Hijo húngaro de Pecs, difunto de
París.
Esparcido por el mundo estás, tus
obras son cada uno de los pétalos que te formaban, indican el paso de tu tiempo
pero sin morir. Aun muerto no puedes desaparecer, la eternidad elije por sí misma,
sus decisiones no son siempre justas, pero sea por justicia o injusticia, azar
o desdicha te ha escogido, y ya nadie puede acabar contigo. Dirán que es
posible tu olvido, que es posible destruir todo lo que queda de ti, quemar tus
cuadros, cerrar tu fundación en Aix-en-Provence, borrar tus palabras o negar
que salieron de tu boca, destruir cada una de tus huellas, en pinceles, lienzos
o bocetos sin terminar, y no errarán, es cierto, es posible hacerlo. Sin
embargo, aun realizando tal barbarie, seguirás muy vivo, permanecerás en los
ojos de aquella señora que se emocionó viendo La cage, o en las palabras
de ese joven que fue por primera vez a un museo, vio una de tus obras y supo
que el arte es inmortal, y despierta peces dormidos en el fondo de los lagos del
yo.
Puedo llegar más lejos, imaginad que
aniquilasen también a todas las personas que conocen algo de Victor Vasarely,
aun con todo, él, desde su pequeño descanso eterno, permanecería con nosotros,
porque sus obras irreales son reales, porque sus obras son la vida, Vasarely
representó la vida como la sentía en él, la vida es movimiento, es una forma de
vivirla y diferentes a la vez, es color y blanco y negro, es simétrica y rota
por completo.
Vasarely es eterno porque la vida es
eterna, sus cuadros son él pero también son la vida y por eso no pueden
destruirle aun muerto.
Y yo, que estoy aquí sentado y
volando, al lado de Victor, descubriendo con mis ojos sus ojos en su Helios-II,
me pierdo en esta bicoloridad, en esta perfecta imperfección, con este
movimiento que impide a mis ojos centrarse en un punto sin dejar de mirarlos a
todos, con esta tridimensionalidad que me acaricia el alma y me transporta al
alba del alba. Siento a Vasarely al final de cada uno de los laberintos de sus
obras. Un laberinto sin pérdida para el que mira más allá, un laberinto sin
llave, sin Minotauro, ni cisnes de blanco impoluto en charcas, un laberinto sin
laberinto, un espejo divertido, triste y geométrico de la vida. Un tú y yo con
nosotros y vosotros tras cada parpadeo.
Por Edgar Kerouac.
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