Aquí estaba él, con su ochentera, vieja y cansada piel. Tatuado
“hope” y “hate” en cada uno de sus nudillos. Tinta difusa por
el paso del tiempo. Imagino a ese guerrero caído hace uno años,
cuando aún tenía fuerzas para plantar cara al mundo, lo veo tras
sus ojos apagados, queriendo salir, pero temiendo una nueva derrota,
un nuevo revés, esta vez sabe que no podría levantarse. Sabe que
esos puños, que golpeaban el viento con tinta furiosa, ya no pueden
tumbar ni siquiera un espantapájaros. Simplemente conserva esas
palabras en sus nudillos, le recuerdan que un día luchó por
destruirlas, por exterminar todo sentimiento y significado de esas
palabras, pues toda su esperanza era poder destruir ese odio insondable. Hoy las mira desolado, lleno de ira, un odio que no pudo y ya no
puede expulsar. Odio acumulado en el fondo de su mar, un mar de
lágrimas cuyo barco no puede surcar. Ahora su guerra es cada paso,
un mundo nuevo que crear, un dolor más que soportar, es a todo a lo
que puede aspirar.
Adiós buen hombre, estés donde estés.
Por Edgar Kerouac.
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