al verlo se enamoró rápidamente de él, fue recíproco, la conexión entre ambos fue inmediata, decidió llamarle Bobby, un nombre muy poco común para un perro.
Todos los días Frank sacaba a pasear a Bobby, 3 veces al días, lo limpiaba, lo cuidaba, le daba de comer, a cambio Bobby le daba todo su cariño perruno, la fidelidad que sólo un perro puede dar, eran muy felices ambos.
Bobby tenía 4 años y Frank 19. Frank iba a la universidad, cuando llegaba a casa, Bobby siempre le daba la bienvenida tirándosele encima, le lamía la cara, todos los problemas que Frank tenía en la universidad, con sus amigos, sus padres o con su pareja, Bobby hacía que se disiparan. Bobby era un perro muy bueno, se quedaba quieto cuando había que bañarlo, no se orinaba o cagaba en casa, siempre daba cariño, no se peleaba con otros perros, no mordía las zapatillas…
Bobby tenía 7 años y Frank 22. Frank se había ido a vivir solo, se había llevado a Bobby con él. Frank ya no prestaba tanta atención a Bobby, no le sacaba tanto a pasear, no jugaba apenas con él, sin embargo, Bobby seguía mostrándole la misma fidelidad y cariño que siempre, no sabía hacer otra cosa que no fuera querer a su dueño. Frank daba más importancia a otras cosas como jugar a la videoconsola, emborracharse con sus amigos en casa y burlarse de Bobby, quedar con su novia, la mayoría de cosas habían pasado a un nivel de mayor relevancia que Bobby. Para Bobby no había cambiado, la prioridad seguía siendo Frank, no le reprochaba que no se centrará tanto en él, parecía que no le importará esta cuestión, ya que él siempre se comportaba igual con Frank, aunque éste le prestase más o menos atención.
Bobby tenía 9 años y Frank 24. Frank estaba cansado de Bobby, no le gustaba que siempre le recibiera con esa alegría que le mostraba Bobby, ya no le gustaba tener que bañar a Bobby, tener que comprarle comida, tener que sacarlo, en realidad, ya apenas lo hacía, y cuando lo hacía decía “venga chucho mea y caga rápido que no tengo ganas de estar aquí”, aunque le dijese eso, Bobby parecía realmente feliz al pasear con su dueño, movía la cola de lado a lado de forma efusiva, se frotaba con Frank cariñosamente, gesto al que Frank respondía con cara de desprecio. Bobby no dejaba de comportarse como ese amigo fiel que siempre había sido para Frank, aunque para Frank Bobby se había convertido en una carga, prefería no verlo más, parecía que Frank se había olvidado de todos los momentos malos que había tenido y que Bobby siempre había estado allí dándole su leal cariño.
Bobby tenía 10 años y Frank 25. Frank pagaba con Bobby todos los males que le ocurrían en su vida, había roto con su novia, iba a casa y pegaba a Bobby, el trabajo le iba mal, cuando volvía a casa Bobby le esperaba con su rabo eufórico, le lamía la cara, Frank le apartaba con furia, cogía un periódico, lo enrollaba y le azotaba. Bobby, tras cada castigo seguía queriendo del mismo modo que al principio a su amo, nunca le gruñó por ello, no mostró reproche alguno, siguió comportándose como un gran perro.
Bobby tenía 12 años y Frank 27. Frank se había vuelto un cascarrabias, odiaba la felicidad de los demás, sobre todo la de Bobby, se centraba en aspectos banales de la vida, se había vuelto totalmente egoísta, ya no sacaba a pasear a Bobby. Después de tres días sin salir, Bobby se meo en el piso de Frank, al verlo Frank cogió del collar a Bobby y lo estampó contra la pared, Bobby ni se inmutó. Frank lleno de ira cogió a Bobby, agarró las llaves del coche y salió de casa. Metió a Bobby en el coche y se fue. Llegó a una especie de bosque por donde no pasaba casi nadie, paró el coche, sacó a Bobby y allí lo dejó, arrancó el coche y se fue.
Frank llegó a casa, dejó las llaves del coche en la encimera de la cocina, se masturbó, se sentó en el sofá y se puso a jugar a la videoconsola, no había ningún atisbo de lástima o remordimientos en él. Bobby se quedó allí esperando a Frank, esperó y esperó…esperó durante dos semanas, hasta que murió por hambre o por tristeza, puede que por ambas. Segundos antes de morir Bobby, no parecía furioso con Frank, no había dejado de quererle, seguía queriendo estar con él, poderle ofrecer su compañía y cariño incondicional, no le echaba la culpa de pagar sus enfados con él, Bobby seguía sintiendo la conexión del primer día en que se conocieron…

Discípulo de Maestro Sho-Hai...