jueves, 13 de marzo de 2014

Circo trágico

 
Un circo vacío, cuyas luces ya no brillan, los camiones llevan años sin moverse de aquel descampado. El olor nauseabundo mezclado con la penetrante humedad dan como fruto una estampa podrida. La poesía que envuelve el aura de cualquier circo descendió a un pozo sin fondo, la alegría se ha ido, rodando hacia otra ciudad con otro circo.

Los elefantes apestan a alcohol y pesimismo. La mujer barbuda se ha enamorado de un buda mudo, con menos pelos que un recién nacido sin lanugo. El hombre bala es eyaculador precoz. El mago, que en su día fue ilusión en niño y que aprendió sus trucos con magia borrás, ahora es un borde sin escrúpulos, ofreciendo tristeza a los demás. Los tigres se han quedado sin rayas, sin sus deslumbrantes tonos naranjas, sin dientes...dejaron de impresionar a los niños valientes. La carpa que cubre el lugar está deshilachada, sucia, insegura y letal como el aguijón de un gigantesco escorpión. Los tickets mueren sin ser vendidos y la taquillera envejece de cuatro en cuatro, como los caninos. Los payasos perdieron su gracia tan fácil como la pintura con la que se adornaban. Domadores domados, sin ser amados. Trapecistas vendiendo sus trapecios, cobardes, sin ganas de enfrentarse al riesgo de dejar al público patitieso. Chimpancés fumando hasta extasiarse y morir ahogados. Tragafuegos equipados con trajes ignífugos, insultando a sus colegas antepasados, aquellos que sorbían el fuego sin más protección que el cara a cara y la saliva. Contorsionistas de cartón, tan rígidos y antiestéticos que pierden toda belleza, toda perfección. Malabaristas borrachos, incapaces de mantenerse en pie, cómo van a mantener dos pelotas a la vez. Acróbatas croatas, que van de física errata en errata, funámbulistas drogatas que conseguirán el equilibrio en sus tumbas piratas. Zancudos enanos, jirafas sin cuello, monstruos que se patrocinan en los carteles, pero que en el circo nunca estuvieron.

Fraude y deudas, el alimento del príncipe que el circo regenta.


Un circo sin arte, con hambre de dinero, sin sueños de ser el hálito del pobre, el niño o el abuelo. Un circo sin vida, una fantasma mal decorado. Es un cuadro olvidado y mal envuelto, ¡alado circo del infierno! 

El propietario del circo perdió todos los aplausos por avaricia. Exprimió a todos sus trabajadores, a esos que eran sus amigos y, más que amigos, su familia. Aquel joven que hipotecó su vida por el arte del circo, hoy es un hombre consumido, malhumorado y con envidia. Se ha tragado cualquier mota de belleza del circo, su oscuridad era tan grande que no cabía en su cuerpo, ahora habita en el circo y a todos los ha vuelto enfermos. 

Cuando vayáis por carretera, os estéis acercando a enormes carteles de un circo, cuyo nombre ha sido arrancado, y esté repleto de insultos y pintadas vejatorias, haced un cambio de sentido. No sigáis aunque la curiosidad crezca en vuestros estómagos. Frenad el coche -o vuestros pasos, en el caso de que vayáis a pie-, antes de que sea demasiado tarde. Os dirigís hacia el circo trágico, allí donde el retorno se reirá de ustedes, los sueños son pesadillas y el mal siempre vence al bien. 

Si aun con mi consejo decides continuar adentrándote en los albores del circo, te recibiré tendiéndote la mano y prometiéndote la ilusión eterna, bajo la gran mentira en la que tantos años me he convertido. 

Soy el príncipe del circo, pase, vea y permanezca para siempre junto a las criaturas rotas que he creado con tesón y odio.






Por Edgar Kerouac. 


miércoles, 12 de marzo de 2014

Pájaro enjaulado en un soneto


Mirlo, sin batir alas te mueves,
llorando en la fría llanura en la que te encuentras
mirando a la horizontal nada mientras
tus viejos ojos saben que poco a poco mueres.

Y la jaula que ya no ves,
esa que está en tu interior y no me muestras,
esa que es una y mil celdas,
esa que no rompes, esa que sólo meces.

Mirlo, la puerta está abierta,
la llave hace ya tiempo que se perdió,
como tu esperanza cubierta,

que aunque tú lo creas, aún no yace yerta,
en tu mente, tu prisión.
Esa es la única que te ata, tu única cuerda.





Por Borowski y Kerouac, en clase, a compás.

lunes, 10 de marzo de 2014

Victor Vasarely


Hijo húngaro de Pecs, difunto de París.

Esparcido por el mundo estás, tus obras son cada uno de los pétalos que te formaban, indican el paso de tu tiempo pero sin morir. Aun muerto no puedes desaparecer, la eternidad elije por sí misma, sus decisiones no son siempre justas, pero sea por justicia o injusticia, azar o desdicha te ha escogido, y ya nadie puede acabar contigo. Dirán que es posible tu olvido, que es posible destruir todo lo que queda de ti, quemar tus cuadros, cerrar tu fundación en Aix-en-Provence, borrar tus palabras o negar que salieron de tu boca, destruir cada una de tus huellas, en pinceles, lienzos o bocetos sin terminar, y no errarán, es cierto, es posible hacerlo. Sin embargo, aun realizando tal barbarie, seguirás muy vivo, permanecerás en los ojos de aquella señora que se emocionó viendo La cage, o en las palabras de ese joven que fue por primera vez a un museo, vio una de tus obras y supo que el arte es inmortal, y despierta peces dormidos en el fondo de los lagos del yo.

Puedo llegar más lejos, imaginad que aniquilasen también a todas las personas que conocen algo de Victor Vasarely, aun con todo, él, desde su pequeño descanso eterno, permanecería con nosotros, porque sus obras irreales son reales, porque sus obras son la vida, Vasarely representó la vida como la sentía en él, la vida es movimiento, es una forma de vivirla y diferentes a la vez, es color y blanco y negro, es simétrica y rota por completo. 
Vasarely es eterno porque la vida es eterna, sus cuadros son él pero también son la vida y por eso no pueden destruirle aun muerto.


Y yo, que estoy aquí sentado y volando, al lado de Victor, descubriendo con mis ojos sus ojos en su Helios-II, me pierdo en esta bicoloridad, en esta perfecta imperfección, con este movimiento que impide a mis ojos centrarse en un punto sin dejar de mirarlos a todos, con esta tridimensionalidad que me acaricia el alma y me transporta al alba del alba. Siento a Vasarely al final de cada uno de los laberintos de sus obras. Un laberinto sin pérdida para el que mira más allá, un laberinto sin llave, sin Minotauro, ni cisnes de blanco impoluto en charcas, un laberinto sin laberinto, un espejo divertido, triste y geométrico de la vida. Un tú y yo con nosotros y vosotros tras cada parpadeo.   



Por Edgar Kerouac.

Sueño


Una huella.
Cada huella
quizás fracaso,
gloria, amor o decepción.

Un martillo
grabado en transparente
en el corazón.

Un velo negro,
arcoiris, espejo o reflejo
deslumbrador.

Un soneto alegre,
fiel devoto de la cordura
locura del autoretrato
del auténtico yo.

Un abrazo al cielo,
un abrir de ojos
hacia más adentro de adentro.

Una bomba sin explotar,
que explota
cuando estás despierto
y no quieres despertar.

Un respiro sin aire,
una bocanada de nada
sin dubitar.

Renacimiento, en arte,
infante, déspota, héroe,
mago o deidad.

Una verdad dentro
de la mentira,
que reconoces como
mentira al despertar.

Surrealismo real,
que hizo de Dalí
un maestro sin igual.

Llama,
que te enciendes y apagas
por aleatoriedad.

Embaucador de mentes,
endulzador del descanso,
martirio del demente,
socorro del ausente.

Freud te encumbró,
el futuro y la ciencia
te desheredó.

Musa de tantos, libertad
del cauto, que estás y no estás
en cada llanto.

Cada sueño es un sueño
sin terminar. Un vaso de agua
del cual conocemos el principio,

nunca el final. 




Por Edgar Kerouac.

Dioses


Los dioses también mendigan, cojean, pasan hambre y frío. 

Los dioses no lo saben todo, ni siquiera de una parte saben el todo. Tienen miedo a la oscuridad, como solución se frotan con bombillas encendidas, impregnándose de su luminosidad. 

Un dios puede estar triste, no obstante, endiosados, la tristeza les es imposible mostrar. Los dioses son omnipresentes pero en ningún lugar concreto pueden estar. No tienen alas como los ángeles y nunca las tendrán. No saben bailar pero lo saben disimular. Escriben la poesía que la inspiración a ti nunca te ofrecerá, poesía llorada por las nubes, que sobre el mar narrada se refleja, mientras los peces nadan entre las rimas de los dioses poetas. 

Se enamoran de los humanos, pero tienen miedo a que les vuelvan a rechazar. Los dioses también cantan bajo la ducha, como tú y como yo, y también lo hacen mal, como tú y como yo. Son católicos, musulmanes, judíos y ateos, de una forma indivisible, creen en ellos mismos y al mismo tiempo les resulta imposible. 

Los dioses se hacen viejos, pero devoran recién nacidos para mantener su aspecto inmortal. Mientras los humanos son de carne y hueso, ellos son del material que están echos los sueños, las ilusiones ópticas, el azar, las palabras que mueren en la punta de la lengua sin conseguir expulsar, los déjà vu o los recuerdos que la memoria intenta alcanzar pero ya han quedado demasiado atrás. 

Los dioses son ciegos, mudos y sordos, pero no es motivo suficiente para que vean lo que quieren espiar, para que digan lo que nadie querría escuchar y para que oigan a su libre albedrío. Se ocultan en los niños, en las piedras que no se pisan, en las cornisas con telarañas -entre las telas y las arañas-, en las ramas débiles de los corales, en las colas cortadas de las lagartijas, en los semáforos sin pintar, en las hélices del ADN pérdidas en un microscopio sin hogar. 

Los dioses mandan cartas a los reyes magos pidiéndoles la paz. Los dioses no son varones, ni mujeres, son dioses nada más. Tienen corazón de hierro, por eso no nos entienden, ni nos respetan. Se enamoran de nosotros para prometernos el mundo de nunca jamás, pero jamás veremos ese mundo. Los dioses son mentira, pero dentro de cada mentira hay una verdad. Escuchan a Ludovico, blues o jazz, porque les hace sentirse los dioses que les gustaría ser pero nunca serán. Los dioses nos dieron la vida y nosotros les mantenemos vivos con nuestro último hálito. 

Nuestras palabras fecundan su permanente estancia en la humanidad. Mueren, pero nuestras mentes les hacen resucitar. No nos lo deben todo, nos deben mucho más.




Por Edgar Kerouac.