Hoy soy una mosca. Mil ojos y ninguno ve. Y si la vista me abandona y
ya no puedo ver los barrotes de mi celda, un simple cristal se
convierte en el demonio de mi selva. Choco sin parar con la misma
piedra, piedra de cristal, que me incita y me vende libertad, para
terminar comiéndome una mierda. Estas alas de papel, sujetas a un
cordel, del cual tira una niña, jugueteando con un mechero que las
quiere ver prender. Cuando necesito ayuda, correteo por vuestra piel,
con llamadas sordas de auxilio, con lloros mudos sin gloria ni
placer. Desprecio en bofetadas, hoy no hay tarta, no hay pastel.
La mosca vuelve a casa, a la luz de un fluorescente, cuya silueta -la
cual se vislumbra en la pared- es la de un hombre...apunto de
desfallecer.
Por Edgar Kerouac.

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